30
Inés llevaba unas noches sin poder dormir.
No eran pesadillas concretas, no había en ellas nada que pudiera contarle a Raúl como se cuenta un hecho; era más bien una inquietud que la despertaba a las cuatro de la madrugada y la dejaba mirando el techo, incapaz de nombrar qué la había sacado del sueño.
Se decía que era Roig, la advertencia velada, la sensación de haber tocado algo que no debía. Pero sabía que no era solo eso.
Había vuelto a pensar en la cabaña. No en lo que había encontrado allí, las cartas, la fotografía de Remedios, todo eso ya estaba catalogado, guardado, convertido en prueba, sino en el lugar mismo, en cómo lo había recorrido la primera vez con la urgencia de quien busca algo concreto.
Nunca se había permitido quedarse. Entrar, mirar, salir, sin detenerse en nada.
Así había evitado, hasta ahora, pensar en que aquel era el último sitio donde su tío había estado vivo.
Aquella tarde se sorprendió conduciendo hacia el monte sin haberlo decidido del todo.
No llevaba libreta. No llevaba ninguna intención de trabajar.
Solo la necesidad, difícil de justificar ante nadie, de volver al último sitio donde Julián había estado vivo y quieto, antes de que todo el pueblo empezara a mentir sobre él.
La llave seguía bajo la piedra plana junto al quicio, en el lugar exacto que Teresa le había indicado.
El hierro, frío y cubierto por una costra de tierra húmeda, delataba en su herrumbre el paso de tres décadas de inviernos en mitad de la maleza.
Inés la obligó a girar en la cerradura oxidada y la puerta cedió con un quejido seco.
No había vuelto desde la primera visita.
Desde entonces había hablado con Garcés, con Remedios, con Roig.
Había aprendido a desconfiar de Teresa un poco, de Tomás un poco más, de sí misma casi todo el tiempo.
Y sin embargo el refugio seguía igual: la mesa coja, el candil sin aceite, el olor a madera vieja que ni el tiempo ni el abandono habían conseguido borrar del todo.
Encendió la linterna del móvil y se sentó en el catre. No había ido a buscar nada. O eso quiso creer.
El haz de la linterna barrió los tablones. Las cartas y la foto de Remedios ya no estaban allí; se las había llevado ella misma semanas atrás. Sin embargo, sus dedos reconocieron el hueco al primer contacto, encajando en la ranura vacía con una familiaridad ciega, física, grabada en las yemas.
Fue entonces cuando reparó en la tabla.
Estaba a la izquierda del hueco original, más baja, casi a ras de suelo.
Se fijó en que el rincón, ocupado en su primera visita por un viejo arcón de herramientas que Tomás debía de haber movido para limpiar o buscar algo en sus últimas subidas, mostraba ahora una parte del zócalo que antes era inaccesible a la vista.
En la madera de las paredes se apreciaba todavía la marca de la sombra del mueble, una mancha de color más claro que el resto de la estancia castigada por el tiempo.
Justo ahí, liberada de su escondite de treinta años, distinguió el filo despegado, la muesca donde alguien, Julián, pensó, siempre Julián, había hecho palanca con la punta de una navaja para poder levantarla sin herramientas.
Se arrodilló. El frío y la humedad del suelo le calaron de inmediato los pantalones. Metió los dedos en la rendija y tiró; la madera, desgastada por tres décadas de intemperie, cedió al primer esfuerzo sin apenas ofrecer resistencia.
Dentro había un envoltorio de tela.
Lo sacó con cuidado.
El pañuelo era de seda, o lo había sido; ahora estaba rígido, oscurecido en los pliegues, sin ninguna marca que lo distinguiera de cualquier otro trapo viejo de cabaña.
Solo el cuidado con que estaba doblado, las esquinas encajadas unas sobre otras con una pulcritud que no correspondía a un lugar tan descuidado, delataba que alguien lo había elegido a propósito para envolver algo que le importaba.
Lo desdobló despacio sobre el catre. Dentro había dos cosas.
La primera era una fotografía. Pequeña, de esas reveladas en papel mate que ya casi nadie usaba.
Julián, más joven de lo que Inés lo había conocido nunca, con el pelo todavía oscuro y una sonrisa que no le había visto en las fotos del funeral ni en las que Teresa guardaba en el aparador.
A su lado, una niña de unos siete años, subida a hombros de él, con los brazos extendidos hacia el valle.
Inés tardó un momento en reconocerse. Se quedó mirando la imagen más tiempo del que hubiera querido admitir.
No recordaba el día. No recordaba el lugar exacto, aunque por la ladera al fondo podía intuir que era cerca de allí, quizás a menos de un kilómetro de donde estaba arrodillada ahora.
En la foto la montaña estaba limpia, sin la cicatriz del túnel abriéndose paso en la roca. Solo era eso: una ladera y un verano.
Observó los hombros de Julián sosteniendo con firmeza todo su peso infantil, y la mente le devolvió, sin pedirlo, los datos del informe de Beatriz: la retención mientras se desangraba, el ángulo inferior del golpe final, la certeza de que alguien lo había tenido inmovilizado en el suelo de aquella misma cabaña.
El hombre de la foto y la víctima del atestado de Roig.
Guardó la fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta sin decir nada, ni siquiera para sí misma.
La segunda cosa pesaba más de lo que su tamaño hacía suponer. Estaba envuelta en un trozo de papel de estraza, protegida dentro del mismo pañuelo de seda que la fotografía.
Al desenvolverla encontró un cilindro de hormigón grisáceo, del tamaño de un tapón grueso, con una veta de óxido asomando por un extremo donde el cemento se había descascarillado.
Un objeto feo, industrial, frío entre los dedos después de haber tocado la foto.
Lo acercó a la luz de la linterna. En la base había una marca de sello, apenas legible: LN-93-B2.
No significaban nada para ella.
—¿Basura de la obra? —susurró, pasando el pulgar por la superficie rugosa.
Podía ser eso: algo recogido al azar en una de sus rondas cerca del túnel, guardado por la manía de un hombre que no tiraba nada.
Pero nadie envuelve un resto de escombro en la misma seda que protege una fotografía de su sobrina, con el mismo cuidado, en el mismo escondite.
Fuera lo que fuese aquel cilindro, Julián lo había considerado tan importante como el pañuelo de Remedios y aquel verano con Inés a hombros.
Lo envolvió de nuevo y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, junto a la fotografía.
Se demoró en el catre, a oscuras, dejando que la luna cruzara el ventanuco y dibujara las esquinas del refugio.
En su regazo, el papel mate de la foto y el tacto áspero del cilindro completaban el inventario de un hombre que había protegido sus afectos con el mismo celo que sus secretos.
Las cartas de Remedios, la foto de la niña y aquel trozo de hormigón habían compartido escondite treinta años.
Después cerró la tabla, la encajó como pudo, y salió del refugio dejando que la puerta volviera a quedar sellada sobre lo poco que aún guardaba.
Condujo de vuelta a Serralta con las luces largas cortando la niebla baja del valle. No se le ocurrió, en ningún momento del trayecto, que llevaba en el bolsillo la razón exacta por la que alguien había registrado aquella cabaña treinta años atrás, sin encontrar lo que buscaba.