29
Germán aparcó mal, con una rueda montada sobre el bordillo de grava, y no se molestó en corregirlo.
Encontró la verja abierta, lo cual ya era raro. Bernat no dejaba nada abierto por descuido.
Llevaba dos días sin afeitarse y la camisa del ayuntamiento, apelmazada de sudor y arrugas bajo la chaqueta, delataba que no se la había quitado para dormir.
Quizá se había desplomado de madrugada en el sofá; las últimas horas eran un borrón sin importancia.
Lo que recordaba, con una nitidez que le daba vergüenza, era la cara de Inés Vega en su despacho y su propia voz diciendo cosas que no había planeado decir.
La finca de Bernat olía a serrín mojado y a gasoil, el mismo olor de siempre, el que Germán llevaba treinta años asociando a la protección. Esa tarde le pareció el olor de un lugar donde ya no había nada que proteger.
Bernat estaba en el cobertizo grande, de pie frente a una mesa de trabajo, revisando unos albaranes con las gafas bajadas hasta la punta de la nariz. No levantó la vista cuando Germán entró.
—Has venido sin llamar.
—No podía esperar.
—Siempre puedes esperar. Lo que pasa es que no quieres.
Germán se quedó parado a media distancia, sin decidirse a acercarse a la mesa ni a sentarse en la silla vacía que había junto a la puerta. Le temblaban las manos y las escondió cerrándolas contra los costados.
—La inspectora estuvo en mi despacho y me dijo que Roig le había confesado que había falsificado el acta de defunción de Julián.
Que ella lo había hecho peritar por otra forense y que tenía claro que no había sido un accidente y que yo sabía más de lo que contaba.
Me ha costado mantenerme sin decirle nada.
Bernat dejó el albarán sobre la mesa con un cuidado que no correspondía al momento. Se quitó las gafas.
—Bien. Eso está bien.
—¿Bien?
—Que aguantaras. Eso es lo único que necesitaba saber.
Germán no supo qué hacer con esa respuesta. Había ido a confesar una derrota y Bernat, con dos frases, se la había convertido en un mérito. Se quedó mirándolo, esperando algo en su cara. No encontró nada.
—Está muy cerca —dijo Germán—. Va a atar cabos hasta llegar a ti.
—Eso ya lo sé.
—¿Y qué vas a hacer?
Bernat se apoyó en el borde de la mesa, cruzó los brazos. No había alzado la voz ni una vez. Germán hubiera preferido que gritara. Recordaba a Bernat gritando una sola vez en tres décadas, y ni siquiera había sido por él.
—Germán. Escúchame bien porque no lo voy a repetir.
Lo de Valnegro ya no depende de que tú calles o hables.
Hay una investigación con nombre oficial, con un compañero de Vega metiendo papeles en un juzgado de Huesca, con camiones fichados que no tienen nada que ver contigo ni con lo que pasó en esa cabaña.
Eso avanza solo. Ya no lo puedo parar dando dos llamadas.
—Entonces para qué he estado callando treinta años.
Fue casi un grito, aunque le salió quebrado, sin fuerza detrás. Bernat no se movió.
—Has estado callando porque te convenía. A los dos.
—Me vas a dejar caer.
—No he dicho eso.
—Lo estás diciendo con esa cara.
Bernat suspiró y se apartó de la mesa para acercarse. Le puso una mano en el hombro. Germán no supo si era un gesto de consuelo o una manera de medir si aún se sostenía en pie.
—Voy a hacer lo que pueda —dijo Bernat—, pero necesito que entiendas una cosa: lo que pueda hacer ya no es lo mismo que antes.
Antes bastaba con una firma de Roig y una palabra en el bar.
Ahora hay una inspectora de la UOPJ con un caso abierto y un compañero fuera de Serralta que no debe nada a nadie del pueblo. Eso no se arregla con un favor local.
—¿Entonces qué se arregla?
—Se arregla desde arriba. Y eso me toca a mí, no a ti. Tú, de momento, no vuelves a acercarte a Vega. No la llamas, no la buscas, no le envías nada por escrito. Si te presiona, dices que quieres un abogado y te callas. ¿Entendido?
Germán asintió, aunque no había entendido nada más allá de la certeza de que Bernat acababa de nombrarlo, por primera vez en treinta años, como un problema que gestionar y no como un hombre al que proteger.
—¿Y si no aguanto?
Bernat retiró la mano del hombro.
—Vas a aguantar. Porque la alternativa es peor y los dos lo sabemos.
No dijo cuál era la alternativa. No hacía falta. Germán se levantó de la silla con las piernas poco firmes, buscó la puerta del cobertizo, y antes de salir se giró una última vez.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que en treinta años nunca me has preguntado cómo estoy. Solo qué he dicho.
Bernat ya había vuelto a coger el albarán.
—No tengo tiempo para lo primero, Germán. Nunca lo he tenido.
Bernat esperó a que el coche de Germán se perdiera por el camino de grava antes de sacar el teléfono. No era un hombre que hiciera dos cosas a la vez cuando una de ellas era importante.
Entró en la casa, cerró la puerta del despacho pequeño que tenía en la planta baja, el que usaba para lo que no quería que se confundiera con la contabilidad de la maderera, y buscó el número. No estaba en la agenda con nombre. Nunca lo había estado.
Descolgaron al tercer tono.
—Andrés.
—Necesito que hablemos.
Un silencio breve al otro lado, el silencio de alguien calculando desde dónde le llega la llamada antes de decidir cuánto va a decir.
—Estoy en Zaragoza. Tengo diez minutos.
—Con diez minutos me basta. Vega ha ido más lejos de lo que yo pensaba.
Tiene a Roig hablando y tiene una segunda opinión forense que respalda todo.
No es cosa de un par de rumores ya. Y no es la primera noticia que tengo de ella.
Hace semanas que sé qué coche conduce y qué matrícula lleva.
Alguien de la maderera me avisó el mismo día que la vio rondando la pista de Garcés con unos prismáticos.
—Eso ya lo sabía —dijo Olmedo, y algo en su tono, esa calma administrativa, le recordó a Bernat por qué llevaba tantos años confiando en él para lo que no podía tocar con las manos—. Lo que no sabía es que había llegado tan rápido. ¿Y Castrillo?
—Aguanta. De momento.
—De momento no me sirve, Andrés.
—Lo sé mejor que tú.
Otro silencio. Bernat oyó de fondo un ruido de tráfico, una puerta de coche, la voz de alguien despidiéndose de Olmedo con un «hasta luego, diputado» que sonaba forzado incluso a esa distancia.
—Mira —dijo Olmedo, bajando la voz—, yo puedo hacer una cosa, pero solo una, y no puedo repetirla.
Puedo conseguir que la comandancia de Huesca se plantee si la UOPJ está actuando dentro de su ámbito o si se está extralimitando con un caso prescrito hace treinta años.
Eso genera fricción interna, retrasa cosas, obliga a justificar en papel cada paso que dé la inspectora. No la para. La ralentiza.
—Con ralentizarla me sirve.
—No te va a servir mucho tiempo, Andrés. Vega tiene detrás la excusa de Valnegro, y Valnegro es una investigación de narcotráfico con entidad propia. Eso no lo puedo tocar sin que se note quién lo está tocando, y yo no puedo permitirme que se note nada. Ya no.
—¿Ya no?
—Llevo dos legislaturas alejándome de Serralta a propósito, Andrés. No pienso ser yo quien reabra la distancia.
Bernat se quedó callado un momento, apoyado contra el borde de la mesa del despacho, mirando por la ventana hacia el patio donde había estado Germán media hora antes, con las manos temblando como las de un crío.
—Entendido —dijo al fin—. Haz lo que puedas con lo de la comandancia.
Con eso me conformo por ahora. Y dile a tu gente que no hace falta que revuelvan más de la cuenta con lo de Garcés.
Los albaranes de esos dos camiones que sacó de la maderera la noche que se llevaron el hocino a otra parte, los que nunca llegaron a figurar en el registro de salidas…
eso ya lo tengo controlado. Bautista sabe callar cuando conviene, siempre lo ha sabido.
—¿Y Castrillo?
—Castrillo es mi problema, no el tuyo. Tú preocúpate de lo tuyo.
—Lo mío es no aparecer en ningún papel, Andrés. Eso es lo mío desde hace treinta años.
Colgó sin despedida, como siempre hacía.
Se quedó un momento con el teléfono todavía en la mano, sin guardarlo.
Durante treinta años había bastado con levantar el teléfono para que el mundo se reordenara a su alrededor.
Olmedo acababa de decirle que no, dos veces, con educación.
Se quedó mirando la pantalla apagada más tiempo del que hacía falta para guardar un teléfono en el bolsillo.
Guardó el teléfono. Volvió al cobertizo a terminar con los albaranes, porque era lo único, en ese momento, que todavía dependía enteramente de él.
* * *
Raúl le mandó a Inés el enlace a un documento antes que la llamada, como hacía siempre, para que Inés lo hubiera leído y así poder conversar sobre ello.
Ella lo abrió sentada en la cocina de la cabaña, con el café frío al lado y las notas de Germán todavía abiertas en otra pestaña.
Era un escaneo de mala calidad, un PDF de una vista de expediente judicial, sacado de la instrucción de Valnegro por la vía de un juzgado de Huesca.
Facturas. Certificaciones de obra. Firmas.
El teléfono sonó cuando ya lo había visto tres veces.
—¿Lo has abierto? —dijo Raúl sin saludar.
—Lo estoy mirando ahora.
—Es un efecto colateral, ojo. Esto no lo hemos ido a buscar nosotros. Lo ha sacado el juzgado al pedir la documentación de una de las empresas subcontratistas del túnel, para rastrear cómo se movía el material desde el noventa y tres. Y ahí aparece.
Inés bajó la pantalla hasta la firma repetida al pie de media docena de certificaciones.
—Luján.
—Vicente Luján, arquitecto del proyecto.
Firmó certificaciones de obra por sobrecostes que, según lo que dice aquí el perito judicial, no se corresponden con ningún avance real documentado.
Material que se facturó como consumido en la obra y que, por las fechas, no pudo estarlo, porque el tramo todavía no se había abierto.
—Desvío de material.
—Desvío de material camuflado en la obra pública. Y esto es del noventa y tres al noventa y cinco, Inés. No es nada reciente.
Se quedó mirando la pantalla un momento, sin decir nada. Fuera, en el patio de la cabaña, se oía el motor de un tractor lejano, alguien arando tarde, con la última luz de la tarde.
—Esto es la semilla —dijo al fin—. Lo que después se convirtió en Valnegro.
—Eso parece. El túnel llevaba desvíos desde antes de que se terminara. Y quien certificaba que todo cuadraba, con su firma y su sello, era Luján.
—¿Y él lo sabía? ¿O firmaba lo que le ponían delante?
—No lo sé. Eso ya no es un asunto de la parte antigua del caso, Inés. Esto es material de instrucción de Valnegro, directamente. Si tiras de ahí, no estás investigando la muerte de Julián. Estás abriendo una pieza dentro de una causa por narcotráfico que ya tiene juez.
Inés se frotó los ojos. Llevaba dos días sin dormir bien, desde el colapso de Germán en su despacho, desde la mirada de Roig al otro lado de la mesa diciéndole que había líneas que se cruzaban sabiendo que ya se estaba sucio.
—No necesito confrontarlo —dijo—. No todavía. Si esto ya está en la instrucción judicial, que avance solo. Lo que me interesa es entender qué significa dentro de mi historia. Si Luján llevaba desde el noventa y tres firmando lo que le decían, eso confirma algo que llevo semanas sospechando.
—¿Qué?
—Que el dinero del túnel y lo que pasó con mi tío nacieron del mismo sitio. No son dos casos que se cruzan por casualidad, Raúl. Es una sola raíz con dos ramas. Una mató a un hombre en una cabaña. La otra se convirtió en lo que hoy perseguís vosotros.
Raúl se quedó callado un momento al otro lado de la línea.
—Eso no te lo va a servir en un juicio.
—No lo necesito para un juicio. Ese ya sé que no lo voy a tener, no del todo. Lo necesito para entender la forma que tiene esto. Y para saber a quién más puedo empujar sin que se note desde dónde empujo.
—¿Luján?
—Luján no. Luján no hace falta tocarlo. Está viejo, está asustado y su nombre ya va a salir en un sumario sin que yo mueva un dedo. Si lo confronto ahora, lo único que consigo es que se ponga en guardia y avise a alguien.
—¿A Bernat?
—A Bernat, sí. O a quien sea que todavía le dé miedo después de treinta años.
Cerró el portátil despacio, dejando que el resplandor de la pantalla se extinguiera sobre sus manos.
La penumbra de la cocina pareció duplicar el peso de las cifras y las firmas que acababa de leer.
Fuera, el tractor había dejado de sonar.
Solo quedaba el viento moviendo algo suelto contra la fachada de la cabaña, un golpeteo regular que llevaba días sin identificar.
—Déjalo correr por su cauce, entonces —dijo Raúl—. Yo sigo tirando del hilo de Valnegro desde mi lado. Tú sigue con Bernat.
—Con Bernat ya no me queda mucho margen para seguir. Me queda ir a por él directamente.
—Ten cuidado, Inés. Si ha aguantado treinta años en pie en ese pueblo, no ha sido por suerte.
—Lo sé.
Colgó y se quedó un rato mirando la pantalla apagada del teléfono, tal como unas horas antes, sin saberlo, había hecho Bernat con la suya, a apenas unos kilómetros de distancia.