28
El ayuntamiento de Serralta cerraba al público a las dos, pero Germán se quedaba siempre hasta más tarde.
Inés lo sabía porque lo había preguntado sin preguntarlo, dejando caer el dato en una conversación con la chica de la ventanilla, que se lo contó con el orgullo de quien habla bien de su jefe.
Un hombre cumplidor. Un hombre de costumbres.
Llamó dos veces a la puerta del despacho y entró sin esperar respuesta.
Germán aguardaba de pie. Sostenía una carpeta abierta entre las manos, clavando la vista en las hojas con una fijeza artificial, el papel crujiendo entre sus dedos. Había improvisado la escena al oír los pasos en el pasillo.
—Inspectora. No la esperaba.
—Nadie me espera nunca en Serralta. Y aun así siempre encuentro a todo el mundo en su sitio.
Se lo dijo sin sonreír. Cerró la puerta detrás de ella.
El despacho olía a papel viejo y a la calefacción de gasoil que llevaba encendida desde octubre, pero por debajo había otra cosa: un fondo dulzón, casi empalagoso, que a Inés le costó situar un segundo antes de reconocerlo.
Era alcohol metabolizándose despacio, el que se bebe a media mañana y se disimula con caramelos de menta.
—Siéntese, por favor —dijo Germán, señalando la silla frente a su mesa con un gesto demasiado amplio para ser natural—. ¿Un café? Tengo una cafetera ahí fuera. Le puedo preparar uno.
—No hace falta.
Se sentó. Dejó el bolso en el suelo, junto a la pata de la silla, y no sacó ni libreta ni grabadora. Quería que él entendiera que aquello no era un interrogatorio formal. Todavía no.
—Vengo de hablar con el doctor Roig —dijo.
Algo se movió en la cara de Germán, un ajuste mínimo, el tipo de gesto que un hombre entrenado en atender al público sabe corregir en menos de un segundo. Volvió a sentarse él también, al otro lado de la mesa, y apoyó las manos sobre la carpeta cerrada.
—Un hombre muy dedicado, el doctor Roig. Lleva toda la vida cuidando de este pueblo.
—Ha reconocido que falsificó el informe de la muerte de mi tío.
Silencio. Fuera, en la plaza, alguien arrastraba una silla de terraza sobre el empedrado. Germán no apartó la vista de ella, pero tampoco dijo nada durante lo que a Inés le pareció más tiempo del que un hombre inocente hubiera tardado en indignarse.
—Eso es muy grave —dijo por fin—. Si es cierto.
—Es cierto. Y no lo hizo solo. Alguien le pidió el favor. Alguien con poder suficiente para que un médico de comarca falsificara un certificado de defunción y se lo callara durante treinta años.
—Inspectora, con todo respeto, no sé qué tiene eso que ver conmigo. Yo era un crío en el noventa y tres.
—Tenía diecinueve años. Y era guarda forestal auxiliar, la misma noche que mi tío murió, en el mismo monte.
—Trabajaba medio pueblo en ese monte. Y trabajábamos para don Andrés, la mayoría. Eso no lo convierte a uno en sospechoso de nada.
Lo había dicho rápido, más rápido de lo que hacía falta, y el nombre de Bernat se le había escapado sin que ella lo pronunciara primero. Inés lo dejó pasar sin comentario, como quien no recoge una moneda del suelo para no delatar que la ha visto caer.
—Nadie ha dicho que trabajara para nadie, Germán.
Germán encajó su propio desliz con un segundo de retraso. Se llevó la mano a la nuca, repitiendo el ademán que Inés ya había registrado en su libreta semanas atrás, y hundió los dedos en la carne tensa, doblegado por una rigidez repentina que le obligaba a bajar la cabeza.
—Trabajaba para el ayuntamiento —corrigió—. Como ahora.
—El ayuntamiento no existía como tal en el noventa y tres. Existía Bernat.
—Existía el pueblo, inspectora. Aquí todo el mundo trabajaba para todo el mundo. Así ha sido siempre en Serralta y así seguirá siendo cuando usted se haya vuelto a Huesca.
Fue el primer golpe con algo de filo, la primera vez que se permitió mirarla como a una intrusa y no como a una visita incómoda. Inés no llenó el hueco. Dejó que Germán se quedara solo con su propia frase.
—Una compañera forense ha revisado el informe de mi tío con las fotografías originales.
La herida no es de una caída. Es de un ataque desde abajo, con retención de la víctima mientras se desangraba.
Eso no es un accidente encubierto por vergüenza.
Es un homicidio encubierto por alguien que sabía exactamente lo que había pasado esa noche.
—No sé nada de heridas ni de forenses.
—No he dicho que lo supiera. He dicho que alguien lo sabía, hace treinta años, y que ese alguien organizó todo lo que vino después: el certificado de Roig, el silencio del pueblo, el trazado del túnel que no se detuvo ni un solo día por la muerte de un hombre.
Germán abrió la carpeta que tenía delante sin necesidad ninguna, la cerró de nuevo, la volvió a abrir. Sus manos se habían puesto a trabajar solas, buscando algo que hacer que no fuera sostenerle la mirada.
—Está usted describiendo una conspiración, inspectora. Con perdón, pero suena a novela.
—Suena a Serralta.
Eso le tocó algo. Se levantó de golpe, empujando la silla hacia atrás con más ruido del que hacía falta, y caminó hasta la ventana, de espaldas a ella. Las nubes comenzaba a cubrir todo el cielo. Parecía que aquella tarde iba a descargar una buena tormenta en el pueblo.
—¿Sabe lo que es crecer en un sitio donde todo el mundo le debe algo a alguien?
—dijo, sin volverse—. Mi padre murió el mismo año que su tío.
Un accidente de monte también, como el suyo.
Qué casualidad más triste, ¿verdad? Me quedé con dieciocho años y una madre que no salía de la cama.
Si alguien me echó una mano entonces, si alguien me ayudó a tener un trabajo digno en vez de acabar cargando camiones en la maderera, no pienso pedir perdón por ello.
—Nadie le pide que pida perdón por sobrevivir, Germán. Le pregunto qué sabe de la muerte de Julián Ferrer.
Se giró. Tenía la cara descompuesta de un modo distinto al de hacía un minuto, ya no era la irritación del funcionario molesto sino algo más viejo, más cansado, algo que llevaba mucho tiempo sosteniendo solo.
Volvió a la mesa, pero no se sentó. Abrió el cajón de abajo, el que quedaba fuera del ángulo de visión habitual de quien se sentara frente a él, y Inés vio, antes de que él lo tapara con el cuerpo, el cuello de una botella sin etiqueta y un vaso pequeño, de los de café con leche, ya usado.
Se sirvió sin disimulo, como quien ya ha dejado de fingir que no lo hace delante de nadie que le importe. Se lo bebió de un trago y dejó el vaso sobre la carpeta.
—¿Le sorprende, inspectora?
—No especialmente.
—Pues debería. Yo nunca bebía. Ni una gota, hasta hace poco. —Se rió, una risa corta y sin humor—. Debe de ser la edad. O el clima. Aquí el invierno se hace muy largo.
—O que lleva usted treinta años cargando con algo que no ha contado a nadie.
—Yo no he matado a nadie.
La réplica salió disparada, .con una violencia que no guardaba proporción con la pregunta. El silencio que siguió dolió físicamente. A Germán se le desencajó el gesto. Se quedó rígido, las pupilas dilatadas, oyendo todavía el eco de sus propias palabras.
—Nadie ha dicho que usted matara a nadie —dijo Inés, con calma, dejando que la frase quedara colgada entre los dos como un objeto que ninguno quería recoger.
Germán se sentó, esta vez sí, despacio, con el cuerpo de un hombre mucho más viejo que el que había entrado en la sala. Se pasó la mano por la cara.
—Estoy cansado, inspectora. Llevo mucho tiempo cansado.
—Cuénteme por qué.
—No hay nada que contar. —Volvió a coger el vaso, lo encontró vacío, lo dejó otra vez—. Julián murió hace treinta años. Yo no puedo devolvérselo a usted ni a Teresa. Nadie puede.
—Pero usted sabe cómo murió.
—Sé lo mismo que todo el pueblo. Que fue un accidente que no fue un accidente. Eso es lo que hemos sabido siempre, aunque no lo dijéramos en voz alta.
—Eso no es lo que acaba de decirme hace un momento.
Germán la miró entonces sin la capa de cordialidad de funcionario, la mandíbula floja, los ojos yendo de ella a la puerta desde que ella había entrado por la puerta.
Fue apenas un segundo. Luego pareció recomponerse, coger aire, buscar de nuevo el gesto de hombre razonable que sabe hablar con la autoridad sin comprometerse.
—Creo que debería hablar esto con un abogado antes de seguir, inspectora. No por nada. Por prudencia. Ya sabe cómo son estas cosas.
—¿Qué cosas, Germán?
—Las cosas de este pueblo. —Se levantó, dándole a entender que la conversación había terminado por su parte, aunque las manos le temblaban ligeramente al recoger la carpeta de la mesa—. Ya es tarde. Por hoy es suficiente.
Inés se puso en pie despacio, sin prisa, dejando claro con el gesto que se iba porque ella lo decidía, no porque él se lo pidiera.
—Volveremos a hablar.
—Cuando quiera. Aquí me tiene, cumpliendo horario, como siempre.
Ya en la puerta, con la mano en el picaporte, Inés se detuvo y se giró.
—Una última cosa. La noche que murió mi tío, usted sabía algo que no ha contado en treinta años. Y alguien se ha encargado de que ese algo le pesara solo a usted.
Germán guardó silencio. Desvió la mirada por primera vez en todo el careo, clavando los ojos en la rendija del cajón entreabierto. Buscó la botella con la vista, necesitando el amparo de aquel cristal oculto para sostener la compostura.
Inés salió. Cruzó el pasillo vacío, bajó la escalera de piedra del ayuntamiento y salió a la plaza, donde ya habían encendido las farolas automática contra el gris temprano. El cielo estaba negro. Se quedó un momento quieta, dejando que el frío le aclarara la cabeza.
No había conseguido una confesión. No había conseguido, siquiera, una mentira completa. Pero se llevaba algo mejor: la certeza de que Germán sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
El teléfono vibró antes de que llegara al coche. Un mensaje de Raúl, sin saludo:
«Llámame cuando puedas. Bergua ha pedido tu expediente completo de colaboración».
Se detuvo en mitad de la plaza y marcó el número. El primer tono de llamada quedó cortado al vuelo; Raúl descolgó con una rapidez limpia que delató que no había apartado los ojos de la pantalla.
—¿Qué significa que ha pedido el expediente?
—Significa que ya no se conforma con que yo se lo resuma —dijo Raúl—.
Alguien de Bergua ha llamado a la Comandancia de Huesca preguntando cuántos días llevas de baja por asuntos propios y cuántos «colaborando» conmigo.
Y las cuentas no le cuadran, Inés. Le cuadraban al principio, con lo justo. Ahora no.
—¿Y qué le has dicho?
—Que la perfilación geográfica lleva más tiempo del previsto por el terreno.
Que has identificado dos rutas nuevas de paso para los camiones de Garcés.
No es del todo mentira, tú misma me las mandaste hace dos semanas.
Pero como me vuelva a preguntar por qué la inspectora que perfila terreno pasa las tardes en el despacho del secretario del ayuntamiento, no sé qué más inventarme.
Inés miró hacia el ayuntamiento, hacia la ventana iluminada del despacho de Germán, la única luz encendida en la fachada a esa hora.
—Dame una semana, Raúl. Está a punto de romperse.
—No tengo una semana que darte. Tengo lo que Bergua quiera darme, y ahora mismo eso es cada vez menos.
Colgó sin despedirse, algo que no era propio de él.
Inés se quedó con el teléfono en la mano, sintiendo por primera vez que el escudo de papel no era tan grande como había querido creer, que debajo de esas dos palabras había un capitán con ganas de hacer preguntas y una fecha, cada vez más cercana, en la que dejaría de hacerlas por teléfono y empezaría a hacerlas en persona.
Pero no lo podría dejar ahora. Germán se rompía y creía estar más cerca de resolver el puzle.