El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 26
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El banco le había dado hasta el lunes.

Ezequiel Roig llevaba tres noches sin dormir más de dos horas seguidas, y esa tampoco iba a ser distinta.

Tenía los papeles extendidos sobre la mesa del comedor, la misma mesa donde su padre había recibido a los pacientes que no podían pagar la consulta de Zaragoza y venían hasta aquí a cambio de un jamón o de una tarde de trabajo en el huerto.

Su padre nunca le habló de números. Le habló de vocación, de la gente del valle, de lo que significaba que confiaran en ti lo bastante como para desnudarse delante de un desconocido con bata blanca.

De lo otro, de cómo se sostenía aquello, no le dijo nada, y ahora Ezequiel entendía por qué.

Había firmado el aval por su cuñado hacía dos años.

Una ampliación del taller, decía el papel, un préstamo a cinco años con el negocio como garantía y la casa de Ezequiel como segunda garantía, porque el banco de Boltaña no se fiaba de un taller de coches con dos empleados y ninguna cartera de clientes fija.

Su cuñado había cerrado el taller en marzo.

Se había ido a Zaragoza a buscar trabajo y no había vuelto a llamar.

El banco, en cambio, sí llamaba, cada semana de forma puntual.

Su mujer, Pilar, apareció en la puerta del comedor con el niño dormido en brazos. No dijo nada. Apretó al crío contra su pecho y sostuvo la mirada sobre el desorden de folios de la mesa, inmóvil bajo el dintel para no cruzar la línea que los separaba de la ruina.

—¿Hay alguna forma? —preguntó al final.

—La hay. Vender la casa antes de que la embarguen y quedarnos con lo que sobre. Que no será mucho.

—¿Y la consulta?

—La consulta no es mía, Pilar. Es del ayuntamiento. Si pierdo la casa no pierdo la consulta, pero como se sepa en el pueblo que el médico está arruinado por un aval de su cuñado, dentro de un año no queda nadie que venga a que le mire la garganta.

Pilar se sentó despacio, con cuidado de no despertar al crío, y se quedó callada un rato largo.

—¿Y si hablas con alguien?

—¿Con quién quieres que hable?

—No sé. Con quien sea. Con alguien que tenga.

Ezequiel no contestó. Sabía a quién se refería sin que hiciera falta el nombre, porque en Serralta solo había una persona de la que se hablaba así, en ese tono con el que en Serralta se hablaba de Bernat: bajando la voz aunque nadie escuchara.

Al día siguiente, sin decírselo a Pilar, fue a buscarlo.

Andrés Bernat vivía entonces en una casa que todavía no era la casa grande que sería después, una casa de piedra con un almacén al lado donde guardaba maquinaria del monte y, según decían algunos, cosas que no eran maquinaria. Lo encontró en el patio, revisando con un capataz la carga de un camión.

—Doctor Roig —dijo Bernat. Se volvió despacio, sin asomo de sorpresa, sosteniendo la mirada con una familiaridad fría, la de quien ya contaba con esta visita—. Qué raro verlo por aquí sin que nadie esté sangrando.

—Necesito hablar con usted.

Bernat le hizo un gesto al capataz para que siguiera solo con la carga y caminó hacia la sombra del almacén, invitando a Ezequiel a seguirlo con un movimiento leve de cabeza. No preguntó nada más hasta que estuvieron los dos solos.

—Usted dirá.

Ezequiel le contó lo del aval, lo del taller, lo de su cuñado desaparecido en Zaragoza y la fecha del lunes escrita en un papel del banco.

Le costó decirlo; no estaba acostumbrado a pedir, y menos a un hombre al que apenas conocía más allá de un par de reconocimientos rutinarios y las fiestas del pueblo.

Bernat lo escuchó entero, sin una sola interrupción, con las manos metidas en los bolsillos y la vista fija en un punto del suelo, trazando mentalmente un balance que no tenía nada que ver con la cifra de la deuda.

—¿Cuánto es la deuda?

Ezequiel se lo dijo. Bernat no cambió la expresión.

—Eso lo resuelvo yo el lunes por la mañana antes de que abran las oficinas.

—Andrés, no le estoy pidiendo…

—Ya lo sé. No me lo está pidiendo. Se lo estoy ofreciendo yo, que es distinto.

—No tengo cómo devolvérselo. No con ese dinero.

Bernat sonrió, y fue la primera vez que Ezequiel vio esa sonrisa que años después aprendería a temer más que cualquier grito: tranquila, sin urgencia, la de alguien que nunca necesita levantar la voz porque nunca ha tenido que pedir dos veces nada.

—El dinero no me hace falta que me lo devuelva, doctor.

Este valle es pequeño y va a ser cada vez más pequeño mientras dure la obra del túnel.

Los que estamos dentro nos ayudamos. Usted tiene una consulta, sabe cosas de la gente que nadie más sabe, y algún día, no sé cuándo, puede que yo necesite que alguien con su bata blanca me haga un favor.

No hoy. Puede que dentro de diez años. Pero el día que se lo pida, usted va a decir que sí, igual que yo le voy a decir que sí ahora mismo.

—¿Y si no puedo?

—Podrá. La gente siempre puede cuando de verdad quiere.

No quedó papel que lo probara. Tampoco hubo testigos.

El lunes por la mañana el banco de Boltaña recibió la cancelación completa de la deuda desde una cuenta que no era la de Ezequiel, y nadie en la oficina hizo preguntas, porque tampoco era la primera vez que algo así pasaba con el nombre de Bernat detrás.

Ezequiel volvió a casa esa tarde y le dijo a Pilar que estaba arreglado, que un conocido le había echado una mano. No usó el nombre de Bernat. No supo explicar por qué, pero algo en él prefería que ese nombre no entrara del todo en su casa, donde dormía su hijo.

Durante meses no pasó nada. Bernat lo saludaba en la plaza con la misma cordialidad de siempre, le preguntaba por el crío, por Pilar, por si el reuma del alcalde había mejorado con lo que le había recetado.

Ezequiel empezó a pensar que quizás había sido eso: generosidad sin más, la de un hombre con dinero suficiente para no necesitar cobrarse cada favor.

Tardó años en entender que no había sido generosidad. Que Bernat no prestaba dinero: sembraba. Y que él, sin saberlo aquella tarde en el patio del almacén, había firmado el contrato más largo de su vida sin ver ni una sola cláusula escrita.