25 #3
Llegó a casa de Teresa poco antes de las nueve, con una botella de vino que había cogido casi por inercia, sin saber si a su tía le apetecería abrirla esa noche.
La cocina olía a guiso de siempre, a algo con verdura y carne que llevaba horas al fuego bajo, y Teresa la recibió con el delantal todavía puesto y un gesto de cansancio que no era nuevo, pero que a Inés le pareció un poco más marcado que otros días.
Cenaron casi en silencio al principio. Solo se oía el tintineo de los cubiertos y alguna pregunta deslavazada sobre el día: si hacía frío en Boltaña, si había comido algo antes de salir, si pensaba quedarse mucho más en el pueblo o si Huesca la reclamaría pronto.
Inés contestaba con monosílabos amables, esquivando el fondo de las preguntas sin mentir, y Teresa no insistía; le retiraba el plato con suavidad y le servía un poco más de guiso, prolongando ese refugio de palabras intrascendentes antes de que estallara la verdad.
Fue Teresa quien rompió el silencio de verdad, cuando ya habían apartado los platos y quedaba solo el vino a medio terminar entre las dos.
—Llevas una cara rara desde que has llegado. Y no es la cara de siempre.
—Ha sido un día largo.
—Ya, un día largo. —Teresa la miró por encima del vaso, con esa forma suya de mirar que no exige respuesta pero que tampoco la deja escapar del todo—. He conocido esa cara antes, Inés. Es la que ponía tu tío cuando volvía de hablar con alguien que no le había dicho lo que quería oír.
Inés se quedó un momento con el vaso a medio camino de la boca. No estaba preparada para que el hilo lo tirara Teresa primero, aunque en el fondo sabía que sería así, que en esta casa las cosas casi siempre acababan saliendo por donde una menos lo espera.
—He hablado con Roig —dijo al fin.
Teresa no contestó enseguida. Apoyó el vaso sobre la mesa, despacio, sin soltar el cristal, y clavó la mirada en un pliegue del mantel. Tensó la mandíbula, forzando la compostura de sus facciones antes de lanzar la pregunta:
—¿Qué le has preguntado?
—Le he dicho que sé que el informe de la autopsia de tío Julián está mal hecho.
Que hay quien lo ha revisado y ha visto cosas que no cuadran.
Que impidió que se hicieran fotografías, que tenía prisa por cerrar el atestado, que alguien lo vio lavándose las manos en un cubo mucho más rato del que hacía falta.
—¿Y qué te ha dicho él?
—Nada. Y a la vez, todo. —Inés buscó las palabras, consciente de que no quería adornar lo que había pasado, solo contarlo tal cual fue—.
No lo ha negado. No se ha puesto nervioso.
Me ha dicho que lo deje, que hay expedientes que se cierran por algo, que si tiro del hilo voy a encontrar más de lo que puedo manejar sola.
Teresa cerró los ojos un momento, no de sorpresa, sino como quien recibe una noticia que llevaba tiempo esperando y aun así necesita un instante para dejarla entrar.
—Treinta años —susurró, con la vista clavada en sus propias manos, que temblaban levemente sobre el hule—.
Treinta años viniendo a preguntarme cómo estoy cada vez que nos cruzamos en la plaza.
Treinta años sin nombrar a Julián ni una sola vez, ni para bien ni para mal.
Se empeñó en desterrar su nombre, convencido de que el silencio equivale al olvido.
—Teresa.
—Siempre me pareció raro. —Levantó la vista y miró a Inés directamente, con una firmeza que no tenía hacía un momento—.
La rapidez con que firmó aquello. Yo estaba destrozada, no podía ni pensar, pero incluso así, en medio de todo aquello, me acuerdo de pensar que había sido muy rápido.
Que un hombre no firma la muerte de otro hombre en media hora sin ni siquiera dudar, sin ni siquiera preguntarme nada sobre cómo lo había encontrado.
—¿Nunca se lo dijiste a nadie?
—¿A quién se lo iba a decir? —Había un poso de amargura en la voz, no dirigido a Inés, sino a algo más viejo y más grande—.
Al alcalde de entonces, que era amigo suyo.
Al cura, que también lo era. Al marido de mi mejor amiga, que trabajaba para Bernat.
En este pueblo no había a quién decírselo sin que la mitad de las bocas fueran las mismas bocas que ya habían decidido cómo tenían que ser las cosas.
Se hizo un silencio largo. Teresa se levantó, fue hasta el aparador y sacó una fotografía vieja de un cajón, una que Inés no había visto nunca: Julián más joven, sonriendo, con el hocino al hombro y el monte detrás. La dejó sobre la mesa, entre las dos, sin decir nada más por un momento.
—Lo sospeché siempre —dijo al fin, con la voz más baja, más cansada—.
Nunca me permití creerlo del todo, porque creerlo significaba admitir que llevaba treinta años sentándome a la mesa con la gente que me había robado a mi marido dos veces: una la noche que murió, y otra cada día después, callando.
Inés no dijo nada. Alargó la mano y la posó sobre la de Teresa, sobre la mesa, cerca de la fotografía. No era un gesto que buscara consolar; era, sobre todo, un gesto de estar ahí, de no dejarla sola con lo que acababa de decir en voz alta por primera vez en tres décadas.
—Voy a llegar hasta el final —dijo Inés, al cabo—. Contigo o sin ti. Pero prefiero que sea contigo.
Teresa asintió, despacio, sin apartar los ojos de la fotografía.
—Contigo —repitió, dejando que la palabra flotara en el silencio de la cocina, midiendo su gravedad ahora que por fin la había pronunciado en voz alta.