25 #2
Se sentó, cerró la puerta, arrancó. Inés se quedó de pie en mitad del aparcamiento, viendo cómo el coche salía a la carretera con la misma calma con la que Roig había dicho cada una de sus frases.
No había confesado nada. Y sin embargo Inés supo, con la misma certeza con la que sabía su propio nombre, que acababa de escuchar la confesión más completa que iba a conseguir de él.
* * *
Inés condujo con las dos manos en el volante, más apretadas de lo necesario, y con la radio apagada.
Necesitaba el silencio, o quizás lo que necesitaba era no tener nada más metiéndose en la cabeza mientras intentaba ordenar lo que acababa de pasar.
La carretera de Boltaña a Serralta serpenteaba entre desfiladeros y ella la conocía de memoria, así que podía permitirse conducir casi sin mirar y dejar que la mandíbula se le fuera tensando sola.
Yo ya no tengo nada que perder que no haya perdido hace tiempo.
No conseguía quitarse la frase de encima.
La rabia no era la que esperaba sentir. No era la rabia caliente que la hace apretar el acelerador; era otra cosa, más sorda, más antigua, la de haber estado tan cerca de algo real y haberse encontrado, en cambio, con un hombre que había convertido treinta años de silencio en una especie de virtud personal.
Pulsó el botón del manos libres sin apartar los ojos de la carretera. Dos tonos y Raúl descolgó.
—Dime que no has hecho ninguna locura.
—He hablado con Roig.
—Eso ya lo sé, me escribiste. La locura es la que no me has contado todavía.
Inés resopló, algo parecido a una risa sin ganas.
—Lo he abordado al salir de la consulta. En la calle, sin nadie delante.
—Inés.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes, porque si lo supieras no lo habrías hecho.
—Raúl no levantó la voz, pero el tono se le afiló, el mismo tono que usa cuando está más preocupado que enfadado—.
Un hombre de sesenta y tantos, sin abogado, sin grabadora, sin nada.
Si esto llega a levantar cabeza en algún momento, la defensa lo tumba en dos minutos alegando coacción.
—No lo estaba coaccionando. Le estaba preguntando.
—Le estabas plantando cara en mitad de una plaza porque no aguantabas otro día esperando. Que es distinto, aunque a ti ahora mismo te sepa igual.
Inés no contestó enseguida. Sabía que tenía razón, y había algo en la calma exasperada de Raúl que conseguía lo que no había conseguido el propio Roig: bajarle un poco la tensión de los hombros.
—No ha confesado nada —dijo al fin—. Ni una palabra que se pueda usar.
Pero Raúl, tendrías que haberlo visto. No se ha puesto nervioso, no ha dudado, no ha intentado convencerme de que estoy equivocada.
Se ha limitado a decirme que lo deje, que hay expedientes que se cierran por algo, que el ovillo es más grande de lo que puedo manejar sola.
—¿Eso te ha dicho?
—Casi con esas palabras.
Se hizo un silencio en la línea, el ruido de fondo de la oficina de Raúl filtrándose un momento antes de que él volviera a hablar, más bajo.
—Eso no suena a un médico de pueblo defendiéndose. Suena a alguien que sabe quién manda por encima de él.
—Lo sé. Por eso he venido conduciendo sin poder pensar en otra cosa.
—Pues ahora vas a hacer lo que llevo dos semanas pidiéndote que hagas.
Vas a llegar a la cabaña, te vas a sentar, y no vas a tomar ninguna decisión más hoy.
Nada de volver a Boltaña, nada de llamar a Roig otra vez, nada de presentarte en el ayuntamiento a por Germán solo porque hoy tienes el cuerpo revuelto.
—No iba a hacer eso.
—Ya, seguro. —Se le notaba la sonrisa cansada, aunque fuera por teléfono—. Mañana lo miramos con la cabeza fría. ¿Trato?
Inés dejó pasar un kilómetro entero antes de contestar, mirando cómo el desfiladero se iba abriendo hacia el valle de Serralta.
—Trato.
—Y, oye. —Raúl contuvo el aire un segundo y dejó caer la frase con un tono grave, despojado de cualquier rastro de broma—. Lo has hecho bien. Puede que no fuera el momento perfecto, pero has conseguido en dos minutos lo que yo no he conseguido en dos semanas de papeleo. Eso también hay que decirlo.
—Gracias.
—Llama cuando llegues.
—Ya casi estoy.
Colgó cuando entró en el primer tramo de curvas antes del pueblo, con la tensión de los hombros un poco más floja que al salir de Boltaña, aunque no del todo.
Aparcó frente a la cabaña con el motor todavía caliente.
Sostuvo las manos fijas en el volante, demorando el momento de apagar el contacto frente a los muros de piedra ennegrecidos por la humedad del otoño.
Le pasaba a veces: necesitar esos segundos de aislamiento antes de romper el último reducto de calor y entregarse a la intemperie que la aguardaba al otro lado del cristal.
Dentro hacía frío. Encendió la estufa de leña, aunque sabía que tardaría en calentar, y dejó las llaves sobre la mesa con más ruido del que pretendía.
Se quitó la chaqueta, la colgó en el respaldo de una silla, y se quedó un momento de pie en mitad de la sala sin saber muy bien qué hacer con las manos.
Cogió el móvil, buscó la lista de reproducción que llevaba años sin tocar y puso Dreams. La voz de Dolores O’Riordan llenó la cabaña con ese temblor suyo que a Inés siempre le había parecido más sincero que bonito.
Subió un poco el volumen, lo justo para que se notara por encima del crepitar de la leña.
Se sentó en el sofá y se quedó mirando el fuego sin verlo del todo.
Fue repasando la conversación con Roig otra vez, pero ahora sin la rabia de antes, más despacio, con la cabeza que le había pedido Raúl.
Las cuatro líneas de conclusiones. El cubo.
La prisa. Y por encima de todo eso, la frase final, la que no sonaba a defensa sino a advertencia servida con buenos modales.
Hay expedientes que se cierran por algo.
Sacó del bolsillo de la chaqueta la libreta que llevaba encima desde que empezó todo esto, y escribió sin mucho orden: Roig no niega. Roig no confirma. Roig sabe que hay más gente. No dice nombres. Se detuvo, tachó una palabra, la volvió a escribir igual dos líneas más abajo.
Sonó Linger y dejó el bolígrafo un momento sobre la libreta abierta. Cerró los ojos. No era que la canción le trajera ningún recuerdo concreto, pero había algo en la voz que se le metía debajo de la tensión y la aflojaba un poco, como cuando se suelta un nudo tirando del extremo correcto.
Cuando volvió a abrir los ojos ya tenía más claro el paso siguiente, o al menos lo tenía más claro de lo que lo tenía en el coche.
No iba a volver a Boltaña. No todavía. Iba a hacer algo que llevaba días posponiendo sin querer reconocerlo: hablar con Teresa.
No sobre Garcés, no sobre el túnel. Sobre Roig.
Miró el reloj. Las dos y media. Todavía tenía tiempo antes de la cena.
Apagó la música a la mitad de Zombie, se quedó un segundo con el silencio repentino de la cabaña, y se levantó a preparar algo de comer mientras dejaba que la tarde pasara despacio, por primera vez en varios días sin la sensación de estar corriendo detrás de algo que no conseguía alcanzar.
* * *