25
Inés corría por la pista forestal que salía de Serralta hacia el collado, la misma que usaba de niña cuando su tío la llevaba a buscar setas y le enseñaba a distinguir la huella de un jabalí de la de un corzo.
El aire le quemaba la garganta. No había calentado bien y lo sabía, pero necesitaba salir de la cabaña antes de que las paredes se le echaran encima.
No creo que haga ningún bien remover ese expediente en concreto.
La frase le marcaba el ritmo de la zancada, un metrónomo que no conseguía apagar.
La había repasado tantas veces desde ayer que había empezado a perder textura, como una palabra que se repite hasta volverse un sonido sin sentido.
Y sin embargo cada vez que la pensaba volvía a sentir el mismo filo: fue peor que una amenaza, un consejo servido con la misma calma con la que un médico manda dejar de fumar.
Aceleró en la subida. Los pulmones protestaban, las piernas protestaban, y por un momento el cuerpo ganó la partida y consiguió apagar la cabeza.
Solo por un momento. Luego volvió todo: Roig lavándose las manos en el cubo, la prisa por cerrar el atestado, la caligrafía demasiado ordenada para un hombre que decía haber estado conmocionado.
Alguien que actúa así no está mintiendo por miedo. Está mintiendo con método.
Coronó la subida al collado casi de forma involuntaria.
Se detuvo con las manos en las caderas, exhalando bocanadas cortas de vaho.
Abajo, Serralta se apelmazaba en un racimo de tejados de pizarra, apretados bajo la helada para defenderse del frío del valle.
Desde esa altura, el pueblo simulaba una quietud inofensiva que ya no la engañaba.
Pensó en su tío subiendo por este mismo monte con el hocino al hombro, treinta años atrás, sin saber que esa noche no volvería a bajar. Pensó en Roig firmando un papel con letra tranquila mientras Teresa, a pocos metros, todavía no sabía que era viuda.
En el collado no pasó nada especial. Solo el frío entrándole por la nuca sudada y la certeza tozuda de que ayer se había conformado con menos de lo que Roig le debía.
Dio media vuelta y empezó a bajar. El descenso era peor para las rodillas y mejor para la cabeza: la inercia la obligaba a pensar menos y a mirar más dónde pisaba.
Para cuando llegó a la cabaña ya lo tenía decidido, aunque no sabría decir en qué momento exacto de la bajada tomó la decisión. Iba a volver a Boltaña. Hoy.
Se duchó con el agua más caliente de lo que aguantaba, hasta que la piel se le enrojeció en el pecho y los hombros.
No era un ritual, no buscaba limpiarse de nada; simplemente el cuerpo se lo pedía después de la carrera.
Se quedó un rato de pie bajo el chorro, con los ojos cerrados, dejando que el vapor le llenara la cabaña pequeña.
Cuando salió, se miró un segundo en el espejo empañado.
No había llorado. Solo necesitaba hacer algo con las manos, y lo limpió con la palma mientras se secaba el pelo con la toalla.
Eligió ropa sin pensarlo demasiado: vaqueros, jersey oscuro, la chaqueta que abrigaba sin llamar la atención.
Si iba a plantarle cara a Roig en su terreno, no quería ir vestida como quien viene a pedir un favor.
Cogió las llaves del coche. Antes de salir, escribió un mensaje rápido a Raúl: Voy a Boltaña. A por Roig. Directo esta vez. Lo mandó sin esperar respuesta y salió de la cabaña con el portazo seco del frío de la mañana todavía metido en los huesos.
* * *
Boltaña a media mañana tenía el ritmo lento de los pueblos que viven del paso de otros: turistas de fin de semana, senderistas, algún ciclista que se detiene a llenar el bidón.
Un martes cualquiera apenas había nadie.
Inés eligió una mesa de la terraza del bar que hacía esquina con la calle donde Roig tenía la consulta, la misma en la que había estado hacía un día con la excusa de Valnegro.
Pidió un café que no pensaba terminarse y se sentó de cara al portal, con la chaqueta puesta pese al sol flojo que caía sobre la plaza.
Tenía el listado mental repasado tantas veces que ya no necesitaba mirarlo. No era una lista de sospechas. Era casi una acusación completa, solo que nadie se había atrevido todavía a decirla en voz alta.
El camarero le trajo el café sin que lo pidiera dos veces. Ella dio las gracias con un gesto y volvió a mirar el portal.
Sabía que lo que estaba a punto de hacer no era del todo ortodoxo.
No tenía orden, no tenía comisión rogatoria, no tenía ni siquiera la Operación Valnegro como excusa razonable esta vez: lo que quería hacer era plantarle a un hombre de sesenta y tantos años, en la calle, sin testigos que la respaldaran, que sabía que había mentido hacía treinta años y que seguía mintiendo ahora.
Si Raúl hubiera estado allí le habría dicho que esperase, que reuniera más, que no se jugase media investigación por las ganas de ver la cara de Roig cuando se lo dijera a bocajarro. Raúl no estaba allí.
A las doce y cuarto empezó a salir gente de la consulta: una mujer mayor con un bastón, un chico joven con el brazo en cabestrillo.
A las doce y media, por fin, Roig. Cerró con llave, se guardó el manojo en el bolsillo del abrigo y caminó hacia el aparcamiento de la plaza con el paso tranquilo de quien no tiene ninguna prisa en el mundo.
Inés dejó un billete sobre la mesa sin esperar el cambio y cruzó la plaza.
Lo alcanzó justo cuando él tenía la llave del coche en la mano, a punto de abrir la puerta. Roig la vio llegar y no se sobresaltó, ni siquiera aflojó el gesto. Se limitó a quedarse quieto, con la llave suspendida a medio camino de la cerradura, y esperar.
—Inspectora. Otra vez usted.
—Necesito que hablemos.
—Ya hablamos ayer. —Se guardó la llave en el bolsillo del abrigo y se cruzó de brazos, plantándose frente a ella junto a la portezuela sin amago de abrir—. Y le dije lo que pensaba.
—Me dijo una recomendación. Yo he venido a hacerle una pregunta.
Roig cruzó los brazos, apoyado en el lateral del coche. El sol le daba de lleno en la cara y no hizo ni un gesto para protegerse los ojos.
—Adelante.
—He hecho revisar el informe de la autopsia de 1993 —Inés habló despacio, sin levantar la voz, obligándolo a encajar el peso de cada término—.
La caligrafía es distinta a la del resto de sus informes de esa época.
Más controlada. Más rápida. Cuatro líneas de conclusiones para una herida que no se podrían resumir en menos de dos páginas.
—Las autopsias no tienen una extensión reglamentaria, inspectora.
—No le he preguntado por el reglamento. —Inés no apartaba los ojos de él—.
También he hablado con Cabrero. Se acuerda de usted impidiendo que se hicieran fotografías del cadáver.
Se acuerda de que tenía prisa por cerrar el atestado esa misma noche.
Y se acuerda de usted lavándose las manos en un cubo durante mucho más tiempo del que hace falta para lavarse las manos.
Algo se movió en la cara de Roig, pero no fue lo que Inés esperaba. No fue sorpresa. Fue una especie de cansancio viejo, el de un hombre que llevaba tiempo esperando esta conversación y que, ahora que había llegado, casi la recibía con alivio.
—Cabrero tiene setenta y ocho años, inspectora. Y esa noche llovía a mares. Todos teníamos prisa.
—No estoy hablando de todos. Estoy hablando de usted.
Roig se separó del coche. Ya no buscaba el apoyo del lateral; se quedó de pie, firme, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
—¿Y qué es lo que cree exactamente, inspectora? Dígamelo con esas palabras que tanto le gusta usar. Dígame lo que cree que hice.
—Creo que certificó una muerte accidental sabiendo que no lo era. Creo que lo hizo deprisa y bien, con oficio, no con pánico. Y creo que ha tenido treinta años para arrepentirse y no lo ha hecho ni una sola vez.
El silencio que siguió no fue el silencio de alguien que busca qué decir. Fue el silencio de alguien que ya lo tenía decidido y solo estaba calculando cuánto merecía la pena decir.
—¿Sabe cuántos partos he atendido en este valle, inspectora?
¿Cuántas muertes he certificado, cuántos accidentes de monte, cuántos infartos a las tres de la mañana con la carretera cortada por la nieve?
Llevo treinta y cinco años siendo el único médico entre Serralta y Boltaña.
La gente de aquí me debe más de lo que usted podrá entender nunca desde Huesca.
—No le he preguntado por sus méritos. Le he preguntado por Julián Ferrer.
—Julián Ferrer está muerto. Lleva treinta años muerto y removerlo no le va a devolver nada a nadie. Ni a usted, ni a Teresa, ni a ese pueblo que por fin ha aprendido a vivir sin hacerse esa pregunta.
—Eso no es una negación, doctor.
Los ojos de Roig se estrecharon en una fijeza fría, puramente analítica. Era la primera vez que la evaluaba sin la máscara de la cordialidad, midiendo con precisión la resistencia de su adversaria antes de soltar el lastre.
—No, inspectora. No lo es. Y no se la voy a dar tampoco.
Ni la negación ni la confesión. Lo único que le voy a dar es un consejo, el mismo de ayer, porque veo que no le sirvió de nada la primera vez: hay expedientes que se cierran por algo.
El suyo, en concreto, se cerró hace treinta años, y no por mí solo.
Tire de ese hilo y va a descubrir que el ovillo es más grande de lo que puede manejar usted sola.
—¿Es eso una amenaza?
—Es una observación clínica. —Roig sacó la llave del bolsillo, la sostuvo un momento entre los dedos, sin prisa—. Usted decide qué hacer con ella.
Abrió la puerta del coche. Antes de sentarse, se volvió una última vez hacia ella, y por primera vez en toda la conversación bajó un poco la voz, casi con algo que podría pasar por compasión si no fuera tan frío.
—Váyase a Huesca, inspectora. O quédese en Serralta y disfrute del retiro que vino buscando. Pero deje esto donde está. Se lo digo por su bien, no por el mío. Yo ya no tengo nada que perder que no haya perdido hace tiempo.