El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 24
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El mercado de Serralta ocupaba la plaza cada jueves con los mismos cuatro o cinco puestos de siempre. Inés bajó caminando, sin prisa, con la excusa de que la nevera de la cabaña llevaba días con lo justo.

Estaba escogiendo entre dos racimos de uva cuando Remedios se colocó al otro lado del puesto, con una cesta de mimbre medio llena.

—Buenos días —dijo Remedios, con la voz templada de quien lleva toda la vida saludando a gente en ese mismo sitio.

—Buenos días.

—¿Has probado ya las peras? Dicen que este año han venido buenas. Cógelas de las pequeñas, que las grandes están más pasadas de lo que parece.

Inés cogió dos, sin necesidad, solo por seguirle la corriente.

—Gracias por el aviso.

—De nada. Que vaya bien la mañana, Inés.

Se separaron sin prisa, cada una hacia un lado de la plaza.

Estaba guardando la fruta en la nevera cuando el móvil sonó sobre la encimera. Raúl.

—Tengo algo. No sé si es bueno —dijo él, sin preámbulo—.

Localicé a Cabrero ayer por la tarde. Vive en Jaca con una hija.

Le llamé con la excusa de Valnegro, revisión de archivo.

Al principio no se acordaba de casi nada, treinta años son treinta años.

Pero cuando le mencioné el nombre de Julián Ferrer, cambió el tono.

Se quedó callado un momento, de esos silencios que dicen más que lo que viene después.

—¿Qué te dijo?

—Que se acordaba del caso, aunque al principio le costó situarlo bien.

Primero me dijo que fue en verano, y tuve que corregirle yo con la fecha del expediente.

Luego se rió de sí mismo, dijo que a su edad los años se le juntan todos en la misma bolsa.

Cuando por fin lo ubicó, dijo que fue de los pocos accidentes de monte en los que no hizo falta hacer casi nada.

Palabras suyas, más o menos: «aquello ya estaba resuelto cuando llegué yo».

El médico ya estaba en el sitio, con todo claro, y a Cabrero, como instructor, solo le tocó tomar nota y firmar.

En su momento no le pareció raro, dice. Le insistí un poco, con cuidado, y ahí empezó a dudar más de lo que me hubiera gustado.

—¿Dudar en qué sentido?

—Al principio dijo que nadie le pidió que fotografiara nada.

Luego, dos frases después, dijo que él nunca llevaba cámara en esas salidas, que eso era cosa de otro compañero.

No sé si se contradijo porque de verdad no se acuerda, o porque está rellenando huecos con lo que cree que tendría sentido ahora que le he metido a Roig en la cabeza.

Treinta años es mucho tiempo, Inés, y a los hombres mayores les pasa: cuanto más les preguntas, más seguros se ponen de cosas que en realidad se están inventando sobre la marcha.

Inés cerró los ojos un segundo. No era una prueba. Ni siquiera era un testimonio limpio.

—¿Algo que sí sonara firme?

—Una cosa, y esta la dijo dos veces igual, sin que yo se lo preguntara otra vez: que le extrañó la prisa de Roig por cerrarlo todo esa misma noche, cuando en otros casos parecidos él solía esperar al día siguiente.

Y algo más suelto, casi al final de la llamada, cuando ya se despedía: que se acordaba de haber visto al médico lavándose las manos en un cubo de agua, más tiempo del que le pareció necesario.

Eso lo soltó como quien no quiere darle importancia, y luego cambió de tema él solo, hacia su nieta y no sé qué de una boda.

—¿Tú qué te crees, de las dos cosas?

—Me creo la prisa, porque la repitió igual las dos veces.

Lo del cubo no sé si es un recuerdo real o una imagen que se le ha ido pegando a la historia de tanto repetírsela a sí mismo estos años.

No te puedo dar más que eso, Inés. Un hombre de setenta y ocho años contándote lo que cree recordar de una noche de hace treinta.

—Es la segunda persona que me dice, sin que yo se lo pida, que Roig tuvo prisa esa noche.

—Sí. Eso sí lo tengo que reconocer. —Una pausa breve—. Ten cuidado con cómo te acercas a él ahora. Si es lo que empieza a parecer, lleva treinta años sabiendo guardar silencio. Y llámame antes de ir a verlo.

—Te llamaré.

Colgaron. Inés cogió el cuaderno y añadió una línea nueva bajo las anotaciones de Beatriz: sin fotos. Prisa por cerrar. Lavado de manos prolongado. Nada de aquello serviría en un juzgado. Pero ya tenía claro por dónde iba a empezar la conversación con Roig.

* * *

Se cambió de ropa antes de coger las llaves del coche: vaqueros, jersey oscuro y la chaqueta que abrigaba sin llamar la atención. Se vistió con la sobriedad de quien se acoraza, buscando en la neutralidad de las prendas el escudo que todavía le faltaba a sus argumentos.

La carretera hacia Boltaña bajaba serpenteando entre robles todavía verdes.

Condujo pensando en el archivo, en la coartada de Garcés que se había desmoronado, en lo convencida que había estado antes de eso de ir por el buen camino.

No tenía ninguna pregunta que pudiera hacerle a Roig directamente sin descubrir sus cartas.

Lo único que tenía era una hora de firma, una letra distinta a la de siempre, cuatro líneas de conclusiones y la palabra de un guardia jubilado.

La placa de latón junto al portal decía Dr. E. Roig — Medicina General . Una recepcionista la hizo pasar a una salita con cuatro sillas de plástico y una mujer mayor con bastón que ya esperaba turno.

—¿Es usted la que ha vuelto a la cabaña del Ferrer? —preguntó la señora, sin tapujos.

—Sí, soy yo.

—Buen hombre, don Julián. Una pena lo que pasó.

Pasaron unos diez minutos hasta que Roig asomó por la puerta interior, la bata puesta y las gafas subidas sobre la frente.

—Inés. Qué sorpresa tan agradable. Pasa, pasa.

Se sentó frente a él. Roig entrelazó las manos sobre la mesa.

—Marisa me ha dicho que es sobre Valnegro. Dime en qué puedo ayudarte.

—Estamos revisando protocolos antiguos de custodia de pruebas biológicas en casos que no llegaban a instrucción judicial completa. Accidentes rurales que se cerraban rápido, sin mayor investigación.

—Dependía mucho del criterio del médico que certificaba. En aquella época no había los medios de ahora. Si el caso parecía claro, no siempre se conservaban muestras.

—¿Y quién decidía si un caso parecía claro?

—El médico, sobre el terreno. —Hizo una pausa—. ¿Esto tiene que ver con Valnegro, o es una pregunta más general?

—¿Tienes algún caso concreto en mente? Si me dices cuál, puedo hacer memoria con más precisión.

Era la pregunta que ella había estado esperando.

—El de mi tío está entre ellos, de hecho, aunque sea solo por la fecha y la zona.

Algo cambió en la cara de Roig, apenas un parpadeo más lento de lo normal antes de que la sonrisa volviera a su sitio.

—El de Julián. Claro. Un caso muy triste. Fue rápido, si mal no recuerdo. La herida era compatible con una caída sobre el propio hocino. No había mucho que investigar más allá de eso.

—¿No se planteó hacer más pruebas? Dada la gravedad de la herida.

—Inés. —Lo dijo con suavidad, casi con paciencia—.

Hace treinta años, en un pueblo como este, uno hacía lo que podía con lo que tenía.

Entiendo que desde tu perspectiva de hoy parezca poco riguroso.

Pero era lo que había. Además, no creo que haga ningún bien remover ese expediente en concreto.

Fue un golpe muy duro para Teresa, para toda la familia.

—Nadie ha hablado de reabrir nada. Solo estoy revisando expedientes por Valnegro.

—Por supuesto. Perdona, deformación profesional.

Se levantó para acompañarla hasta la puerta.

—Y, Inés. Cuídate. No dejes que el pasado te consuma más de la cuenta. Julián no hubiera querido eso para ti.

Salió con la sensación de no haber conseguido nada concreto y, al mismo tiempo, de llevarse algo que no sabía todavía cómo nombrar. Una frase, quizá. No creo que haga ningún bien remover ese expediente en concreto. Dicha con demasiada suavidad para ser solo preocupación por Teresa.