El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 23
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La señal de la videollamada tardó unos segundos en estabilizarse. Inés tenía el portátil apoyado sobre una pila de carpetas del expediente, y fuera empezaba a caer una llovizna fina que apenas se oía contra el tejado.

La imagen de Beatriz apareció con retraso. Estaba en su despacho del Instituto, con la bata puesta y el pelo recogido con un lápiz.

—¿Me oyes bien?

—Te oigo. ¿Qué tienes?

—Nada que sirva en un juicio. Pero algo que no me gusta.

—Beatriz levantó una carpeta hacia la cámara y buscó una página con la soltura de quien ya la ha marcado antes con un pósit—.

El informe de necropsia de 1993 lo firma Roig a las nueve y veinte de la mañana del día siguiente al hallazgo.

El cuerpo se encuentra sobre las seis de la tarde, según el atestado.

Quince horas entre el hallazgo y la firma.

—¿Es poco?

—Para certificar una muerte con signos externos evidentes, no.

Para redactar, firmar y sellar un informe completo de una herida como la de Julián, sí lo es.

Una herida con esa trayectoria exige describir ángulo de entrada, profundidad, armas compatibles, estimación de fuerza.

Eso lleva tiempo. Y aquí no hay ni una tachadura.

—A lo mejor tenía el formulario medio hecho de otros casos.

—Podría ser. Por eso no es concluyente. Pero he comparado la letra de este informe con las firmas de Roig en otros dos atestados judiciales del mismo año: un accidente de tractor y una agresión por intoxicación etílica.

En esos dos, la letra es la de siempre, irregular, con su manía de amontonar las palabras.

En el de Julián, en cambio, el trazo está demasiado controlado, dibujado con un pulso artificialmente pausado.

—O el rastro de una copia limpia, decidida de antemano.

—Eso no te lo puedo firmar —admitió Beatriz, pasando el dedo por otra hoja—.

Pero es lo primero que salta a la vista.

Mira las conclusiones. En cualquier informe de comparación, Roig se explaya media página, añade contexto y apunta detalles que ni siquiera le pide el formulario.

En el de tu tío solo hay cuatro líneas: «Caída accidental sobre útil de labranza propio, herida penetrante en región abdominal, óbito por shock hemorrágico».

Así despachó el caso más grave que ha firmado en toda su carrera.

—¿Y los testigos?

—El guardia civil que instruyó el atestado, un tal Cabrero, ya jubilado. Y el propio Roig. Nadie más firma como presente. No hay foto del cadáver in situ, solo las que se hicieron después, en la sala.

—¿Eso era normal en el noventa y tres?

—Para un accidente de monte en un pueblo pequeño, sí, si el médico y la Guardia Civil coincidían en la causa. El problema es que no tengo forma de saber si coincidían por evidencia o porque alguien ya había decidido qué había pasado antes de que llegaran.

Inés se levantó, se acercó a la ventana con el portátil en las manos y volvió a sentarse.

—Teresa me dijo hace unas semanas que siempre le pareció raro lo rápido que Roig certificó la muerte. Que nunca quiso hablar del tema en treinta años.

—Eso es indicio de comportamiento. No prueba médica, pero pesa.

—Beatriz hizo una pausa breve—. Lo que sí te puedo decir con seguridad técnica es esto: la rapidez y la limpieza de este informe no encajan con la complejidad de la herida que describe.

O Roig era mucho más rápido escribiendo de lo que era en cualquier otro caso de su carrera, o alguien le dio prisa, o ya sabía de antemano qué tenía que poner.

—¿Puede haber una cuarta opción?

—Siempre puede haberla. Pero llevo quince años leyendo informes de médicos rurales de los noventa y este es el único que parece redactado por alguien que ya conocía el final antes de empezar a escribir el principio.

Inés dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Roig sigue ejerciendo. Pasa fines de semana aquí. Lo vi hace poco, en la fiesta del pueblo. Me dio el pésame, habló de Julián con cariño.

—¿Y tú qué pensaste entonces?

—Que era el único de todos los que he conocido en Serralta que parecía sincero.

—¿Y ahora?

—Ahora no sé qué pensar. Pero se le ha acabado el papel de espectador inocente; Roig está metido en esto hasta el cuello.

—Es lo único que te puedo pedir con lo que tengo. No tengo una firma falsificada, ni una hora manipulada, ni un testigo que diga que alguien le presionó. Con esto no vas a ningún juzgado.

—Con esto tengo suficiente para volver a hablar con él.

—Eso ya es cosa tuya. Yo te mando el informe completo esta noche, con mis anotaciones al margen. Y si aparece algo de restos de la época, ya sabes que puedo repetir el análisis con lo que tenemos hoy.

—¿Hay alguna posibilidad de que se conservara algo?

—En el noventa y tres, en un juzgado de comarca, con un caso archivado como accidente, lo normal es que no se guardara nada más allá de un tiempo mínimo. Pero voy a mirarlo.

Se quedaron un momento en silencio. Beatriz cambió el tono, más bajo.

—¿Cómo estás tú con todo esto?

—Cansada.

—No te pregunto por el caso.

—Ya lo sé.

Beatriz no insistió. Cambió de tema ella misma, hacia el informe que tenía que mandar esa noche.

—Te mando el informe esta noche —dijo—. Y ten cuidado con cómo lo abordas. Si Roig es lo que empieza a parecer, lleva treinta años sabiendo guardar silencio. No se le va a caer a la primera pregunta incómoda.

—Lo sé.

—Y otra cosa. Si esto se confirma, no estamos hablando de un médico que miró para otro lado por comodidad. Estamos hablando de alguien que redactó un documento oficial sabiendo que era mentira, con nombre, apellidos y firma. Eso no es lo mismo que el silencio del resto del pueblo.

—Lo sé, Beatriz.

La videollamada se cortó unos segundos después. Inés cogió el cuaderno y releyó lo que había anotado. Nueve y veinte de la mañana. Cuatro líneas de conclusiones. Una letra más recta de lo habitual. Un único guardia civil y Roig como testigos.

Pensó en Roig sonriendo en la fiesta del pueblo, con el vaso de vino en la mano. Pensó en la rapidez con la que había cambiado de tema cuando ella mencionó, de pasada, que estaba revisando papeles antiguos.

No tenía nada que llevar a ningún sitio. Pero ya no podía volver a mirarlo como antes.

Cogió el móvil y buscó el contacto de Raúl. Contestó al tercer tono, con ruido de fondo.

—Dime.

—¿Tienes un minuto? Un guardia civil jubilado. Se llama Cabrero, estuvo destinado en Boltaña en el noventa y tres. Firmó el atestado del accidente de mi tío como instructor.

—¿Accidente entre comillas?

—Accidente entre comillas.

—¿Qué quieres que le pregunte?

—Nada oficial. Solo si se acuerda de algo raro de esa noche. Del médico, de si le pareció normal o no.

—Treinta años es mucho tiempo para acordarse de un accidente de monte.

—Ya lo sé. Pero si hay algo, aunque sea una sensación, lo quiero.

—Le busco el número esta tarde. Oye, Inés. —Cambió de tono, más bajo—. ¿Cómo estás llevando esto? Y no te pregunto por el caso.

—Estoy bien.

—Ya. Y yo soy de Bilbao.

Ella sonrió sin ganas, sola en la cocina.

—Estoy cansada, Raúl. Pero bien.

—Como esto se alargue mucho más, me planto ahí un fin de semana aunque sea sin excusa de Valnegro.

—Es peor de lo que imaginas.

—Cuídate, anda. Te aviso en cuanto tenga algo de Cabrero.

Colgó. Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa y se quedó mirando la lluvia caer sobre el cristal, más despacio ahora.