22
El monte olía a resina y a tierra mojada por una lluvia que había caído a media tarde y que aún goteaba de las ramas altas.
Germán llevaba el candil bajo apagado, como le habían dicho, y caminaba pegado al camino de carro que subía desde la pista principal hasta el punto de acopio, un claro donde en los últimos meses habían empezado a dejar material que nadie preguntaba de dónde salía ni a dónde iba.
Tenía diecinueve años y ningún oficio. Su padre llevaba cuatro meses bajo tierra, y con él se había ido lo poco que sostenía la casa: la pensión no llegaba, la madre cosía para las vecinas, y Germán había aceptado el trabajo de Bernat sin hacer demasiadas preguntas, porque las preguntas no daban de comer y el hombre pagaba puntual, en efectivo, sin necesidad de papeles.
Aquella noche le tocaba doble tarea. Primero, acompañar a un grupo de tres chavales del pueblo, más jóvenes que él, en lo que Bernat llamaba una «ronda de monitor»: enseñarles a moverse de noche por el terreno, cosa que en Serralta se hacía desde siempre y que servía, de paso, para que Germán tuviera una excusa de estar en el monte a esas horas sin levantar sospechas.
Después, cuando los dejara en el refugio de vuelta, tenía que subir solo hasta el claro y esperar la llegada de un camión que bajaría material desde la zona alta de las obras.
Los tres chavales no llevaban ni media hora de camino cuando el más pequeño, un crío de trece años llamado Nano, se torció el tobillo en un tramo de piedra suelta.
No fue nada grave, pero el chico se puso a llorar del susto y del dolor, y los otros dos se quedaron parados, mirando a Germán, esperando que hiciera algo.
Germán se quedó igual de parado.
No sabía inmovilizar un tobillo. No sabía si convenía cargarlo o dejarlo andar despacio.
No sabía, sobre todo, qué decir para que el crío dejara de llorar, y el silencio se le hizo largo, más largo de lo que duró en realidad, mientras los otros dos empezaban a mirarse entre ellos con esa mezcla de burla y desconcierto que tienen los chavales cuando descubren que el adulto que los guía no tiene ni idea de lo que hace.
—Habrá que bajarlo —dijo uno de ellos, al final, resolviendo él solo lo que Germán no conseguía resolver.
Fue en ese momento, con el crío sentado en una piedra y Germán todavía sin decidir nada, cuando oyeron pasos por el camino de abajo.
Julián apareció con el candil encendido y el hocino colgado del cinto, como siempre, y en cuanto vio la escena entendió de un vistazo lo que Germán llevaba diez minutos sin entender.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, ya agachándose junto al chico, palpándole el tobillo con manos seguras.
—Se ha torcido el pie —dijo Germán, con la voz más firme de lo que se sentía—. Íbamos a bajarlo.
—No es nada grave. —Julián le movió el tobillo con cuidado, el chico soltó un quejido corto, y luego asintió, satisfecho de su propio diagnóstico—. Un esguince leve. Se aguanta caminando despacio si le ayudamos.
Se levantó, sacó un pañuelo del bolsillo y lo ató alrededor del tobillo del chico con tres vueltas rápidas, sin dudar, el gesto de alguien que llevaba haciendo aquello toda la vida.
Luego miró a Germán, y en esa mirada no había todavía nada de burla, solo la comprobación tranquila de que algo no había funcionado como debía.
—¿Cuánto hace que estáis parados aquí?
—Poco —mintió Germán.
Julián no lo contradijo delante de los chavales, pero la forma en que apretó los labios dejó claro que no le había creído. Cogió al crío del brazo, se lo cargó sobre los hombros de un solo movimiento, y empezó a bajar hacia el pueblo, dejando que los otros dos siguieran detrás.
Germán fue detrás de todos, con el candil apagado en la mano, la vergüenza le subió por el cuello.
Nadie dijo nada durante el descenso. Los chavales, por una vez, no bromearon.
Julián tampoco habló, concentrado en el crío y en el camino, y ese silencio le pareció a Germán peor que cualquier reproche.
Al llegar a las primeras casas del pueblo, la madre del chico salió a la puerta al oír las voces, y entre las explicaciones y los agradecimientos a Julián, Germán se quedó a un lado, sintiendo que ya no formaba parte de la escena.
Cuando por fin los chavales se metieron en sus casas y las luces del pueblo se fueron cerrando una a una, Julián se giró hacia él.
—Germán.
—Qué.
—Tienes que aprender esto bien, si vas a seguir haciéndolo. No es un juego llevar críos al monte de noche.
—Lo sé.
—No lo sabías hace media hora. Te has quedado parado como un pasmarote mientras el chaval lloraba.
Lo dijo sin gritar, sin acritud, con esa firmeza tranquila que Julián empleaba para todo, y que a Germán le sonó peor que un grito. Habría preferido que le insultara. El tono paciente, casi de maestro, le hacía sentir más pequeño que cualquier bronca.
—Ha sido un despiste —dijo, a la defensiva.
—Un despiste te puede costar caro aquí arriba. A ti o al chaval.
Germán no contestó. Miraba el suelo, las botas de Julián manchadas de barro, sin atreverse a levantar la vista.
—¿Y de dónde vienes tú tan tarde, además? —añadió Julián, con un cambio de tono que a Germán le pareció más peligroso que el anterior, porque ya no hablaba del tobillo del chico—. Este no es camino de bajada desde donde vivís los críos. Venís del camino del claro.
—Cortamos por ahí.
—No se corta por ahí de noche sin más, Germán. Ese camino no lleva a ningún sitio, salvo al acopio de Bernat.
El nombre quedó suspendido entre los dos, y Germán sintió que algo se le cerraba en el pecho. Julián lo miraba ahora con una atención distinta, la de alguien que empieza a atar cabos que hasta ese momento no le habían importado.
—No sé de qué hablas —dijo Germán, y la mentira le salió tan mal que ni él mismo se la creyó.
—Llevo tiempo viendo movimiento raro en esa zona.
Camiones a horas que no tocan, gente que no conozco cargando cosas que no se anuncian en ningún permiso.
—Julián se cruzó de brazos, sin prisa, como quien empieza a disfrutar del hilo que acaba de encontrar—.
Y ahora resulta que el crío que iba a mi cargo de monitor se me pierde en un descuido tuyo, justo en la noche que tú andas rondando por ahí.
—No tiene nada que ver una cosa con otra.
—Eso lo decidiré yo. —Julián dio un paso hacia él, sin levantar la voz, pero sin dejar sitio para la réplica—. Mañana hablo con Bernat. Y si hace falta, con la Guardia Civil, aunque solo sea para que alguien mire qué se cuece ahí arriba de noche.
—No hace falta que hables con nadie —dijo Germán, y la voz se le quebró a mitad de frase, entre la súplica y el enfado—. Es solo trabajo, Julián. Es lo único que tengo.
—Pues búscate otro trabajo que no ponga en riesgo a los críos del pueblo.
Julián se dio la vuelta, dando por terminada la conversación con esa naturalidad de quien está seguro de tener razón, y empezó a caminar hacia su propia casa.
Germán se quedó plantado en medio de la calle, con el candil apagado todavía en la mano, sintiendo que el suelo que llevaba meses sosteniéndolo, el único trabajo que nadie más le había ofrecido, la única salida que le quedaba a él y a su madre, se le desmoronaba con la misma facilidad con que se había desmoronado todo lo demás desde la muerte de su padre.
No pensó en nada concreto. No hubo un plan, ni un instante en que decidiera algo con claridad. Solo la certeza, creciendo rápido, de que si Julián hablaba con Bernat, o peor, con la Guardia Civil, se quedaba sin nada. Otra vez sin nada.
Echó a andar detrás de él, monte arriba, hacia donde sabía que Julián solía subir a última hora a revisar el refugio antes de acostarse. Llevaba el candil todavía apagado y las manos frías, y no se dio cuenta de que se había puesto a correr hasta que ya casi le daba alcance.