El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 21
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Inés se pasó la mañana dándole vueltas a la libreta. Las dos frases seguían ahí, una debajo de otra: la de Tomás junto al río, la de Teresa frente al fregadero. Por separado eran solo comentarios sueltos. Juntas pesaban de una forma que todavía no sabía justificar ante Raúl, ni ante sí misma.

No tenía nada contra Germán. Ni un indicio ni una fecha que lo situara cerca de la cabaña.

la noche de la muerte de Julián. Tenía dos comentarios sueltos y una sensación, y las sensaciones no servían de nada en un atestado.

Pero también sabía, por los años que llevaba haciendo aquel trabajo, que las grietas casi nunca dejaban pruebas.

Dejaban detalles sueltos, gente que se ponía nerviosa donde no debería haber motivo.

Se dijo que la visita al ayuntamiento tenía sentido de todos modos.

Necesitaba los permisos de tráfico pesado de la maderera para el informe de Valnegro, y Germán era la vía más rápida para conseguirlos sin levantar sospechas.

Eso se repitió mientras cogía la chaqueta y bajaba hacia la plaza: que iba por los camiones, no por su tío.

Aun así, antes de entrar, se detuvo un momento frente a la puerta del ayuntamiento y releyó la frase de Tomás una vez más, como quien comprueba que lleva el arma cargada antes de un registro rutinario que probablemente no va a necesitarla.

El ayuntamiento de Serralta ocupaba un edificio de piedra que en su día había sido casa de un indiano y que alguien, hacía décadas, había decidido que representaba mejor que ningún otro la autoridad municipal.

Tenía un escudo desgastado sobre la puerta y un timbre que llevaba años sin sonar, porque en Serralta nadie llamaba: se entraba directamente y se preguntaba en voz alta si había alguien.

Inés encontró a Germán solo en su despacho, un cuarto pequeño con dos archivadores metálicos y una ventana que daba al callejón trasero, la clase de despacho que se le asigna a quien lleva mucho tiempo en un puesto pero nunca ha tenido intención de subir más.

Estaba revisando papeles cuando ella entró, y levantó la vista con la misma cordialidad de siempre, esa sonrisa que parecía tenerla ya preparada para cualquier visita.

—Inspectora. Qué sorpresa.

—Tenía un par de preguntas sobre Valnegro. Nada que no pueda esperar, pero ya que estaba por aquí.

—Usted dirá. —Señaló la silla frente a la mesa, un gesto automático de anfitrión municipal—. Aunque no sé muy bien en qué puedo ayudarla yo con todo eso.

—Registros de tráfico pesado. Permisos de circulación de la maderera, autorizaciones de paso por el puente viejo cuando pesan más de lo permitido. Ese tipo de cosas suelen pasar por el ayuntamiento, ¿no?

—Algo pasa, sí. Aunque la mayoría se gestiona directamente con la Diputación. Aquí solo quedan copias. —Germán se levantó para buscar en uno de los archivadores.

—Menudo lío el de los camiones. Nunca me hubiera imaginado que Serralta acabaría en las noticias por algo así.

—Los pueblos pequeños son los sitios ideales, precisamente por eso. Nadie mira.

—Supongo que tiene razón.

Encontró la carpeta y la dejó sobre la mesa, pero no la abrió enseguida. Se quedó de pie un momento, con la mano encima, dándose tiempo.

—¿Y cómo lo lleva usted? —preguntó Inés, con la vista puesta en la carpeta cerrada—. Debe de ser raro, para alguien que lleva tanto en el pueblo, ver que hay algo así debajo, sin que nadie se enterara.

—Uno se acostumbra a que Serralta esconda cosas. —Se sentó, y esta vez la sonrisa tardó un poco más en aparecer—. Llevo aquí toda la vida, inspectora. Uno cree que conoce a la gente, y luego resulta que no.

—Usted conocía bien a mi tío, ¿verdad? Alguien me dijo que fueron compañeros de monte, en cierta época.

La pregunta salió con la misma naturalidad con la que había preguntado por los camiones, sin énfasis, casi de paso.

Pero Germán tardó un segundo de más en contestar, un segundo que en otra persona no habría significado nada y que en él, con las manos quietas sobre la carpeta cerrada, significó algo.

—Julián y yo nos cruzábamos, sí. El monte era pequeño entonces. Todos nos conocíamos de una forma u otra.

—¿Trabajaron juntos alguna vez?

—Alguna vez le acompañé en rondas, cuando yo hacía de recadero para… —se interrumpió, corrigió el rumbo, y a Inés no se le escapó el momento de duda—, para varias fincas de la zona. Julián sabía mucho del terreno. Yo entonces era un chaval sin oficio.

—Debió de aprender bastante de él.

—Algo se aprende de todo el mundo.

Abrió por fin la carpeta y empezó a pasar hojas sin necesidad real, buscando algo que ya sabía dónde estaba, solo para tener las manos ocupadas en otra cosa. Inés esperó. Dejó que Germán abriera la carpeta, la cerrara, la volviera a abrir.

—Aquí tiene los permisos de los últimos tres años —dijo al fin, tendiéndole la carpeta—. Si necesita algo de antes, tendría que buscarlo en el archivo viejo, y ese está hecho un caos, se lo advierto.

—Gracias. —Inés cogió la carpeta sin abrirla, la dejó sobre su regazo—. ¿Y usted, cuando empezó aquí en el ayuntamiento? ¿Fue poco después de morir su padre?

La pregunta cayó distinta a las anteriores. Germán se quedó quieto un instante, con la mano todavía en el aire donde había estado la carpeta, y luego la bajó despacio hasta la mesa.

—¿Por qué me pregunta eso?

—Curiosidad. Estoy conociendo el pueblo, y la gente cuenta cosas. Alguien mencionó que su padre murió el mismo año que mi tío.

—Fue un mal año para varios —dijo Germán, y la frase le salió más cortante de lo que probablemente pretendía, porque enseguida pareció querer suavizarla—. Un accidente en el monte, cortando leña. Cosas de entonces. No se llevaba el cuidado que se lleva ahora.

—Debió de ser duro. Quedarse solo tan joven.

—Se sale adelante como se puede.

—¿Y salió adelante bien? Me han dicho que sí. Que el ayuntamiento le fue bien, deprisa.

Lo dijo sin acusación en la voz, casi como una felicitación mal calculada, pero Germán encajó la pregunta con un segundo de retraso que no supo disimular. Se pasó la mano por la nuca, un gesto nuevo en él, algo que Inés no le había visto en las dos veces anteriores que habían hablado.

—La gente habla mucho en los pueblos pequeños, inspectora. Y no siempre con buena intención.

—No era mi intención insinuar nada. Solo comentaba lo que me han contado.

—Ya. —Germán se levantó, fue hacia la ventana que daba al callejón, y se quedó de espaldas a ella un momento, mirando un muro de piedra que no ofrecía nada que mirar—. Tuve suerte, si eso es lo que quiere saber. Alguien confió en mí cuando nadie más lo hacía. Eso es todo.

—¿Quién?

La pregunta quedó suspendida un segundo largo.

Germán no se giró enseguida. Cuando lo hizo, tenía la cara compuesta de nuevo, la cordialidad recolocada como una prenda que se ha resbalado y se vuelve a poner en su sitio, pero las manos, cuando las metió en los bolsillos, no terminaban de estarse quietas.

—Gente del pueblo. Se ayuda entre sí, aquí. Siempre ha sido así.

—Claro.

—Si eso es todo, inspectora, tengo que terminar unos padrones antes de las dos.

Inés se levantó, cogió la carpeta, y no insistió. Sabía, por experiencia, que empujar demasiado en el momento equivocado cerraba puertas que convenía dejar entornadas.

—Gracias por su tiempo, Germán.

—Para eso estamos.

Ya en la puerta, se giró un momento, con la carpeta bajo el brazo.

—Una última cosa. ¿Su padre llegó a conocer bien a Andrés Bernat?

No esperaba respuesta larga, y no la obtuvo. Germán se había sentado de nuevo tras la mesa, con la vista puesta en unos papeles que no estaba leyendo, y contestó sin levantar la cabeza, con una voz que había perdido buena parte de su cordialidad de funcionario.

—Todo el mundo en Serralta conoce bien a Bernat, inspectora. Unos mejor que otros.

Inés salió del despacho y cerró la puerta tras de sí.

En el pasillo del ayuntamiento, vacío a esa hora, se detuvo un momento junto a la ventana que daba a la plaza, donde un par de vecinos cruzaban despacio camino del bar.

Sacó la libreta, buscó la página donde había anotado la frase de Tomás, y debajo escribió una línea nueva: Germán, la mano en la nuca cuando habla de su padre. Algo que no cuenta.

Cerró la libreta. Por la ventana del despacho que acababa de dejar, aunque no podía verlo, imaginó a Germán sentado frente a los mismos papeles de siempre, sin poder ya leerlos con la misma tranquilidad de una hora antes.

* * *

El teléfono sonó esa misma tarde. Era Raúl, y no empezó con un saludo.

—¿Qué le has preguntado exactamente a Castrillo?

—Buenas tardes a ti también.

—Inés.

—Le pregunté por unos permisos de tráfico pesado. Es lo que pone en mi informe.

—Ya lo he leído. Por eso te llamo. —Al otro lado del teléfono sonó el encaje seco de una puerta; el murmullo de tecleos y teléfonos de la Comandancia quedó sepultado de golpe por el eco frío de un pasillo.

— Bergua me ha llamado hace una hora. Ha visto que en tu informe de hoy hay más líneas sobre el padre de un secretario municipal muerto en el noventa y tres que sobre rutas de camiones.

—El informe recoge lo que averiguo. No puedo inventarme kilómetros de asfalto si lo que sale es otra cosa.

—Ya lo sé, y no te estoy pidiendo que mientas. Te estoy diciendo que Bergua no es tonto. Te ha registrado como apoyo técnico para una perfilación geográfica, y lo que le llega desde Serralta suena cada vez menos a mapas y cada vez más a un caso cerrado hace treinta años.

Inés se quedó callada un momento, con el bolígrafo suspendido sobre el informe a medio escribir.

—¿Qué te ha dicho?

—Que quiere que te centres. Textualmente. Y que si en el próximo informe vuelve a leer un nombre que no tenga nada que ver con Valnegro, revisará si tu colaboración sigue teniendo sentido.

—¿Puede hacer eso?

—Puede hacer lo que le dé la gana, Inés, es el que firma tu escudo de papel. Y si te lo retira, dejas de tener cobertura para estar aquí husmeando en nada que no sean tus propias vacaciones.

Inés miró el informe. Había escrito, sin darse cuenta, tres párrafos sobre Germán Castrillo y uno solo, casi de compromiso, sobre los permisos de la maderera.

—Lo reescribiré.

—No te pido que lo reescribas. Te pido que tengas cuidado con lo que escribes de ahora en adelante.

Una cosa es lo que averigües y otra lo que dejes por escrito con el sello de la Comandancia encima.

Si vas a seguir tirando de Castrillo, hazlo, pero que no quede constancia de más de lo necesario.

Bergua no va a mirar hacia otro lado indefinidamente solo porque yo se lo pida.

—¿Y si se entera de todos modos?

Raúl tardó en contestar.

—Entonces los dos tenemos un problema. Tú por salirte del mandato, y yo por haberte metido en él sabiendo que ibas a hacer justo esto.

Inés se apoyó contra el respaldo de la silla. Fuera, la luz empezaba a irse detrás de la montaña, y la cabaña se llenaba de esa penumbra azulada que precedía a la noche en el valle.

—Gracias por avisarme, Raúl.

—No me las des todavía. En el próximo informe habla de camiones, de rutas, de aquello que se supone que haces.

Colgó. Ella se quedó mirando la pantalla en negro un momento, y luego tachó los tres párrafos sobre Germán. Los reescribió más tarde, en una libreta aparte que no pensaba enseñarle a nadie con placa.