El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 20
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Inés condujo casi todo el trayecto hasta Serralta con las ventanillas bajadas.

Necesitaba el aire fresco entrando en los pulmones.

La coartada de Bautista Garcés no dejaba resquicios.

Un libro de registro, una firma, una hora de entrada y otra de salida: eso era todo lo que hacía falta para tirar a la basura semanas de trabajo.

Aparcó frente a la cabaña de Teresa sin llegar a entrar. No tenía ganas de explicar nada todavía. Bajó hacia el centro del pueblo por la calle de los tres arcos, la que unía la plaza con el camino del río. A esa hora, media tarde de un día laborable, Serralta estaba casi vacío.

Fue entonces cuando vio a Tomás, sentado en el pretil de piedra junto al río, con una caña de pescar apoyada a su lado, sin cebo.

—Inspectora —dijo, con ese tono medio irónico que usaba siempre para llamarla así.

—Tomás.

—¿Se acabó lo de Bautista? Mi madre me dijo algo de que andabas detrás de él.

—Tiene coartada. Buena. De las que no se discuten.

Tomás soltó un resoplido cansado, el de quien ya ni se sorprende de estas cosas.

—Menos mal. No es que le tenga cariño, pero mi madre sí, aunque no lo diga.

Se quedaron un rato callados. El sol empezaba a bajar detrás de la sierra.

—¿Sabes lo que nunca he entendido? —dijo él, al cabo de un rato, con la vista puesta en la caña que no se movía—.

Lo de Germán. Es una tontería, pero su padre murió el mismo año que el mío.

Un accidente en el monte, cayó cortando leña o algo así.

Y Germán, que entonces era un chaval sin oficio, de repente empezó a ir bien.

Muy bien. Moto nueva, luego el piso, luego auxiliar en el ayuntamiento, y de ahí hasta secretario.

Mi padre siempre decía una cosa, medio en broma, medio no: que a Germán le había ido demasiado bien para haber empezado tan mal.

—A lo mejor tuvo suerte.

—A lo mejor. —Tomás lanzó una piedra al agua, sin fuerza—. Aquí la suerte suele tener nombre y apellido, ¿sabes? Casi siempre es el mismo.

—¿Bernat?

—Yo no he dicho eso.

—No, no lo has dicho.

Se levantó, se sacudió el pantalón.

—Oye. Lo de Germán, no se lo cuentes a nadie que yo lo he dicho. No quiero líos con nadie del ayuntamiento.

—No he oído nada.

Inés se quedó un rato más en el pretil. Sacó la libreta, buscó la página donde había anotado el nombre de Germán semanas atrás, cuando aún era solo una nota al margen, y escribió debajo: demasiado bien para haber empezado tan mal.

El móvil vibró en el bolsillo. Raúl.

—Nada urgente —dijo él, aunque el tono no sonaba a nada urgente—.

Esa foto que te hicieron en la pista de Garcés ha llegado más lejos de lo que pensábamos.

Alguien ha consultado tu matrícula esta semana, por un canal que no debería tener acceso a nada de la Comandancia.

Sistema privado, de esos que contratan las empresas para controlar quién entra y sale de sus fincas.

Sin orden judicial no hay forma de rastrearlo.

—Puede ser cualquiera. Una maderera, una constructora.

—O puede ser que la foto haya acabado exactamente donde no queríamos que acabara. Ándate con ojo. Y esa matrícula de la furgoneta que anotaste, no la sueltes ni se la deletrees a nadie más de la Comandancia: como me temo lo peor, prefiero que quede solo entre tú y yo.

Colgó sin despedirse, algo que no era propio de él. Cuando por fin se levantó del pretil, el pueblo ya tenía las primeras luces encendidas.

Al llegar a casa de Teresa, había voces al otro lado de la puerta. La de su tía, con ese tono más alto y más cuidado que reservaba para las visitas. La otra tardó un segundo en encajarle. Germán Castrillo.

—Ah, ya está aquí —dijo Teresa al verla, con un alivio que sonaba más a excusa para cambiar de tema que a alegría real—. Siéntate, Germán ha venido por lo del padrón de San Martín.

Germán se levantó a medias, un gesto de cortesía antigua, y le tendió la mano.

—Inspectora. Qué casualidad, hablábamos de usted hace un momento.

—Nada malo, espero.

—Al contrario. Su tía dice que le está sentando bien el pueblo.

Se sentó a la mesa, entre los dos. Teresa le puso delante una taza sin preguntar, café ya frío de la tarde. Germán llevaba una carpeta con papeles del ayuntamiento, el tipo de documentación que en Serralta se resolvía en la cocina de alguien antes que en cualquier oficina.

—Menos mal que ya está esto casi arreglado —dijo Teresa, señalando los papeles con la barbilla—. Con Julián, todo esto lo llevaba él. Yo no me aclaro con las cosas del ayuntamiento.

—No se preocupe, doña Teresa, para eso estoy yo —dijo Germán, y le puso una mano encima de la suya, un segundo de más, con una familiaridad que a Inés le pareció fuera de lugar aunque no supiera decir por qué.

Teresa retiró la mano con suavidad, casi sin que se notara, para coger la taza.

—Es usted muy amable, Germán. Siempre lo ha sido.

Lo dijo con una sonrisa que a cualquiera le habría parecido genuina. Inés, que llevaba semanas aprendiendo a leer las sonrisas de Serralta, notó algo distinto. Teresa sonrió, pero algo se le endureció en la boca un instante antes, como una frase ya gastada de tanto repetirla.

—Lo que haga falta —contestó Germán, sin percibir nada, o fingiendo no percibirlo—. Julián y yo nos conocíamos de toda la vida, ya sabe. El monte era pequeño entonces.

—Sí —dijo Teresa, y bebió un sorbo de café antes de añadir—: Pequeño y con mucha gente por medio.

Germán soltó un bufido seco y reanudó la tarea de apilar folios sobre la mesa, indiferente al aviso. Inés fijó la vista en su tía. Teresa volvía a aferrar la taza fría con ambas manos, con los ojos clavados en el fondo de la loza, buscando una tregua en el poso del té.

—¿Y usted qué tal, inspectora? —preguntó Germán, cambiando de tema con la naturalidad de quien lleva años gestionando conversaciones incómodas en un pueblo pequeño—. Tengo entendido que anda con lo de Valnegro. Cosas de camiones y de gente que no es de aquí, imagino.

—Algo así.

—Bien está que alguien se ocupe. Con el turismo que traemos ahora, lo último que necesitamos es que se hable mal de Serralta por según qué cosas.

—Claro —dijo Inés, y no añadió nada más.

Germán cerró la carpeta y se puso de pie.

—Bueno, no las entretengo más. Doña Teresa, en cuanto tenga la firma del catastro se lo traigo y esto queda listo.

—Gracias, Germán. De verdad.

—No hay de qué. Ya sabe que para usted, lo que haga falta.

Se despidió con un gesto cordial y medido, y cerró la puerta sin apenas ruido.

Teresa se quedó mirando la puerta un momento después de que se cerrara. Luego se levantó y empezó a recoger las tazas, aunque la de Inés seguía casi llena.

—Buen hombre, Germán —dijo, sin que nadie se lo hubiera preguntado.

—Eso parece.

—Siempre ha estado pendiente de mí, desde que murió tu tío. Con los papeles, con lo del padrón, con cualquier cosa del ayuntamiento. —Teresa hablaba de espaldas a ella, con las manos en el fregadero—. No sé qué habría hecho yo sola con tanto trámite.

—Es una suerte tenerlo cerca.

—Sí. —Un silencio corto, y luego, sin girarse—: Aunque a veces pienso que a algunos les fue demasiado bien después de que a otros les fuera tan mal.

Lo dijo con un hilo de voz, de espaldas, dejando caer las palabras entre el vapor y el chorro del grifo para que el agua amortiguara el peso de la frase.

Inés no contestó enseguida. Dejó que el agua siguiera corriendo, que Teresa terminara de aclarar la taza, y solo entonces preguntó, con el tono más neutro que pudo encontrar:

—¿A qué te refieres, tía?

Teresa cerró el grifo. Se secó las manos en el paño que colgaba junto al fregadero, despacio, y cuando se giró tenía otra vez la cara de siempre, sin rastro de lo que acababa de decir.

—A nada, hija. Cosas de vieja. —Sonrió, y esta vez la sonrisa le salió entera—. ¿Qué, tienes ganas de cenar?

Inés la miró un momento más de lo necesario, buscando algo que ya no estaba, y luego dejó que la conversación se cerrara donde Teresa había decidido cerrarla.

—Pues la verdad es que sí —confirmó.

Se quedó sentada mientras Teresa sacaba cosas de la nevera, dándole vueltas a la frase que su tía acababa de dejar caer y a la que Tomás había dejado caer horas antes junto al río. Dos personas distintas, sin haber hablado entre ellas, señalando el mismo sitio.