El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 19 #2
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Se sentó en el coche sin arrancar. Sacó otra vez el móvil, miró las fotografías que acababa de hacer, amplió la fecha con dos dedos para comprobar por tercera vez que no se había equivocado de día. No se había equivocado.

Tenía que decírselo a Raúl. Y tenía que hacerlo antes de que la sospecha sobre Garcés, alimentada durante semanas por ella misma, por Teresa, por el propio Tomás sin querer, se convirtiera en algo más difícil de desmontar que un simple error de apreciación.

Marcó su número.

Raúl contestó a la videollamada desde lo que parecía la sala de reuniones pequeña de la Comandancia, con la persiana medio bajada y una carpeta abierta sobre la mesa que apartó al ver que era ella.

—Dime que has encontrado algo bueno.

—He encontrado algo, pero no es lo que buscaba.

Le detalló el registro de detenciones, el asiento del libro, el parte médico y las horas. Fue enumerando cada dato en el mismo orden en que los había encontrado, repasando con la yema del pulgar la pantalla del móvil, forzando un tono neutro que la obligara a aceptar la frialdad de las cifras.

Raúl escuchó sin interrumpir, con la vista fija en la pantalla, hasta que ella terminó.

—Entonces Garcés queda fuera —dijo, no como pregunta.

—Del crimen, sí. De esa noche, es imposible. Detenido, esposado, con dos guardias delante y un practicante cosiéndole los dedos a las once y media. No hay margen para que estuviera en la cabaña de Julián antes o después.

—¿Puedes verificar a los guardias que firman el atestado?

—Puedo intentarlo, pero no creo que haga falta.

El parte médico es de otro organismo, del ambulatorio, con otro sello, otra letra, otra hora.

Si fuera un montaje habría que haber comprado tres voluntades distintas hace treinta años para tapar un crimen que en ese momento nadie sabía que iba a necesitar tapar. No tiene sentido.

Raúl se recostó en la silla y se pasó una mano por la cara, un gesto que Inés le conocía de otras veces en que algo dejaba de encajar delante de sus narices.

—Yo nunca estuve tan convencido como tú con lo de Garcés —dijo—. Tenía el perfil, tenía el hocino en la pared, pero me sobraba que fuera tan evidente. La gente que hace estas cosas no suele dejar la sospecha tan a mano.

—Ya. Ahora lo dices.

—Te lo dije en su momento, con otras palabras. No quería que te frenaras, solo que no te cerraras a otras líneas.

Inés no respondió enseguida. Miró la fotografía del parte médico que tenía abierta en la otra pantalla del teléfono, la letra del practicante, el sello medio borroso.

—El problema es que llevo días construyendo un caso entero alrededor de él —dijo—. El lindero, la aventura con Remedios, el miedo de su mujer. Y todo eso sigue siendo verdad. Sigue siendo un hombre violento con motivo. Lo único que no tenía era la ocasión.

—Eso no lo saca del todo del asunto —dijo Raúl—. Puede que no matara a Julián, pero seguimos con la maderera, con los camiones, con el narcotráfico. Ahí sigue metido hasta el cuello, y de eso sí tenemos indicios recientes, no de hace treinta años.

—Lo sé. Pero como sospechoso del crimen, se acabó.

—Se acabó —confirmó Raúl—. Y eso nos deja donde no queríamos estar.

—¿Dónde?

—Otra vez sin nadie. Con un motivo, con un cuerpo, con un encubrimiento que sabemos que existió, y sin la persona que empuñó el hocino esa noche.

Inés se quedó mirando la pantalla, la cara cansada de Raúl iluminada por el flexo de la mesa.

—Hay algo que no le he contado a nadie —dijo, más despacio—. Cuando Teresa me habló de Roig la otra noche, en la fiesta, me lo dijo como quien suelta algo que lleva guardando mucho tiempo. Lo raro que le pareció siempre la rapidez con que firmó, que nunca quiso hablar de ello en treinta años.

—¿Y no se lo habías mencionado a Teresa que sospechabas de Garcés?

—Sí, y ella no lo desmintió. Al contrario, alimentó la sospecha. Pero lo de Roig lo desmarcó de todo lo demás; fue una confidencia deliberada, una verdad guardada en exclusiva para esa noche.

Raúl guardó silencio un momento.

—Puede que estuviera dejando que agotaras la vía de Garcés antes de darte la otra pista —dijo—. O puede que ni siquiera se diera cuenta de que la estaba dando.

—O puede que llevara treinta años esperando a alguien a quien contárselo.

—Eso también.

Se quedaron los dos callados un instante, con la conexión chisporroteando un poco por la mala cobertura de la sala.

—Voy a mirar los certificados de Roig de esa época —dijo Inés—. Comparar horas de firma, compararlas con otros casos suyos del mismo año, ver si esa rapidez fue algo excepcional o si es su forma habitual de trabajar.

—Ten cuidado con eso. Roig sigue colaborando con la Comandancia. Si empiezas a pedir sus expedientes antiguos y se entera, puede que no sea tan tonto como parece.

—Lo sé.

—Y una cosa más —añadió Raúl, antes de que ella colgara—. Descartar a Garcés del crimen no significa que puedas bajar la guardia con él. Sigue siendo peligroso, y ahora mismo no sabe que tú ya sabes que no lo es. Puede seguir jugando a intimidarte por los de Valnegro.

—¿Me estás diciendo que lo use como cortina?

—Si te sirve, úsalo.

Inés asintió, aunque él no podía verla bien con esa luz.

—Hablamos mañana —dijo—. Voy a quedarme un rato más aquí, con la cabeza más fría antes de conducir de vuelta.

—Vale. Descansa, si puedes.

Colgó. Se quedó un rato con el teléfono en la mano, mirando la plaza porticada de Boltaña a través del parabrisas pensando en Roig, en su pésame cálido de la noche anterior, en la mano que le había puesto en el hombro con la misma naturalidad de siempre.

Pocos minutos después, arrancó el coche y puso rumbo a Serralta.