19
Inés llevaba despierta desde las tres. No había sido una pesadilla concreta, solo esa vigilia que la dejaba con los ojos abiertos en la oscuridad de la cabaña, escuchando el reloj de Teresa en el piso de abajo.
El teléfono vibró sobre la mesilla. Un número de Barcelona, sin nombre guardado. Lo dejó sonar. Contó los tonos, cinco, seis, hasta que la pantalla volvió a quedarse negra.
Llevaba dos días evitando mirar el calendario del móvil, pero la fecha se le había colado igual, sin que hiciera falta consultarla.
No necesitaba el número guardado para saber de quién era la llamada.
Solo una persona insistía en esa fecha concreta, año tras año, y ella llevaba dos años sin encontrar el valor de contestarle ni una sola vez.
Se quedó mirando el techo. Por un segundo le pareció oír, muy lejos, una puerta que no llegaba a cerrarse del todo.
Su mente se quedó clavada en esa imagen y eso, aunque parezca mentira, la ayudó a quedarse dormida un par de horas.
Se levantó mejor de lo que la noche podía presagiar.
La estufa de la cabaña llevaba un rato apagándose sola, y Inés no se había movido a echarle otro leño.
Tenía la libreta abierta sobre las rodillas, en la página donde había ido anotando, con letra cada vez más apretada, todo lo que anotaba contra Bautista Garcés: el lindero, la agresión del verano del 93, el hocino colgado en la pared como un trofeo, el miedo de su mujer, la aventura de esta con Julián que Teresa había acabado confirmando.
Cada línea encajaba con la siguiente, y sin embargo faltaba algo, y ella lo sabía desde hacía días sin querer admitirlo del todo: no tenía nada que situara físicamente a Garcés en la cabaña aquella noche.
Solo motivo, solo carácter, solo el peso acumulado de treinta años de rumores.
Pensó que si de verdad quería cerrar esa línea, tenía que ir a la raíz, a los papeles, no a lo que el pueblo recordaba o prefería recordar.
El cuartelillo más cercano hubiera sido el de Bergua.
Hubiera sido el que habría tramitado cualquier detención o altercado de aquella época, pero llevaba años cerrado.
Necesitaba saber dónde buscar esos papeles y no podía preguntarle a nadie de Serralta sin levantar sospechas.
Cogió el móvil y llamó a Raúl. Seguro que él lo sabía.
Después de un par de tonos:
—Buenas Raúl. Tengo que preguntarte una cosa.
—¿Cómo vas Inés? Dime.
—Bien, perdona, necesito consultar las diligencias judiciales y levantamientos de cadáver de hace treinta años de la zona de Serralta. Supuse que sería en el cuartelillo de Bergua, pero cerró hace tiempo. ¿Sabes dónde podría encontrar los legajos de atestados y partes forenses de la época?
—Boltaña —respondió él sin dudarlo—. Cuando cerraron los puestos pequeños de la comarca, la documentación pasó al archivo del partido judicial.
Debería estar todo allí, si no lo han digitalizado y mandado a Huesca, que a veces pasa con lo más reciente, pero con algo de hace tres décadas lo dudo. ¿Qué buscas exactamente?
—Todavía no lo sé. Quiero mirar antiguos altercados, detenciones, ese tipo de cosas. Cruzar patrones.
—Usa lo de Valnegro para pedir el acceso, así no tienes que dar explicaciones —dijo Raúl—. Te mando ahora el contacto del archivero. Es majo, no te pondrá pegas.
Inés agradeció el dato y colgó. Se quedó con los ojos fijos en la pantalla del teléfono, memorizando el nombre y el número de Raúl.
Cerró la libreta de un golpe, aferró las llaves del coche y cruzó el umbral.
Dejó la estufa encendida a propósito, confiando en conservar el calor de la madera para su regreso.
Boltaña olía a piedra fría y a diésel de los pocos coches que cruzaban la plaza porticada.
El archivo del partido judicial ocupaba la planta baja de un edificio anexo al juzgado, una sala alargada con estanterías metálicas hasta el techo y un olor a papel viejo que se le pegó a la garganta nada más entrar.
El archivero, un hombre de unos sesenta años con gafas de pasta y camisa de cuadros bajo una rebeca gris, la recibió con la calma de quien lleva toda la vida rodeado de expedientes que a nadie más le interesan.
—Me ha llamado el compañero de Huesca, me ha dicho que viene usted por lo de Valnegro —dijo, mientras le hacía firmar un registro de entrada—.
Tenemos todo lo del antiguo puesto de Bergua desde que cerró y lo que se haya generado después.
Está por años, no por temas, así que si busca algo concreto le va a tocar mirar bastante.
—No pasa nada, tengo tiempo.
—Pues venga por aquí.
La condujo hasta una sala pequeña con una mesa metálica y una lámpara de brazo articulado, y le trajo, de uno en uno, los libros de registro de 1993.
Le dio un par de guantes de algodón, le explicó que algunas páginas estaban deterioradas por la humedad de los años en que el archivo había estado en un sótano sin climatizar, y la dejó sola.
Inés no buscaba nada en concreto. O sí lo buscaba, pero no esperaba encontrarlo tan pronto ni de una forma tan poco espectacular.
Fue pasando hojas por orden cronológico, acercándose a la semana de octubre que le interesaba, cuando el nombre le saltó a la vista sin que ella lo estuviera buscando todavía en esa página.
Garcés Ibáñez, Bautista. Detenido por alteración del orden público y agresión en establecimiento público. Bar El Nogal, Bergua.
Se quedó mirando la línea un momento, convencida de que se trataba de otro incidente, uno de los muchos que sin duda salpicaban el historial de un hombre con ese carácter.
Buscó la fecha en el margen izquierdo, donde el cabo de guardia de entonces había anotado hora de entrada y hora de salida con una letra apretada y torcida.
Entrada: 21.40 h. Salida: 09.15 h del día siguiente.
Comprobó la fecha dos veces. Después sacó de la carpeta la copia del expediente forense de Julián que llevaba siempre consigo, con la franja horaria que Beatriz había acotado a partir de la lividez cadavérica y el resto de indicadores: la muerte se había producido, con un margen razonable, entre las once de la noche y la una de la madrugada.
La misma noche. La misma franja horaria, cubierta casi por completo por las horas que marcaba el registro.
Volvió a leer el asiento completo, esta vez despacio, sin dejarse nada.
Garcés había sido detenido tras una pelea en el bar El Nogal, una discusión por una partida de cartas que había terminado con una silla rota y un hombre con la ceja abierta, trasladado al cuartelillo por dos guardias cuyos nombres constaban al pie del folio, y retenido allí hasta que se le tomó declaración a la mañana siguiente.
Había una nota adicional, escrita con otra letra, que remitía a un parte médico: se le había hecho una cura en la mano derecha, con dos puntos de sutura, por un corte producido con el filo de la silla al golpear.
Buscó ese parte médico en el mismo legajo, un poco más adelante, sujeto con un clip oxidado que se le quedó entre los dedos. Estaba firmado por el practicante de guardia de aquella noche, con sello del ambulatorio de Bergua, hora y todo.
23.20 h. Herida incisa en primer y segundo dedo de mano derecha. Sutura con dos puntos. Paciente agitado, olor etílico.
Inés se recostó en la silla. El corte, aquella noche, no se lo había hecho un hocino en una cabaña a varios kilómetros de allí, sino una silla de madera en un bar lleno de testigos, delante de dos guardias que lo habían esposado y de un practicante que le había cosido los dedos con el cuartelillo todavía oliendo a alcohol y a sudor.
No era una coartada de las que se sostienen con una palabra dada por un amigo.
Era un registro oficial, firmado por tres personas distintas que no se conocían entre sí más allá del servicio de aquella noche, corroborado por un parte médico con hora exacta, en un edificio del que era materialmente imposible salir antes de las nueve de la mañana.
Ni siquiera necesitaba llamar a nadie para confirmarlo: los guardias que lo detuvieron podían estar muertos o jubilados en cualquier rincón de España, pero el papel seguía ahí, con la tinta desvaída pero legible, y no mentía.
Mantuvo la vista clavada en las páginas abiertas, inmóvil, con las yemas de los dedos suspendidas a milímetros del papel, paralizada ante el trazo de una tinta que ya no admitía discusión.
Pensó en la pared de hocinos de Garcés, en la tensión con que la había recibido, en la mirada esquiva de su mujer, en la agresividad que Teresa y Tomás habían descrito una y otra vez.
Todo aquello seguía siendo verdad. El hombre tenía carácter, tenía historial, tenía motivo.
Lo único que no tenía era la posibilidad física de haber estado en la cabaña de Julián aquella noche, porque estaba encerrado en una celda a varios kilómetros de distancia, sangrando por dos dedos, mientras alguien mataba a su tío con un hocino.
Sacó el móvil y fotografió las dos páginas, el asiento del libro de detenciones y el parte médico, con cuidado de que se leyera bien la fecha en ambos.
Después volvió a guardar el clip oxidado en su sitio, cerró el legajo y se quedó con las manos apoyadas sobre la tapa verde del libro, notando el frío de la sala en los dedos.
No sintió alivio. Sintió el vértigo de descubrir que las últimas semanas no la habían acercado a nada.
La ironía no dejaba de darle vueltas: el mismo carácter violento que había convertido a Garcés en el sospechoso perfecto, esa noche exacta, lo único que lo situaba en otro lugar.
Si hubiera sido un hombre tranquilo, si no hubiera discutido por una partida de cartas en un bar de Bergua, no habría tenido ninguna coartada que oponerle. Su defecto lo había salvado.
Cerró el libro. Le devolvió al archivero la carpeta, le dio las gracias, firmó la salida en el registro con la misma letra contenida de siempre y salió a la plaza porticada con el frío entrándole por el cuello del abrigo.