El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 18
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Serralta amaneció con la nieve ya instalada en los tejados, y con ella ese silencio espeso que se apoderaba del pueblo cada invierno: los coches pasaban amortiguados, las voces se quedaban cortas antes de llegar de una acera a otra. Solo la panadería mantenía su ruido de siempre.

Teresa había ido temprano a buscar el pan y allí, como era habitual en un pueblo que no daba para más rutas, se cruzó con Remedios en la cola.

—Teresa.

—Remedios.

No hubo nada más durante un rato. El panadero envolvía barras, alguien hablaba del tiempo, y las dos mujeres se quedaron una detrás de otra, con los ojos fijos en las marcas de grasa y los nudos de la madera del mostrador, concentradas en ignorar la presencia de la otra.

Salieron casi a la vez, con el pan bajo el brazo, y por un tramo corto de calle empedrada les tocó caminar en la misma dirección, sin nadie más cerca a quien saludar ni con quien cruzarse para romper el silencio.

—Hace frío esta mañana —dijo Remedios, al final.

—La que toca.

Caminaron un poco más. Fue Teresa quien se detuvo primero, junto a la fuente vieja, como si hubiera decidido de golpe que no iba a seguir fingiendo que aquello era un paseo cualquiera.

—No hace falta que me evites —dijo, sin mirarla del todo—. Ya lo sé. Lo sé desde hace tiempo.

Remedios no contestó enseguida. Cuando lo hizo, su voz sonó más cansada que sorprendida.

—No te lo iba a preguntar.

—Ya. Él tampoco me lo iba a contar nunca. Así que en eso estáis empatados.

Remedios apretó la barra de pan contra el pecho, un gesto pequeño, casi infantil en una mujer de su edad.

—¿Me vas a odiar por esto el resto de tu vida, Teresa? Porque si es así, dímelo ahora, que ya me sé de memoria cómo se vive con la gente mirándome mal. Un año más o menos no se va a notar.

—No te odio. —Teresa lo dijo sin dulzura, pero también sin filo, como quien constata algo que ya ha comprobado varias veces—.

Lo he intentado, hace años, cuando lo supe.

No me salió. Supongo que es más fácil odiar a un hombre muerto que a una vecina con la que te vas a cruzar toda la vida en esta misma fuente.

—Yo tampoco lo he odiado a él. Ni un solo día.

—Ya lo sé. —Teresa se ajustó el pañuelo del cuello, un gesto que no necesitaba hacer, solo para tener las manos ocupadas—. Los dos me hicieron lo mismo, cada uno a su manera. Julián me lo ocultó por cobardía. Tú por instinto de supervivencia, que es más disculpable, aunque a mí me duela igual.

Remedios no dijo nada. Miró el agua de la fuente, quieta, sin caer, porque llevaba semanas sin llover lo suficiente para que corriera.

—Bautista nunca lo supo —dijo al fin—. Eso al menos te lo puedo jurar.

—Lo sé. Si lo hubiera sabido, no estaríamos ninguna de las dos aquí, hablando de pan y de tiempo como si tal cosa.

Fue lo más cerca que estuvieron, en todo el intercambio, de reconocer en voz alta el mismo miedo que las dos habían cargado durante años sin saber que lo compartían.

—Que vaya bien la mañana, Teresa.

—Y a ti.

Se separaron en la fuente, cada una hacia un lado de la plaza, sin prisa, sin más gesto que el habitual entre dos vecinas de un pueblo pequeño donde todo el mundo sabe demasiado de todo el mundo y nadie dice casi nada.

Teresa llegó a casa con las mejillas coloradas por el frío y encontró a Inés esperándola en el porche, sentada en el escalón con las manos metidas en las mangas del abrigo.

—Llegas justo para comer —dijo, y alzó la bolsa de papel, dejando que el aroma a corteza tostada y el vapor templado hicieran de única explicación.

Comieron en la cocina, con la ventana entornada y un rectángulo de sol que avanzaba despacio por el suelo de baldosa. Teresa preguntó con esa curiosidad suya, la que nunca pregunta las cosas de frente.

—Me he cruzado con Germán al salir del ayuntamiento. Me ha dado recuerdos para ti.

—Ay, Germán. —Teresa sonrió mientras servía el segundo plato, sin levantar apenas la vista—. Es un encanto de hombre. Siempre pendiente de todo el mundo, aunque tenga mil cosas que hacer. No sé cómo saca tiempo para acordarse de una vieja como yo.

—¿Lo conoces de toda la vida?

—Desde que era un crío. Su padre y el mío se llevaban bien. Ha salido buena persona, la verdad. De los pocos que se quedaron aquí en vez de irse a la ciudad.

Inés removió el arroz sin comer. Teresa no añadió nada más sobre Germán. Cambió de tema con la misma naturalidad con que había cambiado de plato.

—Teresa. ¿Germán y Julián se llevaban bien?

La pregunta quedó un momento suspendida sobre la mesa. Teresa se levantó a por el frutero antes de contestar.

—Todo lo bien que se puede llevar la gente en un pueblo pequeño. Se veían, se saludaban. Julián no tenía queja de él, que yo recuerde.

—¿Y ahora? ¿Seguís teniendo relación?

—Alguna vez viene a preguntar si necesito algo. Cosas del ayuntamiento, papeles, la pensión. Se porta bien.

Era la tercera vez en un minuto que Teresa usaba esa expresión: «se porta bien».

La frase caía sobre la mesa con la rigidez de un estribillo mecánico, una fórmula fija que no admitía variaciones.

Inés había oído a mucha gente hablar de Germán en las últimas semanas —Tomás, algún vecino en la tienda, ahora Teresa— y todos coincidían en el mismo patrón: amable; discreto; buena persona.

Las mismas tres palabras, en el mismo orden, en cada boca.

Nadie aportaba una sola anécdota concreta ni recordaba una conversación real con él.

Todos se parapetaban tras la misma fachada de hombre de fiar.

—Me sorprende que no tengas ninguna historia suya —dijo Inés, con más cuidado del que hubiera querido emplear—. De tantos años.

—¿Qué quieres que te cuente? Es el secretario del ayuntamiento. No es un vecino con el que tomes café todos los días.

—Ya.

—¿Por qué lo preguntas?

—Por nada en concreto. Es que todo el mundo habla de él con las mismas palabras exactas. Me resulta curioso; parece una consigna ensayada.

Teresa soltó una risa seca, de compromiso, y se levantó a poner la cafetera al fuego. El chasquido metálico de la base contra la rejilla de hierro cortó el aire, clausurando el asunto de Germán Castrillo de forma irrevocable.

* * *

La fiesta de Serralta se celebraba cada año por San Martín, con mesas alargadas en el salón social, vino caliente con canela y una charanga que llevaba tocando las mismas seis canciones desde que Inés era niña. Fue Teresa quien insistió en que la acompañara.

—No puedes pasarte el día encerrada con el expediente de tu tío —le dijo mientras se abrochaba el abrigo frente al espejo del recibidor—. La gente hablará más si no vienes que si vienes.

Inés no discutió el argumento. Sabía que era cierto, y además necesitaba ver caras, escuchar conversaciones sueltas, medir quién la miraba de más y quién la evitaba.

En Serralta nadie escribía nada que importara de verdad; lo que importaba se decía en voz baja, con un vaso de vino caliente en la mano.

Llegaron pasadas las siete, cuando ya había oscurecido del todo. Se sentaron cerca de la estufa de leña. Alguien les puso delante una jarra de vino caliente y un plato de longaniza que nadie había pedido. Así funcionaban las cosas allí.

Llevaban media hora sentadas cuando Roig apareció por la puerta, con el abrigo todavía puesto y una copa de vino en la mano. Saludaba a la gente sin prisa, como quien lleva medio siglo siendo el único médico del valle.

—Teresa. Inés. —Inclinó levemente la cabeza—. Me alegro de veros por aquí.

—Lo mismo digo, Ezequiel —contestó Teresa, sin mirarlo del todo.

Roig se dirigió entonces a Inés, y algo en su tono bajó medio grado.

—Y a ti, Inés, quería decirte que siento mucho lo de tu tío. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero hay dolores que no caducan.

—Gracias, doctor.

—Ezequiel, por favor. Nos conocemos desde que tenías la estatura de esa mesa. —Sonrió—. Me han dicho que estás trabajando en algo con la Comandancia. Espero que no sea mucho lío para tus vacaciones.

—Trabajo, siempre hay.

—Yo también colaboro de vez en cuando, ¿sabes?

Sigo pasando consulta tres días en semana en Boltaña, aunque cubro las urgencias de aquí y de Bergua, y de tanto en tanto me llaman de Huesca para algún informe.

A mi edad debería estar jubilado, pero en estos pueblos, si el médico se jubila, se jubila también la sanidad.

—Es un servicio importante —contestó Inés, sin darle a la frase más peso del que pedía la conversación.

—Bueno, no os entretengo más. Disfrutad de la noche, que fuera hace un frío que pela.

Levantó la copa hacia las dos y siguió su camino hacia otra mesa. Inés lo siguió con la mirada un momento, sin más motivo aparente que la costumbre profesional de fijarse en la gente. No encontró nada. Un hombre mayor, cordial, algo teatral en sus modos.

Se quedaron hasta bien entrada la noche. Cuando volvieron a casa, con la nieve crujiendo bajo las botas, Teresa se descalzó en el recibidor con un gesto de alivio y fue a la cocina a poner agua para una manzanilla.

—¿Quieres una? —preguntó desde allí.

—Vale.

Inés se sentó a la mesa de la cocina. Teresa colocó dos tazas, el azucarero, y se sentó frente a ella con las manos alrededor de la suya.

—Qué majo se ha puesto Ezequiel contigo —dijo, sin que viniera a cuento de nada anterior.

—Siempre lo ha sido, ¿no?

—Siempre. —Teresa removió la manzanilla aunque no llevaba azúcar—. Es curioso, porque de joven no le tenía especial cariño. Y ahora, de vieja, tampoco sabría decirte por qué no.

Inés levantó la vista.

—¿A qué te refieres?

Teresa tardó en contestar. Hizo girar la taza entre las palmas, concentrada en detener el vaivén del líquido, buscando el punto exacto donde asentar la voz antes de hablar.

—A nada en concreto. Es solo que el día que murió tu tío, me contaron que Ezequiel llegó, lo miró, y en menos de una hora ya había firmado el papel. Yo entonces no lo pensé, imagínate cómo estaba. Pero luego, con los años, se me quedó esa idea clavada. Qué rápido fue todo.

—¿Rápido comparado con qué?

—Con lo que tardó, por ejemplo, cuando murió mi suegro, el padre de Julián, que aquello sí que se alargó, con preguntas y con no sé cuántas firmas. Con Julián fue todo rápido y limpio.

Inés dejó que el silencio hiciera su trabajo. Sabía por experiencia que la gente hablaba más cuando uno no llenaba los huecos.

—Y hay otra cosa —siguió Teresa, más bajo, aunque no había nadie más en la casa—.

En treinta años, ni una sola vez me ha preguntado por él.

Ni una. La gente pregunta, aunque sea por cortesía.

«¿Cómo lo llevas?», «¿te acuerdas mucho de Julián?

». Ezequiel jamás. Ni el día del entierro, ni después, ni ahora en la fiesta, que me ha dado el pésame como quien reparte panfletos.

Un hombre que te trata en la consulta, que te ha visto crecer a los hijos, y en treinta años ni una palabra sobre el marido muerto.

A mí eso siempre me ha chocado un poco. Pero nunca se lo he dicho a nadie.

—¿Por qué no?

Teresa se encogió de hombros, un gesto pequeño, casi de disculpa.

—Porque suena a locura de vieja que necesita encontrarle un fallo a todo el mundo.

Y porque, si empiezo a desconfiar también de Ezequiel, ¿de quién me queda fiarme en este pueblo?

—Le dio un sorbo a la manzanilla, aferró la taza con ambas manos y forzó un tono práctico para sepultar el desliz—.

Anda, bébete eso antes de que se enfríe.

Inés se llevó la taza a los labios sin apartar la vista de su tía. No hizo ninguna pregunta más aquella noche.

Se despidió poco después y volvió a la cabaña con el coche, despacio por la nieve reciente.

Ya dentro, con el abrigo todavía puesto, sacó la carpeta del expediente de 1993 y la abrió sobre la mesa sin encender más que el flexo.

Buscó la hora exacta que constaba en la firma del certificado y la comparó con la de otros informes de Roig de esa misma época, que había ido reuniendo semanas atrás.

Cogió la libreta y añadió una línea, debajo de las matrículas de la mañana: Germán C., nadie tiene nada que contar de él. Raro. Roig , sin fotos, prisa por cerrar, treinta años sin nombrar a Julián.

Se durmió tarde, y no fue por el vino caliente de la fiesta.