El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 17
40%

17

Inés se levantó casi con el alba, con ganas de revisar otra vez las fotografías del expediente, cuando sonó el móvil. Su madre. ¿Qué horas eran esas de llamar?

—Dime.

—¿Cómo estás? —La voz de Asunción sonaba más tensa de lo que la pregunta pedía.

—Bien. Liada.

—Liada con qué, Inés.

Apartó una de las fotos, la del informe de Roig, boca abajo, sin motivo real, solo por costumbre.

—Con el trabajo de siempre.

—Teresa me ha dicho que sigues con lo de Julián.

—Teresa habla mucho.

—Teresa está preocupada. Y yo también.

Inés reconoció el tono. Lo llevaba oyendo toda la vida, siempre en la misma frecuencia: no el enfado, el miedo disfrazado de cansancio.

—No hay nada que remover, mamá. Solo estoy mirando unos papeles viejos.

—Los papeles viejos no te ponen esa voz.

Silencio. De fondo, la televisión de su madre, un programa que no llegó a distinguir.

—Hace treinta años que se cerró aquello —dijo Asunción, más bajo—. Y a la familia nos costó mucho volver a estar en paz. No sé qué esperas encontrar que vaya a arreglar algo.

—No busco arreglar nada. Busco saber qué pasó.

—A veces no es lo mismo saber que estar mejor.

Inés no contestó. Su madre pareció entender que no iba a sacar nada más, porque cambió el tono, aligerándolo.

—Llámame cuando puedas. Y come algo caliente, que ahí arriba hace un frío que pela.

Colgó antes de que pudiera responder a eso también. Si buscaba dejarla enfadada, lo había conseguido. ¿Y su tía preocupada? En todas las ocasiones que se habían visto, Teresa parecía más bien alentarla a seguir. Su madre no era quién para pedirle que investigara menos.

Recogió las fotografías, se tomó un café rápido y subió al coche. Tenía una vigilancia que hacer.

Llevaba cuarenta minutos aparcada en el arcén de la pista forestal, el coche apagado y los prismáticos apoyados en el volante.

Desde allí se veía la entrada de la maderera de Garcés sin que nadie pudiera verla a ella: una curva cerrada, un cortafuegos, tres pinos que hacían de pantalla natural.

Raúl se lo había marcado en un mapa dos días antes: «Buen sitio.

Nadie sube hasta ahí si no tiene motivo».

El primer camión había pasado a las siete y veinte. Un Volvo cargado de troncos, matrícula anotada sin necesidad de mirarla dos veces. Nada raro.

Estaba ajustando el enfoque para un tercer camión cuando el vehículo, en lugar de seguir de largo hacia la nacional, redujo la marcha mucho antes de lo que exigía el trazado. Se paró justo a la altura de los pinos. El chirrido de los frenos de aire le atravesó el pecho.

Bajó los prismáticos despacio, sin moverse del asiento.

Por el retrovisor vio abrirse la puerta del copiloto.

Un hombre con chaleco reflectante bajó y no miró hacia el motor ni hacia las ruedas: miró directamente hacia los pinos, hacia ella, con la cabeza ladeada de quien detecta algo que no encaja en un paisaje que se conoce de memoria.

Se agachó todo lo que pudo sin perder de vista el espejo.

La libreta con las matrículas seguía abierta sobre el asiento del copiloto, a la vista de cualquiera que se asomara.

La deslizó bajo el muslo con dos dedos mientras calculaba la distancia hasta la llave de contacto.

Si arrancaba ahora, el motor la delataría antes de que el coche se moviera un metro.

Si se quedaba quieta, tenía una oportunidad.

El hombre avanzaba entre las ramas con pasos cortos, mirando el suelo. Se detuvo un momento junto a las rodadas que ella misma había dejado al aparcar, las estudió, y siguió andando.

Sabía dónde buscar.

Golpeó el cristal con los nudillos, fuerte, dos veces.

—¡Oiga! ¿Qué hace aquí aparcada?

Inés bajó la ventanilla solo un par de dedos.

—Guardia Civil —dijo, mostrando la placa un segundo, ni uno más—. Inspección ocular del terreno para un informe de seguridad vial de la Comandancia.

El hombre miró el coche de paisano, luego a ella, luego un instante de más hacia el asiento del copiloto.

—Este camino es privado, de la maderera.

—No según el catastro de Boltaña. Y ahora mismo está interfiriendo en un servicio oficial. Si tiene alguna queja, llame al capitán Bergua en Huesca.

El nombre surtió efecto, pero no el que ella esperaba. El hombre no se ablandó: sacó el móvil del bolsillo del chaleco y, antes de que Inés pudiera reaccionar, apuntó hacia la matrícula del coche y disparó una foto.

—Para que conste —dijo, guardándose el teléfono—. Por si el informe se pierde.

Se dio la vuelta y volvió al camión sin prisa. Ella esperó a que el vehículo desapareciera tras la curva antes de soltar el aire que llevaba reteniendo. Le temblaban las manos sobre el volante. Marcó a Raúl antes incluso de recolocar la libreta.

—Casi me pillan. Uno de los conductores se ha bajado a mirar el coche. He tenido que sacar el escudo de papel, y no ha colado del todo: me ha hecho una foto de la matrícula.

—¿Una foto? —La voz de Raúl se tensó—. Eso ya no es curiosidad, Inés, es procedimiento. Alguien les ha dicho que anoten quién ronda la zona.

—Hay más. Una furgoneta blanca, sin rótulos, ha entrado por la puerta de servicio mientras él me entretenía. No buscaba una avería, buscaba tiempo.

—Vete de ahí ahora mismo. Si tienen tu matrícula, Serralta deja de ser un sitio seguro para ti.

—Tengo la matrícula de la furgoneta —insistió, arrancando el motor—. Esto ya no es solo por mi tío.

—Vete, Inés. Hablamos en un par de horas.

Colgó. En el retrovisor, el monte ya no le devolvía un paisaje tranquilo. Alguien acababa de fotografiar su matrícula desde el lado equivocado del cortafuegos, y no tenía forma de saber en cuántas manos iba a acabar esa imagen antes del anochecer.

Al llegar a la altura del cementerio redujo la velocidad y pensó que dentro de unos días tendría los movimientos de la furgoneta con nombre y apellido, y que eso sería prueba sólida contra la operación de narcotráfico.

Lo que no se preguntó, o no quiso preguntarse, fue si esa prueba la acercaba de verdad a Julián o si solo la alejaba de él.

Dejó el coche junto a la fuente y subió a pie hacia casa de Teresa, la libreta todavía en el bolsillo del anorak. Fue al cruzar la plaza del ayuntamiento cuando se topó con Germán Castrillo, que salía del edificio con una carpeta bajo el brazo y las llaves de un coche en la otra mano.

—Inés. Qué bien verte por aquí —dijo él, deteniéndose el tiempo justo de una frase—. ¿Vas a casa de Teresa?

—Sí. A comer con ella.

—Dale recuerdos de mi parte. Y si necesita algo del ayuntamiento, que no dude en llamarme. Aquí las cosas van más rápido si se conoce a quien tiene que firmarlas.

—Se lo diré.

—Me alegro de veros con más ánimo, a las dos. Este pueblo necesita gente joven que se quede.

Sonrió, miró el reloj y añadió que llegaba tarde a una reunión de la comarca. Se despidió con dos golpes de la carpeta contra la pierna, como quien cierra un trámite, y cruzó la plaza en dirección al coche.

Inés se quedó un momento mirando cómo se alejaba. No sabía decir qué la había dejado con esa sensación de intercambio calculado, salvo que Germán llevaba el cargo de secretario como quien lleva un uniforme: cada frase medida, cada gesto orientado a que nadie pudiera reprocharle nada después.