16
El icono de la videollamada parpadeó dos veces antes de conectar. Beatriz apareció con el pelo recogido y una bata blanca a medio quitar, un hombro ya libre de ella. Detrás, estanterías con carpetas y una ventana con las persianas bajadas.
—¿Se te ha hecho tarde? —preguntó Inés.
—Se me ha hecho tarde desde las tres. Dame un segundo. —Beatriz terminó de sacarse la bata y la colgó fuera de plano. Volvió a sentarse—. Bueno. He mirado lo que me mandaste. Y he vuelto a mirarlo dos veces más, porque la primera no me lo creía.
—¿Tan mal está el informe?
—El informe está perfecto. Ese es el problema. —Beatriz se acercó unos papeles, los suyos, con anotaciones en rojo—. Un informe de un accidente real nunca está tan limpio. Este parece redactado para que nadie tuviera que hacer preguntas.
Inés cogió su propio montón y buscó la página que ya conocía de memoria.
—Háblame de la herida.
—La herida es lo que más me ha parado los pies.
—Beatriz giró la pantalla un momento hacia un esquema anatómico impreso, un dibujo de tronco y hombro con una línea trazada en diagonal—.
Según el informe, Julián cae hacia delante con el hocino en la mano y se lo clava él mismo en el costado al golpear el suelo.
Eso, para que funcione, necesita que la hoja entre de abajo hacia arriba y desde fuera hacia dentro, más o menos en la trayectoria que caería su propio brazo al desplomarse.
—Y no es eso lo que hay.
—No es eso lo que hay. La herida es ascendente, sí, pero con una angulación que no corresponde a una caída sobre el propio cuerpo.
Para que un hombre se produzca esa herida cayendo, tendría que haber girado el brazo en un ángulo que ningún reflejo de caída produce.
Lo que sí produce ese ángulo es un ataque desde un punto más bajo que la víctima, con el arma empuñada por otra mano y dirigida hacia arriba.
Alguien agachado, o de rodillas, o que atacó cuando Julián ya estaba medio caído. Pero no fue él solo contra el suelo.
Inés no dijo nada. Fuera, algo crujió en el porche, una tabla que llevaba años sin pisar nadie salvo ella. No le dio importancia.
—¿Puedes ponerlo por escrito así, tal cual me lo estás diciendo?
—Puedo ponerlo por escrito de forma que cualquier forense lo entienda igual.
Lo que no puedo hacer es firmarlo como informe oficial, porque oficialmente yo no he visto este expediente.
Lo que has hecho tú, mandármelo así, extraoficial, no es que sea ilegal, pero como se entere quien no debe, te lo van a hacer pagar.
—Ya lo sé.
—Lo digo porque quiero que lo sepas tú también, no solo yo.
El tono de Beatriz no tenía reproche. Era una constatación, la misma con la que hablaba de una herida o de un ángulo de entrada. Inés apreció eso de ella: nunca adornaba las cosas, ni para mejor ni para peor.
—¿Qué pasa con el resto del cuerpo? —preguntó Inés—. En las fotos hay algo que no me cuadra, en el suelo, cerca del hombro.
Beatriz cogió una de las fotos impresas y la acercó a la cámara.
—Esta mancha. Es sangre, claro, pero fíjate en la proyección.
—Trazó con el dedo una línea sobre el papel—.
Si Julián cae y se hiere él mismo, la sangre sale hacia un lado, siguiendo la caída.
Esta proyección sube. Sube hacia el techo de la cabaña, se ve en otra foto que no está aquí pero que Roig sí tuvo delante.
Una herida arterial con esa presión, cuando el cuerpo ya está inmovilizado o casi, produce ese patrón.
No es una caída. Es alguien reteniéndolo mientras se desangra.
Inés cerró los ojos un segundo. No era la primera vez que oía la palabra retenido aplicada a su tío, pero sí la primera vez que se lo explicaba alguien con un dedo sobre una fotografía y sin ninguna intención de suavizarlo.
—¿Cómo pudo Roig certificar esto como accidente?
—Eso ya no es una pregunta de forense, Inés. Eso es una pregunta para ti.
Se quedaron un momento en silencio, cada una mirando su propia pantalla. Beatriz fue la que rompió el silencio, cambiando de carpeta.
—Hay otra cosa que quiero preguntarte, y no te va a gustar porque no tengo respuesta todavía.
—Dime.
—¿Sabes si se conserva algo de la escena?
Ropa, ropa de la víctima, restos biológicos, algo que en el 93 no analizaran porque no tenían con qué.
Si el instituto de entonces guardó algo en su día, aunque fuera por rutina, treinta años después podríamos sacarle mucho más de lo que sacaron ellos.
ADN, restos bajo las uñas si los hubo, cualquier cosa que en su momento se archivara y nadie mirara dos veces.
—No lo sé. Nadie ha hablado nunca de que se guardara nada.
—Pues es lo primero que yo miraría, si fuera tú. Porque un informe se puede maquillar. Una muestra biológica, no. Si hay algo guardado, hoy nos dice la verdad diga lo que diga el papel.
Inés subrayó la frase dos veces en su libreta. El crujido de la madera dio paso a un rumor sordo que subía por el camino de tierra. Un coche se aproximó despacio y se detuvo a pocos metros del porche, manteniendo el ralentí bajo, un temblor constante que hizo vibrar el cristal de la ventana.
—¿Qué pasa? —preguntó Beatriz al verle la cara.
—Nada. Un coche.
—¿A estas horas, ahí?
—Puede ser cualquiera. —Inés se levantó sin cortar la llamada y se acercó a la ventana.
Apartó la cortina lo justo para mirar. Fuera, la oscuridad del camino no dejaba ver más que el resplandor de unos faros encendidos, quietos, apuntando hacia la casa sin moverse.
No distinguió el coche ni la matrícula. Contó hasta diez.
Los faros se apagaron. Un segundo después oyó el motor alejarse marcha atrás, despacio.
Volvió a la mesa. Beatriz la miraba desde la pantalla con una ceja levantada.
—¿Sigues ahí?
—Sigo aquí.
—¿Va todo bien?
—Va todo bien. —Inés se sentó de nuevo, cogió el bolígrafo y lo giró entre los dedos sin escribir nada—. En este pueblo la gente conduce raro por las noches.
—Ya. —Beatriz no insistió, pero tampoco pareció convencida—. Mira, hazme un favor. Ese informe que te voy a mandar por escrito, guárdalo en algún sitio que no sea solo tu ordenador. Y si en algún momento esto se pone feo de verdad, me llamas antes de hacer ninguna tontería.
—No voy a hacer ninguna tontería.
—Las llamas así, después, cuando ya las has hecho.
Inés no pudo evitar una media sonrisa, la primera de la conversación.
—Te mando en un rato lo que encuentre sobre las muestras, si es que hay algo que encontrar —dijo—. Gracias, Beatriz.
—No me las des todavía. Dámelas cuando esto tenga un culpable con nombre y apellido.
La pantalla se quedó negra. Inés se quedó mirando el reflejo apagado del portátil, y detrás de él, la ventana con la cortina todavía un poco descorrida.
Salió otra vez a mirar. El camino estaba vacío, la tierra removida donde el coche había estado parado, dos surcos frescos que la lluvia de los últimos días no había tenido tiempo de borrar.
Volvió a entrar, cerró bien la puerta y apagó la última luz. Se quedó un rato de pie junto a la ventana, a oscuras, esperando un ruido que no llegó.