15
La cabaña olía a humo apagado y a lluvia que llevaba días amenazando y no acababa de caer.
Julián había encendido dos velas porque el generador llevaba una semana estropeado y él no tenía ninguna prisa en arreglarlo.
Le gustaba esa luz. Decía que con ella la cabaña parecía menos suya y más de cualquiera, y que eso, según el día, era un consuelo o una tristeza.
Remedios llegó pasada la medianoche, con el coche de su hermana dejado a medio kilómetro, junto al desvío de la fuente vieja, y el resto del camino a pie porque el motor se oía desde la casa de los Bernat cuando el viento soplaba de cara.
Entró sin llamar. Julián estaba sentado a la mesa limpiando el hocino con un trapo, más por costumbre que por necesidad, y no se levantó enseguida.
—Pensaba que no vendrías —dijo él, sin mirarla del todo.
—Y yo pensaba que no iba a venir. —Se quitó el pañuelo de la cabeza y lo dejó sobre el respaldo de la silla—. Bautista se ha ido a Graus con lo de la madera. Vuelve mañana.
—Entonces tenemos toda la noche.
—Tenemos lo que tenemos, Julián. No le pongas nombre.
Él sonrió a medias, dejó el hocino sobre la mesa y se limpió las manos en el pantalón.
Remedios se sentó frente a él, no a su lado, y eso Julián lo notó, aunque no dijo nada.
Llevaban así casi dos años. Al principio había sido otra cosa, un cruce en el monte, una ayuda con unas cabras sueltas, una conversación que se alargó más de lo prudente, y ahora era esto: una mesa, dos sillas, la distancia justa entre ellas para que ninguno de los dos tuviera que reconocer del todo lo que estaban haciendo.
—Tienes mala cara —dijo ella.
—Tengo la cara que tengo desde hace cuarenta y tres años.
Julián se levantó y sirvió vino en dos vasos que no hacían juego.
Le puso uno delante y se quedó de pie, apoyado en la pared, mirándola beber.
Remedios tenía las manos ásperas de trabajar la huerta y un anillo que se le había quedado ancho con los años, y que giraba entre los dedos cuando estaba nerviosa. Lo estaba girando ahora.
—¿Qué pasa?
—Que estoy cansada, Julián. Cansada de mentir con la cabeza fría. Al principio mentía con miedo, que es distinto. Ahora mentiría hasta dormida.
Él no respondió enseguida. Se sentó en el borde de la mesa, cerca de ella pero sin tocarla.
—¿Quieres dejarlo?
—No sé lo que quiero. Por eso sigo viniendo, para no tener que decidirlo.
Julián asintió con un gesto lento, encajando el golpe, y no dijo nada. Se limitó a cubrir la mano de Remedios con la suya sobre la madera, un peso calloso y templado que se quedó allí, quieto, sin presionar.
—Bautista te trata bien —dijo, y no sonó a pregunta ni del todo a afirmación.
—Bautista me trata como se trata un mueble que ya está en su sitio. No me pega, si es lo que quieres saber. No hace falta que le busques defectos para justificarte, ya me los busco yo sola cuando me conviene.
—No busco justificarme.
—Todos buscamos justificarnos, Julián. Con lo de la caza, con Bernat, con todo. Te ha dado una vida decente a cambio de que le debas algo, y a mí me lo pagas viniendo aquí cuando te apetece tener compañía.
Se hizo un silencio que no era hostil pero tampoco cómodo. Fuera, un cencerro sonó dos veces y calló.
Julián retiró la mano y volvió a la ventana. Desde allí se veía el filo negro del monte y, más lejos, alguna luz suelta del pueblo. Habló sin darse la vuelta.
—Yo cacé donde no debía y Bernat pudo denunciarme y arruinarme la vida, y no lo hizo. Me dio trabajo. Eso es verdad. Pero no le debo la lealtad que él cree que le debo. Se la pago con trabajo, no con la conciencia.
—Eso te lo dices tú. El pueblo entero sabe que eres suyo.
—El pueblo entero se equivoca en muchas cosas.
Remedios se levantó, se acercó a él y se quedó a su lado, mirando lo mismo que él miraba, que no era gran cosa: oscuridad, algún árbol, el filo del tejado del refugio recortado contra un cielo sin luna.
—A veces pienso —dijo ella, más baja— que si Bautista lo supiera me mataría a mí antes que a ti. Es de esa clase de hombre.
—Si algún día se entera —dijo Julián, tras un momento—, te vienes aquí y no sales. Ya me encargo yo de lo demás.
—Qué fácil lo pones.
—No es fácil. Pero es lo que hay.
Ella soltó una risa corta, sin alegría, y apoyó la frente en su hombro un momento. Después se apartó, se sirvió más vino y volvió a sentarse.
—Tomás me preguntó el otro día por qué vengo tanto a comprarte huevos —dijo Remedios, haciendo girar el anillo en su dedo con un movimiento brusco, empujando la frase para cortar el silencio que se les venía encima—. Le dije que porque los tuyos son mejores que los del Casals.
—Y es verdad.
—Ya lo sé que es verdad, tonto. Pero el crío te mira raro. No sé si sospecha o si simplemente es un chaval espabilado que ata cabos que no debería.
—Tomás es un buen chico. Se parece a Teresa en eso, en que ve más de lo que dice.
—¿Y Teresa? —preguntó ella, y la pregunta cayó con más peso del que aparentaba—. ¿Alguna vez piensas en ella cuando estás aquí?
Julián tardó en responder. Se sirvió vino él también, aunque no le apetecía, solo para tener algo que hacer con las manos.
—Pienso en ella todos los días de mi vida, Remedios. Eso no lo voy a negar solo porque estés tú delante. Y sé que lo que hacemos la mancha aunque ella no lo sepa. No te lo digo para quedar bien. Te lo digo porque es la verdad.
—No te he pedido que me quieras más que a ella.
—Ya lo sé. Por eso te lo digo, para que no pienses que hay más de lo que hay.
Remedios asintió despacio, sin que quedara del todo claro si aquello la aliviaba o la dejaba más sola. Bebió un trago largo y dejó el vaso con un golpe seco sobre la mesa.
—Eres un cazador furtivo reformado que sigue cazando, solo que ahora caza otra cosa —dijo, con media sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Puede que tengas razón.
—La tengo. Los hombres como tú no dejáis nunca de mirar lo que no es vuestro. Solo cambiáis de monte.
Julián no lo negó. Apagó una de las dos velas de un soplido, dejando la cabaña más oscura y a la vez, de algún modo raro, más suya.
Remedios lo observó hacerlo sin decir nada, y cuando él volvió a sentarse frente a ella, cerca esta vez, le puso una mano en la nuca y lo atrajo sin prisa, como quien hace algo que sabe que no debería y ha decidido, por esa noche, dejar de pesarlo.
—No me hables más de Teresa —dijo contra su boca—. Esta noche no.
—No te hablo más de Teresa.
Fuera empezó por fin a llover, despacio, sin fuerza, la clase de lluvia que en el valle no limpia nada, solo moja lo que ya estaba sucio. Las dos velas restantes se apagaron poco después, no por el viento sino porque nadie se ocupó de que siguieran ardiendo.
A la mañana siguiente, cuando Remedios se marchó antes de que amaneciera del todo, dejó sobre la mesa, sin decir nada, una fotografía suya vieja que llevaba tiempo prometiéndole y nunca le había dado.
Julián la guardó en la caja de latón que tenía escondida en el baúl bajo la ventana, envuelta entre las mantas viejas, junto con las cartas que ya le había escrito y que no pensaba mandar a ninguna parte, porque no había ninguna parte a la que mandarlas.
No sabía, esa mañana, que le quedaban semanas.
No sabía que aquella caja terminaría siendo lo primero que buscaría un hombre desesperado la noche en que todo se torciera, ni que la fotografía de Remedios acabaría treinta años después en las manos de una sobrina que aún no había nacido y que un día llevaría su apellido con más dolor del que él hubiera querido dejarle.
Cerró la cabaña como cada mañana, sin ceremonia, y bajó al monte a hacer lo que hacía siempre: mirar demasiado, y saber demasiado.