14
Habían pasado dos días desde que Teresa pronunciara el nombre de Remedios en la cocina, y desde entonces Inés no había vuelto a mencionarlo.
Necesitaba que el dato reposara. Pero el sábado por la mañana, mientras Raúl le confirmaba por teléfono que Bautista tenía turno de descarga en el aserradero hasta las dos, entendió que no habría mejor ocasión.
La casa de los Garcés quedaba en la parte alta del pueblo, apartada del núcleo, con un huerto delantero que alguien cuidaba con más disciplina que cariño.
Inés dejó el coche cien metros antes, junto a la fuente vieja, y subió el resto a pie.
No quería que nadie relacionase su vehículo con aquella visita, y menos Bautista si volvía antes de tiempo.
Remedios tardó en abrir. Cuando lo hizo, llevaba un delantal manchado de tierra y la cara de quien calcula, antes de abrir una puerta, quién puede estar al otro lado.
—Inspectora. —No era una pregunta. Alguien en el pueblo ya se había encargado de que todos supieran su rango, aunque ella no lo hubiera dicho en voz alta más de dos veces.
—¿Puedo pasar un momento? No la entretengo mucho.
Remedios miró de reojo hacia la carretera desierta, tensa ante la amenaza de un motor que pudiera aparecer por la curva, y luego se apartó para dejarla entrar. La cocina olía a leña y a guiso. Sobre la mesa había un cesto de mimbre con ropa a medio doblar. No la invitó a sentarse.
—Quería preguntarle por Julián Ferrer. —Inés fue directa; no tenía sentido fingir que aquello era una visita de cortesía—. Concretamente, por la relación que tuvieron.
El silencio que siguió duró lo suficiente para que ambas supieran que no hacía falta seguir explicando de qué relación hablaba. Remedios se apoyó en el borde de la mesa, cargando todo el peso sobre las palmas para disimular el temblor de las piernas.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Eso ahora no importa. Lo que me importa es que me lo confirme usted.
—Han pasado treinta años. —Remedios cogió una camisa del cesto y empezó a doblarla, más por tener las manos ocupadas que por necesidad—. ¿Qué más da ya?
—Puede que nada. Puede que mucho. Eso es lo que intento averiguar.
Remedios dejó la camisa a medio doblar sobre la mesa y se cruzó de brazos.
—Sí. Estuve con Julián. Antes de que muriera, un tiempo. No fue algo largo, ni algo que planeáramos. Simplemente pasó.
—¿Cuánto tiempo?
—Meses. Menos de un año. —Bajó la voz, aunque no había nadie más en la casa—. Nos veíamos en su cabaña, cuando yo bajaba a por leña o él subía a comprobar las trampas. Nadie lo sabía. Eso creía yo.
—¿Y Bautista?
Ante el nombre, Remedios se puso rígida de una manera que a Inés no le pasó desapercibida.
—Bautista nunca lo supo. Si lo hubiera sabido, no estaría yo aquí contándoselo. —Lo dijo sin dramatismo, como quien enuncia un hecho meteorológico—. Es un hombre que no perdona esas cosas, ni siquiera cuando son solo sospechas.
—¿Cree que llegó a sospechar algo?
—A veces preguntaba cosas raras, sin venir a cuento.
Que si había visto a Julián por el monte, que si me había cruzado con él en la carretera.
Nunca me acusó de nada directamente, pero yo notaba que buscaba algo.
—Se detuvo, corrigiéndose a sí misma—. Puede que solo fuera mi cabeza.
Cuando vives con miedo, empiezas a ver motivos donde no los hay.
—¿Y después de la muerte de Julián? ¿Cambió algo en él?
Remedios tardó en responder. Cogió otra prenda del cesto sin llegar a doblarla.
—Se puso muy raro esos días. Pero él siempre se ponía raro cuando algo del monte le afectaba al negocio, y aquel otoño hubo mucho movimiento con lo del túnel, camiones, gente nueva. No lo até a Julián. No en aquel momento.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no sé qué pensar de nada. —Por primera vez algo se quebró en su voz, aunque el rostro siguió tan quieto como antes—. He pasado treinta años diciéndome que fue un accidente, como todo el mundo.
Inés dejó pasar unos segundos antes de la siguiente pregunta.
—¿Tuvo usted algo que ver con lo que le pasó a Julián?
—No. —La respuesta llegó rápida, sin hueco para la duda—.
Yo lo quería, a mi manera. Durante un tiempo temí que alguien encontrara aquellas cartas y se las llevara a Bautista.
Cada vez que él salía de casa más serio de lo normal, yo pensaba que ya lo sabía.
Nunca pasó nada. Con los años dejé de esperar que pasara.
—¿Guardó usted algo de Julián? ¿Cartas, fotografías?
—Nada. Todo lo que hubiera podido quedar, se lo quedó él. Le pedí que no guardara nada mío, por si acaso. Fue lo único sensato que hice en todo aquello.
Inés anotó mentalmente el dato: coincidía con lo que Beatriz y ella misma habían encontrado en el refugio, aquel sobre firmado solo con una inicial. Remedios no mentía en eso, al menos.
—Una última cosa. La noche en que murió Julián, ¿recuerda dónde estaba Bautista?
Esa pregunta le cortó la respiración. Remedios desvió la mirada hacia el cristal, barriendo el patio trasero con los ojos muy abiertos antes de decidirse a responder:
—Estaba fuera. Llegó muy tarde, más de lo habitual. Quizás ya había amanecido. No lo recuerdo bien. Pero eso no significaba nada, inspectora. Aquellos meses llegaba tarde casi todas las noches, por lo del túnel, por los camiones.
—¿Recuerda algo distinto de esa noche en concreto?
Remedios se quedó callada un momento, frunciendo el ceño con la vista fija en sus propias manos.
—Llegó con la ropa manchada de barro arcilloso hasta las rodillas, de esa tierra negra que solo se pega en el monte alto, muy lejos de la grava y el polvo gris de la carretera del aserradero.
Se la lavó él mismo, cosa que no había hecho nunca ni ha vuelto a hacer después.
No le quise dar más importancia. Con los camiones atascados en el barro aquel otoño, cualquiera volvía sucio a casa.
—¿Le dijo dónde había estado?
—Dijo que arreglando un desaguisado de los camiones cerca del desvío del túnel. No le pregunté más. En esta casa, hacer demasiadas preguntas nunca ha sido buena idea.
Inés cerró la libreta. Aquel detalle, el barro hasta las rodillas, la ropa lavada por él mismo, el desvío del túnel como excusa, no encajaba con nada que estuviera buscando en ese momento, y por eso mismo decidió guardarlo con cuidado, sin subrayarlo todavía.
—Gracias por hablar conmigo. Sé que no ha sido fácil.
—No se lo cuente a nadie. —Fue lo único que Remedios pidió, ya con la mano en el pomo de la puerta—. Ni siquiera a Teresa. Bastante ha sufrido ya con lo suyo.
Inés bajó de nuevo hasta la fuente vieja pensando menos en Julián que en aquella ropa manchada de barro, en la extrañeza de un hombre que jamás lavaba nada con sus propias manos en treinta años.