13
Bajó del refugio con las cartas todavía pegadas al cuerpo, apretando el antebrazo contra el costado para aplastar el bulto del sobre bajo la lona de la chaqueta. No fue directa a casa de Teresa. Necesitaba pensar antes de decidir a quién preguntar y cómo.
Encontró a Tomás donde solía encontrarlo a esas horas, revisando la leña apilada junto al cobertizo, concentrado en mantener las manos ocupadas para blindar la cabeza.
—¿Ya has estado arriba? —le preguntó él sin levantar la vista, mientras acomodaba un tronco sobre la pila.
—Esta mañana. —Inés se apoyó en el marco del cobertizo, procurando que la pregunta pareciera menos importante de lo que era—. Encontré una caja de latón en el baúl. Papeles, sobre todo. Y una carta firmada solo con una inicial. Una «R».
Tomás no dejó el tronco a medias, pero su movimiento perdió fluidez; colocó la madera sobre la pila despacio, calibrando el encaje de la corteza milímetro a milímetro antes de soltarla
—No sé de qué me hablas.
—¿No sabes o no quieres saber?
—Inés. —Se giró por fin, y en su cara había algo que no era sorpresa, sino el esfuerzo de quien ya conoce la respuesta y está calculando cuánto de ella puede permitirse compartir—. Hay cosas de mi padre que es mejor dejar donde están.
—¿Qué cosas?
—No he dicho que hubiera cosas. —Volvió a girarse hacia la pila de leña, aunque ya no le quedaba ningún tronco por acomodar—. He dicho que si hay algo, mejor dejarlo.
—Tomás, si esa carta tiene algo que ver con la muerte de tu padre…
—No la tiene. —Lo dijo demasiado rápido, y los dos lo notaron.
El silencio se instaló entre los dos con el peso especial que tienen los silencios en los pueblos pequeños.
—Entonces no te importará decirme quién es R. —insistió ella.
Tomás se pasó la mano por la nuca, un gesto que Inés ya había visto antes, siempre que algo lo incomodaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Pregúntale a mi madre si quieres. —Se agachó a recoger un último tronco que no necesitaba recoger—. Yo no voy a ser quien le remueva eso.
—¿Removerle qué?
Pero Tomás ya había cargado la leña y se dirigía hacia la casa, dejando la pregunta de Inés colgada en el aire frío de la tarde, sin respuesta, y con la certeza de que había tocado algo que en aquella familia llevaba treinta años guardado bajo llave, igual que la caja de latón.
Anduvo un rato sin rumbo fijo, solo por dejar que las piernas se movieran mientras la cabeza le daba vueltas al asunto.
Se detuvo un momento junto al muro de piedra que separaba el camino de un prado en barbecho, y se preguntó cómo iba a plantearle aquello a Teresa.
No era lo mismo preguntar por un expediente de hacía treinta años que preguntar por una carta firmada con una sola letra, escondida en la caja de latón de un marido muerto.
Una cosa era la investigadora que reconstruía hechos, y otra muy distinta la sobrina que estaba a punto de remover algo que quizás Teresa había preferido no saber nunca del todo.
Pensó en ir con rodeos, en dejar caer la pregunta poco a poco, como había hecho con Tomás. Pero Tomás se había cerrado igual, con rodeos o sin ellos. Quizás con Teresa la única forma de conseguir algo fuera ir directa, aunque doliera. Aunque le doliera a las dos.
Le costó decidirse a caminar hacia la casa.
Cuando por fin lo hizo, fue con ese paso de quien ya ha tomado una decisión pero todavía no está segura de si es la correcta.
El sendero bajaba entre los mismos robles del refugio, ahora en sentido contrario, y el frío de la tarde parecía haberse instalado también dentro de ella, en algún lugar entre el estómago y el pecho.
Llegó a la puerta de Teresa y se quedó un momento con la mano levantada antes de llamar, calculando de nuevo cómo empezar, si con la carta directamente sobre la mesa o con alguna pregunta que fuera abriendo camino antes del golpe.
Sabía que no había una manera fácil. Golpeó dos veces con los nudillos.
—Está abierto —oyó decir desde dentro.
Empujó la puerta. Un olor a caldo y a leña recién quemada la recibió antes que la propia Teresa.
Teresa la vio entrar y le hizo un gesto con la barbilla hacia la silla de enfrente, sin dejar de pelar patatas.
Inés se sentó y durante un rato se limitó a mirarla trabajar, el cuchillo girando despacio alrededor de cada patata, la piel cayendo en una espiral que se rompía siempre en el mismo punto.
—¿Has comido? —preguntó Teresa, sin levantar la vista—. Hay caldo de ayer, si quieres.
—No tengo hambre, gracias.
Teresa asintió y siguió pelando. Inés dejó pasar un par de minutos. Solo se oía el cuchillo de Teresa girando alrededor de cada patata, la piel cayendo siempre en el mismo punto. Sabía que Teresa notaba que algo pasaba, aunque no dijeron nada durante buena parte de ese silencio.
Inés esperó, dándole tiempo, tal como habría hecho con cualquier testigo al que no quisiera empujar demasiado pronto.
—He estado arriba, en el refugio —dijo al fin—. Encontré una caja con papeles de tío Julián.
Teresa dejó las patatas a un lado y cruzó las manos sobre el delantal, apretando los dedos contra la tela hasta arrugar el tejido, rígida ante lo que sabía que iba a escuchar.
—¿Qué clase de papeles?
Inés sacó del bolsillo la carta más corta, la desdobló con cuidado y la dejó sobre la mesa, apartando antes las mondas de patata para hacerle sitio.
—Cartas. Firmadas solo con una inicial. —Deslizó el papel hacia ella, despacio—. Una «R».
Teresa miró el papel sin tocarlo, manteniendo los brazos pegados al cuerpo para resistir la tentación de estirar los dedos
—Treinta años guardando esa caja y ni una sola vez he tenido el valor de abrirla —dijo al fin—. Sabía que había algo ahí dentro que no me iba a gustar. Prefería no saberlo con certeza.
—¿Sabes quién es R.?
Teresa tardó en responder. Se levantó, fue hasta el aparador y sacó una fotografía vieja, de las que se guardaban en un cajón y no en un álbum, precisamente porque nadie quería tenerla a la vista. Se la tendió a Inés sin mirarla ella misma.
Era una celebración del pueblo, gente alrededor de unas mesas puestas al aire libre. Y allí, al fondo, casi cortada por el borde de la imagen, una mujer con el mismo vestido claro que Inés había visto en la fotografía del refugio, el mismo peinado a medias.
—Remedios —dijo Teresa, sin necesidad de que Inés preguntara—. La mujer de Bautista Garcés.
El nombre cayó sobre la mesa con un peso que Inés no esperaba, aunque llevaba media hora intuyendo hacia dónde iba aquello.
—¿Estás segura?
—La reconocería en cualquier fotografía, aunque estuviera de espaldas.
—Teresa volvió a sentarse, con las manos ahora quietas sobre el regazo—.
Durante un tiempo, hace ya muchísimos años, hubo…
comentarios. Nada que nadie dijera a la cara, solo miradas y silencios en las que un pueblo pequeño es experto.
Yo preferí no escucharlos. Julián nunca me dio motivos para hacerlo, o yo no quise vérselos.
—¿Y Garcés lo supo?
—No lo sé. —Teresa negó despacio, más para sí misma que para Inés—. Pero si algún día lo supo, ahí tienes un motivo mejor que cualquier lindero.
Inés se quedó mirando la fotografía, atando lo que ya tenía: el hocino, el historial de disputas por la tierra, y ahora esto, un motivo mucho más antiguo y mucho más íntimo que cualquier disputa de linderos.
Bautista Garcés dejaba de ser solo el vecino con la herramienta y el carácter violento.
Empezaba a ser, también, el marido traicionado.
—Teresa. —Inés dobló de nuevo la carta despacio, midiendo la presión de las yemas sobre los pliegues agrietados por el tiempo.—. Necesito hablar con Remedios.
A Teresa se le vaciaron las manos sobre el regazo. Treinta años de silencio acababan de encontrar su fecha de caducidad.