10
La disputa por el lindero llevaba años arrastrándose. Aquella tarde de finales de verano, alguien tropezó por fin con la piedra.
Julián subió al límite entre las dos fincas con la única intención de revisar una valla que el ganado de Garcés había reventado la noche anterior.
No llevaba más herramienta que un martillo y un puñado de grapas, metidos en el bolsillo del mono de trabajo.
Encontró a Bautista ya allí, con el tractor parado y las manos manchadas de grasa, observando los postes astillados con un encogimiento de hombros descarado, dispuesto a culpar al temporal de un destrozo que las pezuñas de sus propias vacas habían dejado grabado en el barro.
—Ya me dirás cómo quieres que tenga esto en pie si sueltas el ganado sin control —dijo Julián, sin preámbulos, dejando el martillo apoyado contra un poste.
—Y yo qué culpa tengo de que tu valla esté podrida —respondió Garcés, sin darse la vuelta del todo.
—La valla estaba bien hasta que tus vacas la reventaron por el lado de siempre. El mismo lado que tú sabes que es mío desde el deslinde.
Garcés se giró entonces, y algo en su cara ya no era el fastidio de una tarde de trabajo interrumpida, sino algo más viejo, algo que llevaba alimentando con paciencia desde hacía años.
—El deslinde lo hicieron cuatro señoritos de Huesca que nunca habían pisado un monte en su vida. Esos dos metros son míos desde que mi padre araba esta tierra, y lo sabes de sobra.
—Lo que sé es lo que dicen los papeles, Bautista. Y los papeles dicen que es mío.
—Los papeles dicen muchas cosas que no son verdad.
Se acortó la distancia entre los dos, empujados por la fuerza de un rencor que ya no cabía en el espacio que los separaba.
Julián dio un paso adelante con el mentón alto; Garcés le sostuvo la mirada, plantando las botas en la tierra húmeda.
En mitad de aquel prado, con la valla caída y las vacas pastando indiferentes unos metros más allá, la discusión escaló a gritos hasta que las manos buscaron el choque.
Garcés empujó primero. Un golpe seco con las dos manos abiertas contra el pecho de Julián, que lo hizo tropezar hacia atrás sin llegar a caer.
Julián respondió agarrándolo del mono de trabajo, y por un instante los dos forcejearon con la torpeza de dos hombres acostumbrados a la azada, no a los puños, hasta que un tercero, un pastor que bajaba con el rebaño por el camino de arriba, gritó algo desde lejos y los dos se soltaron, jadeando, sin mirarse.
—Como vuelva a pasar algo así con tu ganado, lo denuncio, Bautista. Te lo juro por lo más sagrado.
—Denuncia lo que quieras. Aquí el único que va a acabar mal parado eres tú.
Julián recogió el martillo del suelo, donde había caído durante el forcejeo, y se marchó monte abajo sin volver la vista atrás.
Garcés se quedó un rato más junto a la valla caída, respirando fuerte, con los puños todavía cerrados y la mirada fija en la espalda de Julián hasta que desapareció entre los árboles.
No volvieron a dirigirse la palabra en meses. El lindero, como tantas otras cosas en Serralta, quedó donde estaba: sin resolver, esperando su turno.