9
Encontró a Tomás donde Teresa le había dicho que estaría casi siempre a esas horas: en la finca que había heredado de Julián, un terreno de pasto y bosque bajo que subía en pendiente suave hacia el límite con el monte comunal.
Lo vio desde lejos, inclinado sobre un tractor viejo con el capó abierto, las manos negras de grasa hasta las muñecas.
Un perro pastor, flaco y de mirada alerta, se levantó al oír el coche y empezó a ladrar sin mucha convicción, más por costumbre que por desconfianza real.
—Cállate, Rufo —dijo Tomás sin levantar la vista, y el perro obedeció al instante, tumbándose de nuevo junto a la rueda del tractor.
—Siento venir sin avisar —dijo Inés, acercándose.
Tomás se incorporó, limpiándose las manos en un trapo que ya no limpiaba nada.
Tenía los rasgos de Julián, o al menos los que Inés recordaba de las fotografías de la casa de Teresa: la mandíbula ancha, los ojos algo hundidos, aunque en él todo parecía más cansado.
Llevaba los hombros caídos bajo el peso invisible de un apellido que Serralta se negaba a dejar descansar.
—Tú dirás, prima. —Había en su forma de decirlo un cariño genuino, mezclado con una cautela que Inés ya había aprendido a reconocer en toda la gente que la rodeaba desde que había llegado a Serralta.
—Quería preguntarte por mi tío. Por cómo era. Aquí, en el pueblo, con la gente.
Tomás apoyó la cadera contra el tractor y se cruzó de brazos, mirando hacia la línea de árboles al fondo de la finca.
—Era buena gente, aunque no perdonaba nada. Si veía algo mal hecho, lo decía, aunque fuera del más pintado del pueblo. Mi madre siempre dice que esa fue su virtud y también lo que le costó más de un disgusto.
—¿Con quién, por ejemplo?
Tomás interrumpió su tarea y se quedó con la mano suspendida sobre el motor abierto. Sopesó el coste de desenterrar algo que el pueblo llevaba treinta años prefiriendo no mirar.
—Con Garcés, sobre todo. Tuvieron sus más y sus menos por el lindero de ahí arriba —señaló con la barbilla hacia una zona de la ladera donde el bosque se espesaba—.
Garcés siempre decía que mi padre le había robado un par de metros de monte cuando se hizo el deslinde, hace ya…
no sé, cuarenta años, puede que más. Mi padre nunca cedió un palmo.
Decía que lo suyo era suyo y que Garcés lo sabía de sobra, que solo quería más leña gratis.
—¿Y llegaron a las manos alguna vez?
—Y no solo por el lindero, la verdad —añadió Tomás, casi sin darle importancia—.
Los últimos meses antes de morir, mi padre hablaba raro del monte.
Que si había gente subiendo de noche que no tenía por qué estar allí, que si esto no le olía bien.
Yo entonces era un crío y no le hice mucho caso.
Ahora ya ni sé qué parte era verdad y qué parte se me ha ido inflando con los años.
Recuerdo también una vez, de crío, los vi discutir junto a la carretera.
Garcés empujó a mi padre contra el capó del coche.
No pasó a mayores, alguien los separó. Pero recuerdo la cara que traía mi padre esa noche en casa.
Rabia, no miedo. —Tomás se frotó la nuca con el trapo sucio—.
La verdad, prima, no sé por qué te cuento esto ahora. Hace mucho que pasó.
—Me ayuda a hacerme una idea de cómo era todo entonces —dijo Inés, con el tono más neutro que pudo encontrar, aunque por dentro ya estaba anotando cada palabra en el mismo archivo mental donde guardaba la pared de hocinos de la maderera y la mujer del jersey grande.
Tomás la miró un momento, y su mandíbula se tensó. Dio un paso atrás, interponiendo el capó abierto del tractor entre los dos al medir el alcance real de aquella curiosidad.
—No estarás pensando que Garcés tuvo algo que ver con lo de mi padre.
Inés no respondió enseguida. Eligió las palabras con el mismo cuidado con el que Tomás parecía estar sopesando cuánto contarle.
—No estoy pensando nada todavía. Solo intento entender el terreno que piso, en todos los sentidos.
Tomás soltó un resoplido que no llegó a ser risa.
—Pues como terreno, este pueblo es de los que se traga a la gente, prima. Aquí todo el mundo tiene una bronca vieja con todo el mundo. Como te pongas a tirar de esa manta, vas a encontrar disgustos con la mitad de Serralta.
—¿Y con la otra mitad?
—Con la otra mitad, favores. Que puede que sea peor. —Lo dijo casi en un murmullo, mirando hacia la casa, y por un instante Inés tuvo la sensación de que Tomás había dicho más de lo que había querido, o de lo que Teresa le habría permitido decir si hubiera estado delante.
—¿A qué te refieres?
Él negó con la cabeza, ya recomponiendo el gesto cordial de antes, como quien cierra una puerta que se le ha abierto sin querer.
—A nada. Cosas de pueblo. —Se giró de nuevo hacia el motor abierto del tractor, dando la conversación por terminada —. ¿Necesitas algo más, o ya puedo seguir con esto antes de que se me haga de noche?
Inés no insistió. Tomás ya había vuelto al motor del tractor, y ese gesto decía más que cualquier respuesta que le fuera a dar. Se marchó con la sensación de que Tomás sabía más de lo que estaba dispuesto a decir.
Llegó a casa de Teresa cuando ya oscurecía.
No hizo falta excusa ninguna: después de estos días, aparecer sin avisar a la hora de cenar podría convertirse en una costumbre entre las dos.
Teresa la recibió con el delantal puesto y el olor a guiso de patatas flotando desde la cocina, un olor que le devolvió de golpe un recuerdo de infancia que creía perdido.
—Has llegado justo a tiempo. Siéntate, que ya casi está.
Cenaron en la mesa de la cocina, más pequeña y menos solemne que la del comedor de las fotografías, con un mantel de cuadros desgastado por los lavados y una radio baja de fondo que Teresa nunca apagaba del todo.
Hablaron de cosas sin peso: del tiempo, que amenazaba nieve para el fin de semana; de una prima lejana que se había casado por segunda vez; de si el guiso necesitaba más sal, que según Teresa nunca la necesitaba y según Inés siempre un poco.
Fue, durante un rato, casi lo que había ido buscando a Serralta al principio: una noche tranquila, sin muertos ni mentiras de por medio.
—¿Has estado hoy con Tomás? —preguntó Teresa, sirviendo el segundo plato sin que se lo pidiera.
—Sí. Me ha enseñado la finca.
—Buen chico, aunque cargue con más peso del que le corresponde. —Teresa se sentó por fin, con su propio plato, y exhaló un suspiro largo que le hundió los hombros de golpe—. Se parece a su padre en lo terco. Y en lo callado, cuando le conviene.
Inés sonrió, sin dar más importancia de la que parecía tener el comentario.
—Me ha contado que tuvo algún roce con Garcés. Por un lindero.
—Ay, ese lindero. —Teresa hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca—.
Julián y Bautista llevaban peleándose por esos dos metros de monte desde antes de que yo llegara al pueblo.
Cosas de hombres con orgullo y poca tierra.
No sé por qué te sorprende, aquí todo el mundo tiene un pleito viejo con el vecino de al lado.
—¿Y llegó a más, alguna vez?
—Un empujón, un grito, lo normal entre vecinos tercos.
—Teresa partió un trozo de pan con las manos, sin mirarla del todo—.
Lo que pasa con Bautista es que siempre ha sido de los que gritan mucho y hacen poco.
Todo apariencia, ese hombre. Fanfarronea con la fuerza que tiene, pero en el fondo le tiene más miedo al que grita más fuerte que él.
Como su mujer, la pobre. Se quedó con el trozo de pan a medio camino de la boca.
Lo dejó despacio sobre el hule, apretando los labios, y añadió quitándole peso: —En fin, cosas de pueblo.
No le des más vueltas de las que merece.
Inés no insistió. Guardó el comentario sobre la mujer de Garcés en el mismo cajón mental donde ya tenía la mirada asustada del jersey grande, sin saber todavía qué forma tomaría cuando encajara con el resto.
Se quedó un rato más, ayudando a recoger la mesa, escuchando a Teresa hablar de Julián con esa mezcla de ternura y cansancio que ya empezaba a resultarle familiar. Cuando se despidió, en la puerta, con el frío de la noche entrando de golpe, Teresa la sujetó un momento del brazo.
—Me alegra que estés aquí, Inés. Aunque sea por lo que sea. Esta casa llevaba mucho tiempo demasiado callada.
—Y a mí me alegra estar —respondió, y por una vez no fue del todo mentira.
Caminó de vuelta a la cabaña bajo un cielo cargado de nubes bajas que presagiaban la nieve de la que Teresa había hablado durante la cena, con la sensación reconfortante de haber pasado una noche normal, casi de familia, y con la incomodidad, más pequeña pero igual de persistente, de saber que hasta las noches normales, en Serralta, dejaban caer alguna cosa que después habría que recoger.