El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 8
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La carretera hacia la maderera de Garcés bajaba por el lado sombrío del valle, donde el sol de la mañana tardaba más en llegar.

Inés conducía despacio, con las ventanillas cerradas y la calefacción al mínimo, dejando que el paisaje hiciera el trabajo de organizarle la cabeza antes de llegar.

A un lado, el río Valnegro corría estrecho y oscuro entre piedras cubiertas de musgo; al otro, la ladera subía en una sucesión de pinos tan apretados que apenas dejaban pasar la luz.

Había llamado esa misma mañana a Raúl para pedirle algo concreto: un pretexto sólido, documentado, que le permitiera entrar en la maderera sin que pareciera una visita de cortesía.

Raúl se lo había dado en menos de una hora.

La Operación Valnegro necesitaba, oficialmente, un mapa de los puntos de carga y descarga de material forestal en la comarca —rutas, horarios, volumen de camiones— y quién mejor que la única maderera con licencia industrial de la zona para empezar esa perfilación.

Nadie en el pueblo tendría motivos para sospechar de una inspectora preguntando por camiones y rutas.

Nadie, salvo quizás el propio Garcés, si tenía algo que temer.

La nave apareció al final de una explanada de tierra compactada, un edificio bajo de chapa gris con un cartel desvaído que decía MADERAS GARCÉS E HIJOS, aunque no constaba que hubiera hijos trabajando allí.

Alrededor, troncos apilados en hileras perfectas, del grosor de un cuerpo humano, esperaban su turno bajo una lona verde que el viento levantaba a ráfagas.

El olor a resina y a serrín mojado llegaba antes que cualquier otra cosa, espeso, casi dulce.

Inés aparcó junto a un camión vacío. Al bajar del coche, el estruendo de la sierra de cinta la golpeó con una fuerza física que vibraba en el suelo de gravilla.

Era un aullido metálico, constante, que devoraba cualquier otro sonido del valle.

Dos hombres cargaban tablones en una carretilla elevadora.

Ninguno de los dos era Garcés. Lo reconoció por descripción: la corpulencia, la forma de moverse sin prisa.

Estaba de espaldas, manejando una desbrozadora industrial sobre un tronco enorme.

El aire estaba saturado de polvo de madera en suspensión que obligaba a entrecerrar los ojos.

Se acercó sin anunciarse, pero el ruido era tan ensordecedor que tuvo que esperar a que Garcés detuviera la máquina.

Él no lo hizo al verla llegar. Siguió serrando un par de segundos más, dejando que el disco metálico gritara entre ambos como una advertencia, antes de soltar el gatillo.

El silencio que siguió le zumbaba todavía en los oídos..

—¿Bautista Garcés? —preguntó Inés, alzando la voz todavía por encima del eco del motor y mostrando la placa.

El hombre se giró. Tenía el rostro curtido y las manos anchas, con los nudillos deformados. Le faltaba parte de un dedo en la mano izquierda. La miró de arriba abajo con una calma que a Inés le pareció deliberadamente lenta.

—El mismo. ¿En qué puedo ayudarla, inspectora? Si viene por lo del seguro, ya le dije al perito que el camión no se arregla solo.

—Guardia Civil, UOPJ. Estamos haciendo un trabajo de campo en la zona, relacionado con el transporte de material. Necesitamos actualizar los datos de las rutas de carga.

Garcés se limpió las manos en el mono de trabajo manchado de grasa y resina fresca.

—Curioso. Hace veinte años que nadie de la Guardia Civil se molesta en venir hasta aquí a preguntar por camiones. —Hizo una pausa, sin dejar de mirarla—. ¿Es por lo del túnel?

—Nada de eso. Es rutina de la Comandancia de Huesca.

—Rutina —repitió él, con un tono que dejaba claro que no se lo creía.

Dio un paso hacia ella, invadiendo el espacio personal de Inés con la naturalidad del que manda en su terreno.

Olía a sudor y a pino recién cortado. —Pase a la oficina si tanto interés tiene en mis albaranes.

Aquí fuera hay demasiado ruido para que nos entendamos.

Dentro, el ruido era distinto: el zumbido sordo de la nave a través de los cristales sucios.

Garcés la condujo hacia un rincón acristalado.

Antes de entrar, Inés reparó en una pared lateral donde colgaban las herramientas de trabajo: sierras, hachas de doble filo, y al final de la hilera, tres o cuatro hocinos de desbrozar.

Uno de ellos, el más cercano a la puerta, tenía la hoja tan afilada que el fluorescente se le quedaba pegado al filo.

Se detuvo un instante mirando esa pared.

—¿Algún problema? —preguntó Garcés, mientras se sentaba con un golpe seco en una silla que crujió bajo su peso.

—Ninguno. Es una herramienta que no se ve mucho en la ciudad.

—Aquí es la que más trabaja. Sin un buen hocino no se limpia un monte como Dios manda. —Se apoyó contra el respaldo, cruzando los brazos—. Aunque supongo que ya sabe usted eso mejor que nadie, siendo de por aquí.

Inés levantó la vista.

—¿Cómo sabe que soy de por aquí?

—Serralta es pequeño, inspectora. Y usted tiene los ojos de los Ferrer. Se nota a la legua.

El nombre quedó suspendido entre los dos. El pulso se le aceleró un grado. Se obligó a mantener el gesto neutro. Garcés cogió un pequeño trozo de madera de la mesa y empezó a pelarlo con una navaja, un gesto ocioso, la navaja mordiendo la madera despacio, sin prisa.

—Sí —dijo Inés, al fin—. Julián Ferrer era mi tío.

—Lo sé. Buen hombre, Julián. Lo que le pasó fue una desgracia para todo el pueblo. —La voz de Garcés bajó un tono—. Aunque supongo que usted no ha venido hasta aquí para hablar de eso.

—No —mintió Inés, con la misma naturalidad—. He venido por los camiones.

—Claro. Pues mire lo que quiera. Pero en esta maderera lo que sobra es trabajo y lo que falta es tiempo. —Garcés clavó la punta de la navaja en la mesa de madera con un golpe seco que hizo saltar a Inés. —Pregunte lo que necesite.

Sacó la libreta y empezó a preguntar por horarios de carga y rutas.

Garcés respondía con fluidez, pero cada vez que Inés mencionaba el antiguo trazado del túnel, él volvía a juguetear con la navaja, girándola sobre el tablero.

Solo en dos ocasiones, cuando Inés mencionó la fecha de sus contratos más antiguos, algo se tensó en su mandíbula.

Cuando terminó de anotar, cerró la libreta.

—Gracias por su tiempo, señor Garcés.

Él se levantó y le tendió la mano. Tenía una fuerza medida, un apretón que buscaba dejar marca.

—Cuando quiera, inspectora. Y dele recuerdos a Teresa de mi parte. Buena mujer. Ha aguantado más de lo que nadie debería tener que aguantar. Dígale que a veces el monte devuelve lo que se lleva, aunque sea tarde.

Inés salió de la nave con el frío golpeándole la cara y con la sensación de haber perdido cada asalto de aquella visita sin que Garcés levantara la voz una sola vez.

Se quedó un momento junto al coche, mirando hacia el interior de la nave, donde Garcés volvía a encender la sierra industrial.

El rugido volvió a llenar el valle, cortando cualquier posibilidad de paz.

Antes de subir al coche, Inés rodeó la nave por el lateral. Una mujer tendía sábanas junto a la puerta trasera. Levantó la vista, ypor un instante algo le cruzó la cara, y bajó la vista antes de que Inés pudiera nombrarlo.

—Buenos días —dijo Inés.

La mujer bajó la mirada enseguida y siguió sacudiendo las sábanas húmedas con un restallido violento que cortó el aire entre las dos. Redobló el trabajo con una fijeza ciega, la vista clavada en el barreño de zinc.

Condujo de vuelta hacia Serralta pensando en Garcés, en la navaja clavada en la mesa y en la sierra que no dejaba de gritar. No tenía pruebas, pero acababa de entender que Bautista Garcés no era un hombre que se compraba con silencios; era un hombre que los imponía a base de ruido.

Se detuvo en un mirador junto a la carretera, un punto con una vista completa del Túnel de Valnegro asomando entre dos laderas, y marcó el número de Raúl. Necesitaba sacar de su cabeza el zumbido de la maderera.

—Interesante la visita —dijo Inés en cuanto él descolgó—. Garcés tiene una pared entera de hocinos colgados en fila, con las hojas limpias y ordenadas por tamaños.

—Joder, qué sutil —respondió Raúl.

—Sabe quién soy, Raúl. Me ha hablado de mi tío y de Teresa adueñándose de su dolor, con una familiaridad que me ha puesto en guardia. Pero hay algo más: una mujer en la casa de al lado. Me ha clavado una mirada tensa, inmóvil, delatando que guarda una respuesta que teme soltar.

Al otro lado de la línea, Raúl guardó silencio un instante.

—Ve despacio, Inés. Cada hilo que tires de más puede ser el que te delate. Si Garcés sospecha que buscas otra cosa, se acabó el escudo de papel de Valnegro y Bergua te querrá de vuelta en Huesca en una hora.

—Lo sé. Pero todos aquí actúan un papel ensayado, Raúl. Y Garcés es el que mejor se sabe el suyo.

Colgó y se quedó unos segundos más frente al mirador, mirando la boca oscura del túnel.