7
Llamó a la puerta con los nudillos, no con el timbre. Le temblaban tanto las manos que no confiaba en acertar el botón a la primera, y menos con la sangre que se le había secado entre los dedos formando una costra oscura que ya no reconocía como suya.
Tardaron en abrir. Cuando la puerta cedió, la luz del recibidor le cayó encima como un foco, y por un instante deseó que no lo hubiera hecho, que la oscuridad de fuera lo hubiera tragado antes de tener que enseñar la cara que traía.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —La voz que le habló no sonaba alarmada. Sonaba, sobre todo, molesta por la interrupción.
No pudo contestar enseguida. Las palabras se le atascaban en algún punto entre la garganta y la lengua, y lo único que consiguió fue levantar las manos. Ese gesto podría bastar para explicarlo todo.
El hombre de la puerta bajó la vista hacia esas manos. No dijo nada al principio. Se quedó mirando la sangre seca con la misma atención con la que otro habría mirado una cifra en un balance, calculando qué columna sumaba y cuál restaba.
—Entra —dijo al fin, apartándose de la puerta—. Y no hables hasta que yo te lo diga.
Lo condujo a través de un pasillo en penumbra hasta un despacho pequeño, con estanterías repletas de carpetas y un escritorio de madera oscura donde una lámpara encendida era la única luz de la casa.
Cerró la puerta detrás de los dos con un cuidado casi excesivo, girando el pestillo despacio para que no chasqueara.
—Siéntate.
Obedeció, aunque notó las piernas ajenas, como si no fueran suyas. El hombre del despacho se quedó de pie, los brazos cruzados, observándolo con una calma que no encajaba con la escena: un hombre temblando, con sangre ajena todavía pegada a la piel, sentado en su despacho a las tantas de la noche.
—Cuéntamelo. Todo. Y despacio.
Habló entrecortado, saltándose el orden de las cosas, volviendo atrás para corregirse, deteniéndose cada pocas frases para forzar el aire en los pulmones. El otro escuchó sin interrumpir hasta que el relato terminó y el silencio volvió a adueñarse del despacho.
—¿Alguien más lo sabe?
—No. Nadie. He venido directo.
—¿Alguien te ha visto llegar?
—No lo sé. No… no me he fijado. Solo pensaba en…
—Pues empieza a fijarte, porque a partir de ahora es lo único que te va a mantener con vida fuera de una celda.
El hombre sentado se llevó las manos a la cara, pero al notar de nuevo la costra de la sangre seca contra la piel, retiró los dedos de un latigazo.
—No quería que pasara esto. Se lo juro. Yo solo…
—Ya sé que no querías. —La voz del otro no se ablandó, pero tampoco subió de tono.
Hablaba como quien ya ha decidido algo y solo está esperando a que el resto del mundo se ponga a su altura—.
Eso ahora da igual. Lo que querías o no querías ya no existe.
Solo existe lo que pasó, y lo que pasa a partir de ahora.
Se acercó al escritorio y se sirvió un vaso de whisky de una botella que llevaba allí más tiempo del que aparentaba, sin ofrecerle nada a su invitado.
Bebió un trago, dejó el vaso, y se quedó mirando por la ventana hacia la oscuridad del valle, donde ni siquiera se distinguían ya las luces del pueblo.
—Vete a tu casa. Quema esa ropa esta misma noche, en la cocina de leña, no en la caldera.
Lávate a conciencia, las uñas también. Y mañana te levantas y haces exactamente lo que haces cualquier otro día.
Nada de coger la baja, nada de faltar al trabajo, nada de caras raras si alguien te pregunta qué tal estás.
—¿Y lo demás?
—Lo demás lo resuelvo yo.
El hombre sentado alzó la vista, algo parecido al alivio asomándole a la cara por primera vez desde que había llamado a la puerta.
El otro no le devolvió la mirada. Seguía con los ojos puestos en la ventana, en la negrura del valle, calculando ya cuántas piezas tendría que mover y a quién, mientras algo parecido a una idea, una idea que llevaba tiempo esperando una ocasión así sin saberlo, empezaba a tomar forma detrás de esos ojos tranquilos.
—Y una cosa más —añadió, sin volverse—. Esto que acabas de traerme a mi casa no se olvida. No hace falta que lo hablemos otra vez. Tú ya sabes lo que significa. El hombre sentado no respondió. Solo asintió, con la cabeza baja, sin fuerzas ya para preguntar qué precio tendría aquello.