El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 6
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El viento del Pirineo silbaba entre los abetos. Dentro de la cabaña, el único alivio era el crepitar rítmico de la chimenea. Inés se levantó para añadir un tronco de encina al fuego y observó las chispas un instante antes de que la corriente se las llevara.

Inés se obligó a adoptar su mentalidad de inspectora de homicidios, esa armadura profesional que la protegía en Huesca.

Empezó por las fotografías del levantamiento del cadáver.

Eran escaneos de copias en papel, granuladas y en blanco y negro, pero la brutalidad no necesitaba alta definición para ser elocuente.

Julián aparecía caído hacia delante, en un rincón del refugio.

Lo que le llamó la atención de inmediato fue una mancha oscura, casi negra en el escaneo, que salpicaba las vigas del techo.

—Proyección arterial —susurró, pensando que un impacto de esa violencia solo podía venir de una hemorragia masiva. Cerró los ojos un segundo, imaginando la escena. El asesino no había dado un golpe al azar. Había cortado algo vital, y sabía exactamente dónde hacerlo.

Pasó las páginas hasta el informe de la autopsia.

El lenguaje era seco, clínico, sin humanidad, pero para Inés era un mapa del tesoro.

Leyó la descripción de la herida principal: «Incisión profunda en el flanco izquierdo, con seccionamiento de vasos ilíacos y evisceración parcial. Trayectoria: ascendente y oblicua».

Se detuvo en esa palabra: ascendente.

Se recostó en el sofá. Una caída fortuita sobre una herramienta, como decía la versión oficial, habría dejado una herida descendente o transversal. Un golpe de abajo hacia arriba exigía una intención deliberada y una mecánica de ataque muy concreta.

«No te caíste sobre el filo, tío. Alguien te lo clavó con fuerza y te abrió en canal», pensó.

Se levantó a por más vino, necesitando el calor del alcohol frente a la frialdad de los datos.

Se quedó mirando el fuego, dejando que su formación en perfilación criminal deductiva terminara de encajar las piezas.

Según la clasificación de escenas de Douglas y Hazelwood, aquello era, sin ninguna duda, una escena organizada.

El informe mencionaba que, pese a la cantidad de sangre, no se habían encontrado huellas ni pisadas claras.

El asesino había limpiado sus rastros con un cuidado inusual para un entorno rural de los años noventa.

Nada de arma abandonada, nada de huida en pánico.

Y el arma en sí era el gran agujero negro del expediente: encontró una nota breve sobre una batida somera alrededor del refugio y el pantano cercano —un par de agentes dedicando una tarde a mirar entre la maleza y la orilla—.

No apareció nada. El informe concluía, sin darle más vueltas, que el arma debía de haberse perdido en el monte.

Inés buscó en vano una lista de sospechosos.

No la había. El expediente ni siquiera se planteaba esa pregunta, porque nunca se consideró que hubiera nada que investigar.

Lo único que encontró, casi de pasada, fue una nota rutinaria: esa noche, el monitor de los voluntarios forestales, Germán Castrillo, hacía guardia con su grupo en una zona cercana.

Un dato sin importancia para quien redactó el informe, porque nadie buscaba un asesino.

Inés sí lo hizo. Un crimen tan limpio, tan calculado, con una ocultación de arma tan efectiva, apuntaba a alguien con raíces profundas en el valle, alguien que no levantaría sospechas caminando por la montaña con un hocino al hombro.

Alguien como un cazador. O alguien que conociera a uno lo bastante bien como para pensar igual que él.

Había también, casi perdida entre los folios administrativos, una anotación manuscrita con una letra distinta a la del resto del expediente: una queja informal que Julián había presentado semanas antes, sobre movimiento de camiones fuera de horario en la pista alta.

No se le dio curso. Alguien, con letra distinta a la del resto del expediente, había escrito al margen: «sin relevancia para el caso». Inés releyó esa frase dos veces.

La lectura avanzaba y la indignación de Inés crecía.

El caso nunca llegó a abrirse como investigación criminal: se cerró como accidente antes de que nadie tuviera ocasión de plantear otra hipótesis.

Serralta había preferido proteger su futuro turístico antes que buscar la verdad de un hombre asesinado.

Cerró el informe forense y abrió el anexo de la policía científica.

No había rastro de ADN, una tecnología que en 1993 apenas empezaba a usarse en España.

Pero Inés sabía que el principio de transferencia de Locard era implacable: nadie comete un crimen de esa intensidad sin dejar algo de sí ni llevarse algo de la víctima.

Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y escuchó el viento golpear los cristales. La cabaña, que al llegar le había parecido un refugio, ahora se sentía como un puesto de vigilancia. Julián Ferrer no había muerto por azar. Había muerto de pie, defendiendo algo que alguien no quería que viera.

Se lo imaginó solo, de espaldas, confiando en el silencio de su montaña hasta que el acero curvo le arrebató el aliento.

—Te metiste donde no te llamaban, tío —susurró a la oscuridad del salón—. Viste algo que valía más que tu vida.

Cerró el portátil de golpe. Ya no había dudas. El asesino seguía en el pueblo, y probablemente ella ya le había estrechado la mano.

Se puso en pie y caminó hacia la ventana.

Reflejada en el cristal, vio a la inspectora tenaz de Huesca, la mujer que no sabía rendirse.

Se cruzó de brazos y apoyó la frente un instante contra el cristal helado.

A partir de mañana, el pueblo dejaría de verla como una sobrina de vacaciones.

Empezaría a verla como lo que realmente era: una amenaza para su paz.

Apagó el flexo y se quedó un momento a oscuras, escuchando la leña consumirse. Julián había mirado donde no debía. Ella estaba a punto de hacer lo mismo.