El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 5
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Inés se despidió de su tía y caminó de regreso a la cabaña a paso ligero, casi corriendo. Una vez allí, cerró la puerta y conectó el portátil para una videollamada cifrada. La cara de Raúl apareció en pantalla, iluminada por los fluorescentes de la Comandancia de Huesca.

Inés se tensó frente a la pantalla.

—¿Activa? ¿Ahora?

—Y con más recorrido del que parece a primera vista —explicó Raúl—.

La red no es nueva. Lleva creciendo en silencio mucho tiempo, camuflada dentro de negocios legales de la zona.

Y aquí es donde entra tu salvoconducto. He tenido que sudar tinta para convencer al capitán Bergua.

Ya sabes cómo las gasta con el protocolo, y no le hacía ninguna gracia que una inspectora de vacaciones anduviera cerca de una zona caliente de la UOPJ.

—¿Y qué le has dicho?

—Que nadie conoce los caminos, los senderos de montaña y las posibles rutas de fuga de Serralta mejor que tú. Que hace falta una perfilación geográfica del entorno que no se puede hacer desde un despacho en Huesca. Al final ha tragado. Te he registrado oficialmente como apoyo técnico no oficial.

—¿Y la letra pequeña? —preguntó Inés—. Contigo nunca hay favores gratis.

—Bergua quiere control. Para que tu estancia sea reglamentaria, te exige un informe diario de situación.

Un par de párrafos sobre el terreno, nada que te robe mucho tiempo, pero suficiente para que sienta que manda y que tu presencia está justificada por la operación.

Es tu escudo de papel, Vega. Úsalo bien.

—Gracias, Raúl.

—Probablemente estarías suspendida y vendiendo seguros, jefa. Ahora descansa. Mañana tendrás que leer ese expediente y empezar a trazar el mapa.

Inés cerró el portátil. El resplandor de la pantalla tardó unos segundos en apagarse en sus retinas.

El silencio del Pirineo volvió a envolverla, pero ya no se sentía como una intrusa en sus propias vacaciones.

Tenía una misión y un escudo de papel. La Operación Valnegro era la llave que le permitiría diseccionar Serralta sin que Bergua pudiera acusarla de prevaricación.

Se levantó y caminó hacia el ventanal. Al otro lado del cristal, la montaña era una masa negra e impenetrable.

—Nada se mueve sin que ellos lo decidan —susurró, recordando las palabras de Teresa.

Cogió una libreta y empezó a trazar un mapa.

En el centro, Andrés Bernat: carismático, benefactor, con una empatía que sabía usar como quien afila una herramienta.

A su lado, Germán Castrillo, el eslabón débil.

Nervioso, servil. Su tía había dejado caer algo sobre él sin querer decirlo del todo.

Faltaba saber qué pagaba Germán con esa docilidad, y a quién.

Luego estaban los otros nombres, cada uno con su función: Vicente Luján, que había firmado que los sobrecostes del túnel eran cosa normal.

Santiago Olmedo, que en su día se encargó de que la muerte de Julián se disolviera en una postal turística, y que ahora ejercía su poder lejos de Serralta.

Bautista Garcés, cuya maderera ofrecía tapadera perfecta para mover algo más que troncos.

Inés se cruzó de brazos. Cerró la libreta un momento y escuchó el viento contra los troncos, la estufa ya casi apagada del todo. En Serralta, hasta el silencio parecía tener ensayo.

Se sirvió el resto del vino y miró el correo de Raúl sin abrirlo todavía. Mañana empezaría a leer el expediente. Mañana leería el expediente. Y empezaría a tirar de un hilo que en Serralta llevaba treinta años bien atado.