El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 4
11%

4

Inés Vega se sentó en el porche de la cabaña.

Las sombras de los abetos se estiraban ya sobre el valle, trayendo una humedad que obligaba a apretar los dientes.

Necesitaba ese rigor para recuperar la precisión de la inspectora y aparcar el dolor de la sobrina.

Sacó el teléfono. Raúl Morán era el único capaz de rastrear lo que el sistema prefería mantener oculto sin levantar sospechas en la Comandancia.

—Vega —la voz de Raúl llegó con su habitual tono socarrón—, ¿ya te has cansado de mirar pinos, o es que te has dado cuenta de que me echas de menos?

—Raúl, necesito que te pongas serio —cortó Inés, sin espacio para bromas—. Mi tía me ha confesado que Julián, su marido, no murió en un accidente como siempre me habían contado. Lo asesinaron hace treinta años.

—Buf, Inés, lo siento. Y ya veo por dónde vas. Recuerda que te has pedido unas vacaciones.

—Lo sé, pero no puedo cerrar los ojos. ¿Lo entiendes, verdad?

Se produjo un silencio al otro lado de la línea.

—Lo entiendo, Inés —dijo finalmente Raúl, sabiendo que se estaban embarcando en algo más—.

¿Estás segura de que quieres remover esto?

Aunque intentemos ligar la muerte de tu tío a la organización actual por conexidad delictiva, han pasado treinta años.

Sin un solo documento que demuestre que Bernat ya operaba como una banda organizada en el 93, el juez va a declarar el homicidio prescrito de inmediato.

Nos van a tumbar el caso por falta de base jurídica, Inés.

Y ya conoces al capitán Bergua: es un sabueso del protocolo.

Como se entere de que estás usando recursos del cuerpo para un caso personal y prescrito, te cuelga de un pino antes de que puedas decir «habeas corpus».

—Es mi familia, Raúl. Tengo la obligación moral de saber qué pasó.

Teresa ha vivido treinta años en una mentira para que el pueblo no perdiera sus inversiones —respondió Inés con una dureza que no admitía réplica—.

No va a haber sumario que pedir, porque nunca se abrió causa por nada.

Pero tiene que existir un atestado, un expediente de la época, aunque solo sea el que certificó la muerte como accidental.

Quiero verlo antes de dar el siguiente paso. ¿Estás conmigo? ¿Me ayudarás?

—De acuerdo, jefa. Tú mandas —suspiró Raúl—.

Dame unas horas. Tengo que tirar de un par de hilos en el puesto de la zona para que me pasen lo que quede archivado de aquello, sin que parezca una consulta oficial.

Pero ten cuidado, Inés. Los pueblos pequeños tienen memorias muy largas y pieles muy finas.

—Gracias, Raúl. Te debo una.

—La pongo en la lista de todas las que me debes. En unas horas te llamo con lo que tenga.

—De acuerdo.

Inés colgó. Salió a caminar antes de que el encierro de la cabaña le entorpeciera las ideas.

Al llegar a la plaza, la reforma pagada por el empresario se imponía con la frialdad de un decorado: un mobiliario urbano de catálogo que desentonaba contra la piedra oscura y el empedrado viejo del Pirineo.

Se dirigió al Centro Cívico Polivalente, un edificio de piedra sólida por fuera pero que, al cruzar el umbral, revelaba una modernidad clínica.

El interior estaba dividido en amplias estancias: una biblioteca con ordenadores de última generación, una sala de juegos donde unos jubilados jugaban al dominó y una zona de talleres con grandes ventanales.

El aire olía a cera de suelo y a café recién hecho.

Inés se acomodó en un butacón de cuero en un rincón discreto y pidió una infusión de jengibre.

Sacó el móvil y empezó a rastrear información sobre Serralta en redes sociales y archivos de prensa regional.

Como era de esperar, las noticias sobre el «accidente» de Julián eran escasas y quedaban enterradas bajo titulares de éxito turístico.

Sin embargo, un detalle le llamó la atención: en las mismas fechas del crimen, un par de artículos breves mencionaban retrasos y sobrecostes en las obras del Túnel de Valnegro, sin mayor explicación, «cuestiones técnicas», decía uno; «ajustes en el proyecto», el otro.

No parecía nada, el tipo de noticia menor que cualquier obra pública arrastra en algún momento.

Pero Inés llevaba suficientes años leyendo expedientes como para desconfiar de las explicaciones demasiado vagas.

Se acordó, de pasada, de algo que Teresa había dejado caer sin darle importancia: que las últimas semanas, Julián subía al monte más callado de lo normal, y que una vez, sin venir a cuento, le preguntó si sabía cuántos camiones entraban al día por la pista del túnel.

Ella no le dio más vueltas entonces. Tampoco se lo había contado a nadie hasta ahora.

De repente, una risa estridente rompió la calma del centro.

Al alzar la vista de la pantalla, Inés localizó al grupo en la mesa central de la cafetería: hombres de unos sesenta años que charlaban con la familiaridad de los dueños de casa.

Andrés Bernat ocupaba el centro; su sola presencia alteraba la gravedad de la mesa, que se inclinaba hacia él antes de que terminara de hablar.

Bernat reía con los demás, pero sus ojos se mantenían fijos en los interlocutores, fríos y alertas bajo las cejas canas.

A su lado, reconoció a un hombre de rostro afilado y gesto servil, asintiendo a cada palabra un segundo antes de que Bernat terminara de decirla.

—Ese es el grupo de los que mandan aquí —una voz suave la sacó de sus pensamientos.

Era Teresa. Acababa de llegar para su taller de ganchillo. Se sentó junto a Inés, observando la mesa de Bernat con una mezcla de desprecio y cautela.

—Fíjate bien en ellos —susurró, bajando la voz mientras sacaba un ovillo de lana gris—. Serralta les pertenece. Andrés Bernat no solo puso el dinero para este centro; puso el silencio que lo sostiene. Dice que es un regalo al pueblo, pero en realidad es un peaje.

Bernat se percató de su presencia. Él no desvió la mirada; al contrario, le dedicó un leve saludo con la cabeza, ese encanto superficial que usaba para mimetizarse en la comunidad.

—El que está a su derecha, el que parece que se va a romper si deja de asentir, es Germán Castrillo, el secretario del ayuntamiento —continuó Teresa—.

Hace treinta años era monitor de los voluntarios forestales que vigilaban el monte en la época de más riesgo de incendios, y ya entonces bebía más de la cuenta.

Tras la muerte de Julián, Bernat lo sacó del fango y le consiguió el puesto en el ayuntamiento.

Desde entonces, Germán le firma las actas y las licencias sin mirar.

Le debe la camisa que lleva puesta y el despacho entero.

Inés enfocó ahora al hombre del bigote recortado que gesticulaba con arrogancia.

—Aquel más grueso, el que bebe el café en silencio, es Vicente Luján —siguió Teresa—.

Como arquitecto de las obras del túnel, fue quien firmó que aquellos retrasos y sobrecostes de los que hablaban los periódicos eran cosa normal de cualquier obra grande.

Y el último, el que fuma junto a la puerta desafiando la prohibición, es Bautista Garcés, el de la maderera.

Él pone los camiones y el músculo industrial que el valle necesita para no morir de hambre.

—¿Y el concejal? —preguntó Inés, recordando el nombre que había visto alguna vez en la prensa local—. Santiago Olmedo.

—Ese ya casi no se deja ver por aquí —dijo Teresa, con un deje seco—. Hizo carrera en Zaragoza, en las Cortes. Pero fue clave en su momento, no creas que se libra por estar lejos ahora.

Teresa se inclinó hacia su sobrina, y a Inés no se le escapó el brillo de una lágrima contenida en sus ojos verdes.

—Ellos mandan aquí, Inés. Levantaron la Serralta moderna tapando la sangre con cemento y olvido. Prefirieron el dinero y la tranquilidad antes que hacerle justicia a Julián. Para esa gente, la vida de mi marido solo fue el coste de la carretera.

A Inés se le quitaron las ganas de terminarse la infusión. Aquellos hombres se reían a media voz, con las tazas de café enfriándose delante.

En ese momento, el móvil vibró con una insistencia violenta. Era Raúl. Le hizo una señal a su tía y salió al vestíbulo, buscando el aire gélido que entraba por la puerta principal.

—Raúl, estoy en el Centro Cívico, no puedo hablar ahora —dijo en voz baja.

—Vuelve a la cabaña ahora mismo, Vega —la voz de Raúl sonaba inusualmente tensa, despojada de su habitual ironía—.

He conseguido acceso al expediente digitalizado de 1993, y lo que me han pasado es más gordo de lo que pensábamos.

Hay «banderas rojas» en el informe forense que nadie en el pueblo llegó a leer con atención.

Inés cerró los ojos un segundo. Dejó el bolígrafo sobre la mesa sin darse cuenta de que lo había estado apretando; el ruido de fondo de las tazas y las risas de la cafetería se desvanecieron de golpe.

—¿A qué te refieres?

—Vuelve a la cabaña. No es seguro hablar aquí —sentenció Raúl, antes de colgar.