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Inés se despertó antes de que el primer rayo de sol lograra filtrarse por las lamas de madera de la cabaña.
Por un instante, sus músculos buscaron el hábito de las zapatillas y la carrera por los senderos que se perdían entre los abetos, pero hoy el peso de las palabras de Teresa le frenaba el impulso.
La disciplina de la inspectora no le servía de nada esa mañana.
A su tío no lo había matado una caída. Alguien le había puesto las manos encima con toda la intención.
El desayuno fue un trámite lento. El vapor del café se le pegaba a la cara mientras la neblina del valle se deshacía contra las cumbres, revelando la piedra desnuda.
Aquella quietud era una trampa. Su cabeza, entrenada para detectar inconsistencias, no dejaba de dar vueltas a las mentiras que habían sepultado la verdad durante tres décadas.
Antes de las diez, Inés cogió el teléfono.
Tenía una conversación pendiente que no podía postergar más.
—¿Inés? —La voz de su madre, Asunción, llegó con un temblor que delataba que sabía perfectamente para qué servía aquella llamada.
—He hablado con la tía Teresa, mamá —soltó Inés, cerrando la mano alrededor de la taza—. ¿Por qué me mentiste durante treinta años? ¿Cómo pudiste decirme que lo de Julián fue un accidente si lo mataron?
El silencio al otro lado de la línea se hizo pesado. Inés oyó la exhalación fatigada de su madre antes de que las palabras salieran, lentas y medidas.
—Fue por indicación de tu tía, Inés. Me pidió que te protegiera.
Ella no quería que una niña creciera con la carga de saber que alguien de su propia sangre había sido asesinado de esa manera tan atroz.
Teresa pensó que el silencio era una forma de amor, una manera de evitar que el miedo se instalara en tu habitación.
Lo siento mucho, hija. Las mentiras se hicieron demasiado grandes para manejarlas.
—El silencio no protege, mamá. Solo pudre la memoria —respondió Inés.
—Hija, te entiendo. Perdona.
Inés dejó que el silencio se alargara. Estaba midiendo la distancia que la separaba de su madre en ese momento.
—Necesito tiempo para asimilarlo todo. Supongo que luego os podré perdonar a las dos.
—Tómate el que necesites. Cuando acabes tu visita a Serralta, si quieres, pásate por casa y hablamos con más calma.
—Quizás sí. Lo pensaré. Estoy muy descolocada con todo. La sorpresa ha sido muy grande y me acaba de romper todos los planes que me había hecho con esta escapada.
—Me sabe mal.
—Vale, no hace falta que te disculpes más. Ya hablamos.
Inés cortó la comunicación. La llamada le había quitado algo de presión del pecho, pero el bloque de cemento seguía ahí. A las diez la esperaba su tía. Miró el reloj: tenía el tiempo justo para llegar a la puerta del cementerio a la hora convenida.
—No hace falta que corras —le dijo Teresa al verla a lo lejos.
Inés llegó jadeando y dijo:
—No me gusta llegar tarde a los sitios.
—Tranquila, que de aquí no se moverá ni molestará nadie. —Las dos rieron y se adentraron en el campo santo.
Teresa caminaba con la espalda recta, portando un gran ramo de flores frescas: crisantemos blancos y dalias de un rojo intenso que contrastaban con el gris de las losetas del suelo.
El cementerio de Serralta era un lugar de contrastes.
Al ser un pueblo pequeño, convivían las tumbas de estilo americano, placas de mármol a ras de suelo que dejaban dominar el verde de la hierba, con las tradicionales estanterías de obra donde los féretros se apilaban en nichos hacia el cielo.
La tumba de Julián estaba en el centro del recinto, una losa de piedra gris sobre la tierra, rodeada por un pequeño seto cuidado con mimo.
Al acercarse, una figura masculina recortó de espaldas la tumba de Julián. El hombre permanecía inmóvil, con la cabeza baja. Al oír las pisadas de las dos mujeres sobre la grava, se desplazó con paso firme hacia una sepultura cercana, desviando la mirada.
Teresa no hizo ningún comentario. Al llegar a la tumba de su marido, se arrodilló sin prisa.
Frotó la losa con un trapo húmedo, cambió el agua de los floreros y acomodó las dalias.
Mientras lo hacía, empezó a hablarle a la piedra en un susurro constante, en una rutina que parecía ignorar los treinta años transcurridos.
Inés no se movió hasta que Teresa se incorporó. Entonces se acercó a la tumba y tocó el mármol gris con las yemas de los dedos. Estaba helado, más de lo que esperaba.
—Lo encontraré, tío. Te lo prometo —dijo a media voz. Algo se le cerró en la garganta, la misma opresión que la había perseguido por las calles de Barcelona.
Al darse la vuelta, Teresa señaló al hombre que seguía parado a unos metros, frente a otra tumba.
—Es Andrés Bernat —dijo en voz baja.
Inés registró de inmediato el porte del poder en el valle: el abrigo de paño oscuro impecable y el calzado limpio, ajeno al barro del camino.
El hombre permanecía junto a la sepultura de su esposa.
Al verlas, se descubrió la cabeza con una calma pausada, ofreciendo una sonrisa templada, de una cordialidad tan ensayada que resultaba casi natural.
—Teresa… un año más —dijo con voz grave y cálida—. Julián era un buen hombre. Lo que pasó fue una tragedia que marcó a este valle para siempre. Nunca lo hemos olvidado.
—Gracias, Andrés —respondió ella, cumplidora.
Bernat se puso de nuevo la gorra y se fue, con un gesto de asentimiento.
En cuanto estuvo lo bastante lejos para no oírlas, Teresa le dijo a Inés:
—Ya lo has oído. Un accidente. Fue uno de los que más empujó para que esa fuera la idea general en el pueblo. Discutí con él por eso, más de una vez, pero siempre me decía lo mismo: que remover algo que nadie podía demostrar solo traería más dolor, que el pueblo tenía que mirar hacia adelante.
—La gente se traga cualquier mentira si le garantiza un poco de tranquilidad —apuntó Inés, con un rictus frío de sospecha—. Y él lo sabe de sobra.
—Ya sabes que entonces la información se controlaba de otra manera. No era como ahora, que todo se acaba sabiendo.
—Sí, lo sé. —Inés se quedó pensativa un momento—. ¿Nunca hubo sospechosos, aunque fuera de boca de la gente?
—Nunca hubo una investigación de verdad, Inés.
Para eso hacía falta que alguien admitiera primero que había algo que investigar, y aquí nadie lo admitió nunca.
Lo único que hubo fue lo que se decía por el pueblo.
Algunos siempre señalaron a Bautista Garcés, el maderero, por las broncas que había tenido con tu tío por un lindero.
Pero eran solo habladurías. Nadie hizo nada con ellas, porque nadie quería hacer nada con ellas.
—¿Y no te dieron ganas de marcharte del pueblo?
—Claro que me dieron ganas. Pero si me iba, la memoria de tu tío se perdía con el tiempo.
Tengo una cosa clara: mientras yo esté aquí, todos recordarán a Julián, le pese a quien le pese.
Pero no te preocupes, Inés. Han pasado tantos años que ya perdí la esperanza de que se haga justicia.
Lo que sí tengo claro es que aquello no fue ningún accidente, por mucho que quieran hacerme creer que tu tío era descuidado con las herramientas y que un fallo lo tiene cualquiera.
—Te creo, tía —la apoyó Inés, y siguió—: Aunque se encontrara al culpable, ya no podría cumplir ninguna pena. El delito ha prescrito.
—Lo sé. Pero yo descansaría. Y él se vería señalado.
No se dijeron nada más. Al llegar a la puerta del cementerio se abrazaron, e Inés volvió a su cabaña.
Al llegar a la cabaña, todavía tenía la respiración corta.
La sobrina cansada que buscaba descanso se había quedado en el cementerio; ahora dominaba la inspectora, concentrada en las costuras de un caso que nunca debió archivarse.
Se sentó en el porche de madera y buscó el número de Raúl Morán, urgida de una voz que la devolviera a la realidad y a la rutina de la Comandancia.