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La helada de la noche todavía aguantaba en las zonas de sombra del sendero.
Inés corría cuesta arriba; el vaho se le pegaba a las pestañas y el aire, ralo por la altitud, la obligaba a mantener una respiración profunda y rítmica.
Eso había venido a buscar a Serralta: que el esfuerzo físico silenciara, por fin, el ruido de Barcelona.
Aseada y desayunada, decidió que era el momento de ir a ver a Teresa.
Caminó por las calles empedradas, esquivando los hilos de agua del deshielo que caían de los aleros.
El humo de las chimeneas bajaba pesado hasta el suelo, señal de que el aire estaba estancado en el valle.
En los balcones, algunas macetas de geranios conservaban flores de un rojo encendido que destacaban contra el gris de la piedra, aguantando el rigor del invierno a fuerza de costumbre.
No tardó en encontrarla.
Llamó al timbre. Tras unos segundos, la pesada puerta de roble se abrió con un roce seco sobre el umbral de piedra.
Teresa se quedó quieta, con la mano todavía apoyada en el marco de madera.
Entornó los ojos, reconociendo en las facciones de su sobrina el eco de la hermana a la que llevaba décadas sin ver.
No hubo exclamaciones; solo un silencio largo mientras sostenían la mirada frente al umbral.
—¿Inés? —La voz de Teresa sonó suave, con una vibración que delataba la sorpresa.
—Hola, Teresa. Siento venir así, sin avisar demasiado.
Teresa se adelantó y la envolvió en un abrazo. Olía a lavanda y a hogar antiguo. Al separarse, la miró con una mezcla de asombro y melancolía.
—Estás… estás igual que tu madre a tu edad —dijo, con una media sonrisa—. Cuando erais jóvenes costaba distinguiros de lejos. Pasa, por favor, que el aire frío no tiene amigos.
La casa era un santuario de luz mortecina y muebles de madera encerada. Teresa la guió hacia el comedor, dominado por una chimenea de piedra donde un tronco de encina chisporroteaba con pereza. A Inés, sin embargo, lo que la detuvo de verdad fueron las paredes.
Había fotografías por todas partes. Julián en la montaña, Julián riendo con un grupo de amigos, Julián joven.
Su presencia llenaba cada hueco del silencio de la casa.
Teresa se movía por la estancia con una lentitud elegante, pero sus ojos se desviaban a menudo hacia la ventana, sin saber si podía ver aparecer una silueta en el camino de entrada.
Desprendía algo más hondo que la tristeza.
Se le notaba una espera ya convertida en costumbre.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó Teresa mientras ponía una tetera al fuego—. Hace casi un mes que no hablamos. Siempre dice que está muy ocupada, pero sé que en realidad le cuesta coger el teléfono.
—Sigue igual —respondió Inés, sentándose en una silla rústica—. Refugiada en sus rutinas. Ya sabes que los cambios nunca se le han dado bien.
—Lo sé. —Teresa asintió, mirando el vapor que empezaba a salir de la tetera—.
Me cuenta tus avances cada vez que hablamos.
No dejes de saber que estoy muy orgullosa de ti.
Una inspectora en la familia… quién lo hubiera dicho, con los pelos de colores y aquellas gafas de pasta que llevabas de pequeña —añadió, con un brillo de orgullo genuino.
Inés sonrió, bajando la mirada. En ese momento la vista se le fue a un cuadro que presidía el comedor: una fotografía de Julián en el monte, con ropa de faena y los prismáticos al cuello, la ladera de fondo. Lo que le heló la sangre fue el crespón negro que adornaba una esquina del marco.
Teresa, al notar el silencio de su sobrina, dejó las tazas sobre la mesa y se acercó al cuadro. Acarició el cristal con una delicadeza punzante.
—Esa foto me gusta especialmente —susurró—. Parece que lo esté viendo salir a trabajar cada día. Mañana se cumplen treinta años de su muerte. Treinta años en los que el tiempo en esta casa se detuvo una tarde de tormenta.
Algo se le cerró en la garganta de Inés. Teresa volvió a la mesa y sirvió el té.
—Inés —dijo de repente, la mirada más afilada, buscando la de su sobrina—, tengo que preguntarte algo que siempre me ha rondado la cabeza. ¿Qué te contó exactamente tu madre sobre la muerte de tu tío?
Inés tomó un sorbo de té, sintiendo el calor bajar por la garganta.
—Me dijo lo que todos sabemos, Teresa. Que fue un accidente horrible. Que Julián tropezó en la oscuridad del refugio y cayó sobre su propio hocino, y que la herida fue mortal. Siempre me dijo que murió en el acto, sin sufrir.
Teresa cerró los ojos y soltó un suspiro largo, un sonido que parecía arrastrar el cansancio de tres décadas. Cuando volvió a abrirlos, la melancolía de sus facciones se había vuelto dureza.
—Siento mucho haberte mantenido en esa mentira todos estos años, Inés.
Te pido perdón, a ti y a la memoria de tu tío —hizo una pausa, apretando la taza con fuerza—, pero la verdad es que a Julián lo asesinaron.
Lo abrieron en canal como a una pieza de caza, en aquel refugio que él mismo había levantado.
Y el cobarde que lo hizo nunca pagó por ello.
El pueblo prefirió mirar hacia otro lado, y la justicia se olvidó de nosotros.
El mundo de Inés se detuvo. El sonido del fuego, el silbido del viento, el latido de su propio corazón… todo desapareció tras las palabras de su tía. El «accidente» familiar, la tragedia que había marcado los silencios de su madre, era en realidad un crimen sangriento y sin resolver.
—¿Asesinado? —La pregunta le salió con un hilo de voz, pero su mente de investigadora, esa que había intentado adormecer en el Pirineo, se activó al instante, buscando las costuras del engaño—. ¿Cómo se puede silenciar un crimen así y hacerlo pasar por un accidente?
—Los que movían los hilos en el pueblo se encargaron de que nunca hubiera nada.
Bastó con que el médico de entonces firmara un papel.
Nadie buscó un arma porque oficialmente no había crimen, solo un desgraciado que se había caído en su refugio.
En aquellos tiempos las cosas no volaban de boca en boca como ahora, y al pueblo le importaba más el dinero del Túnel que hacer justicia.
Una patrulla de homicidios removiendo el monte lo habría parado todo.
—No puedo ni imaginarme lo que ha sido para ti y para él, treinta años así.
—Piensa que tampoco le convenía a nadie tirar de ese hilo. Ni siquiera a quien debería haberlo hecho.
—No me cabe en la cabeza que sea así.
—Lo fue. Y hace treinta años las cosas se movían de otra manera.
Se hizo un pequeño silencio. A Inés todavía le temblaba un poco la mano alrededor de la taza.
—Mañana iré al cementerio —retomó Teresa, recuperando esa serenidad forzada que tanto le dolía a Inés—. Voy cada aniversario. Me gustaría que me acompañaras.
Inés asintió, casi mecánica.
—Claro que sí. Iré contigo.
La conversación se fue apagando. Teresa volvió a refugiarse en su taza y en sus miradas hacia la ventana, mientras Inés sentía que las paredes del comedor empezaban a cerrarse sobre ella. Se quedó mirando la foto de Julián con el crespón negro un momento más de lo necesario.
Cuando por fin salió de la casa, el aire gélido de Serralta se le metió bajo el abrigo, hostil.
Caminó de vuelta a la cabaña; en el costado le pesaba la ausencia de la placa.
Se detuvo un momento a mirar las cimas nevadas que rodeaban el pueblo.
Todo aquel paraíso de postal acababa de teñirse de un gris sucio y violento.
Al entrar en el alojamiento no puso música. Se quedó de pie ante la chimenea fría y la botella de vino intacta. Se cruzó de brazos mientras un sabor agrio se le asentaba en la boca.
—Había venido a desconectar —murmuró para sí misma.
Cerró la puerta con llave. La botella de vino seguía donde la había dejado la noche anterior, sin abrir.