El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 1
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Treinta años después

El mundo terminaba donde moría el haz de los faros.

La humedad empañaba el parabrisas por fuera, formando una costra de escarcha que las escobillas apenas lograban arrastrar con un quejido metálico.

Inés Vega aferraba el volante; los tendones le tiraban de las muñecas con una tensión rígida.

No ver lo que tenía a tres metros la obligaba a una concentración absoluta; solo la línea blanca intermitente del asfalto le confirmaba que seguía en su carril.

Huía del eco de Barcelona, de un caso que le había dejado el alma en carne viva.

Meses atrás había pedido el traslado a la Comandancia de Huesca buscando algo de distancia, y allí seguía, aunque el peso de aquellos días no había terminado de soltarla.

Necesitaba unos días de permiso, lejos de todo, y el Pirineo era lo más parecido a un lugar donde nadie fuera a pedirle explicaciones.

Había elegido Serralta, un pueblo que seguía casi tan aislado como siempre pese a los años.

El Túnel de Valnegro llevaba tiempo terminado, uniendo el valle con el resto de la provincia y trayendo consigo el trabajo y el progreso que tanto habían ansiado las fuerzas vivas del pueblo.

Pero el último tramo hasta Serralta seguía siendo el mismo de siempre: un cordón de asfalto viejo que serpenteaba ladera arriba en curvas cerradas.

A Inés no le importaba. Prefería esas curvas, con tal de llegar hasta el silencio de las cimas y acallar las voces que aún le retumbaban en la cabeza.

Además, podría visitar a su tía Teresa, viuda de su tío Julián, a la que no veía desde niña.

Por un instante, la niebla se abrió y dejó ver la boca del túnel, iluminada, con un par de camiones entrando en fila. Inés pasó de largo. Un escalofrío le recorrió la espalda que nada tenía que ver con la calefacción a tope del coche.

El manos libres rompió el silencio con un pitido. En el tablero se iluminó el nombre de Raúl Morán.

—¿Aún no te has despeñado por un barranco, Vega? —La voz de su compañero llegaba cargada de esa ironía paternal que Inés, muy a su pesar, había aprendido a apreciar.

—Estoy en ello, Morán. La niebla está tan espesa que podría cortarla con un cuchillo.

—Eso es porque no has visto cómo está la oficina —bromeó Raúl—. Sin tus caras de pocos amigos, esto se ha vuelto peligrosamente aburrido. El capitán Bergua ha preguntado por ti tres veces esta mañana, aunque creo que solo quería saber si te habías llevado su grapadora.

Inés esbozó una sonrisa mínima, casi invisible en la penumbra del coche.

—Dile que está en el tercer cajón, bajo los informes de presupuesto que nunca lee. Y gracias por llamar, Raúl. Pero necesito desconectar.

—Lo sé, jefa. Solo asegúrate de que ese respiro no incluya pelearte con ningún oso. No quiero rellenar el papeleo de «inspectora devorada por fauna salvaje».

Inés iba a contestar con algo a la altura cuando el mundo le dio un aviso.

A la salida de una curva cerrada, dos puntos amarillos brillaron en medio de la niebla.

Clavó el freno con un instinto que le venía de años de patrulla.

Los neumáticos chillaron sobre el asfalto húmedo y el coche dio un latigazo hacia el arcén.

El frenazo y un grito ahogado quedaron grabados en el micrófono del manos libres.

—¡Inés! ¿Qué ha sido eso? ¡Responde! —La voz de Raúl, ya sin rastro de broma, sonaba tensa.

Inés respiró hondo, las manos todavía aferradas al volante. A menos de un metro del capó, un ciervo enorme la miraba con una calma que ella no tenía. Un segundo después, saltó hacia la espesura y desapareció.

—Un ciervo, Raúl —logró decir, soltando el aire de golpe—. Casi me lo llevo por delante.

—Joder, menudo susto. Vale, eso es una señal: la montaña te está diciendo que vayas más despacio. O que eres una urbanita que no sabe conducir en el Pirineo.

—Vete al carajo, Morán —respondió ella, aunque esta vez con la voz más suave—. Te cuelgo. Ya casi he llegado.

Retomó la marcha con las manos todavía temblorosas. Unos kilómetros después, Serralta emergió como un conjunto de puntos de luz difusos que flotaban sobre la negrura. El pueblo estaba mudo: un apelmazamiento de piedra y pizarra donde las casas parecían protegerse unas a otras del sereno.

Encontró la cabaña de madera que había alquilado por internet, a la entrada del pueblo, algo apartada del resto, rodeada de abetos que se mecían bajo el viento. Era noche cerrada cuando apagó el motor. El silencio que siguió fue absoluto, casi pesado después de horas de ruido de carretera.

Al bajar del coche, el aire le cortó la respiración de golpe. Olía a nieve, a hierro y a ese rastro amargo del humo de leña que flota en los valles cerrados. Sacó el equipaje del maletero con movimientos rápidos, huyendo de la intemperie.

Al abrir la puerta, el contraste la paró en seco. La chimenea de piedra estaba encendida, el chasquido de la madera llenando la estancia de un calor que olía a resina de pino. La propietaria, con la que solo había hablado por mensajes, había cumplido su palabra.

Inés dejó la mochila en el suelo y recorrió la cabaña con la mirada: paredes de troncos vistos, mantas de lana sobre el sofá, la luz anaranjada del fuego. Después de semanas de persecuciones, informes y salas de interrogatorio, aquello se parecía bastante a la paz.

Se quitó las botas y el abrigo. En la pequeña nevera de la cocina encontró un paquete con una brocheta de pinchito y una nota manuscrita: «Bienvenida a Serralta. Espero que esto te ayude a pasar la primera noche. Teresa».

Inés frunció el ceño. ¿Su tía era la dueña de la cabaña? No, la reserva daba otro nombre. Sería alguna costumbre del pueblo, o Serralta era más pequeño de lo que imaginaba.

Se sirvió una copa de vino tinto, un ribera espeso que brillaba con la luz del fuego. Puso música en el altavoz portátil, algo tranquilo, y dejó que la voz de Dolores O’Riordan se mezclara con el silbido del viento contra los troncos.

Se sentó en el suelo, la espalda contra el sofá, el calor del fuego entibiándole la piel y el vino aflojándole los músculos. Por primera vez en meses, podía bajar la guardia. Ni víctimas que vengar, ni nadie a quien atrapar. Solo el fuego, la música y el silencio.

Mañana iría a ver a Teresa. Mañana lidiaría con el pasado familiar.

Pero esa noche, bajo la sombra del Valnegro, Inés Vega creyó haber encontrado la paz que llevaba meses buscando.

Apagó la luz de la mesilla. Fuera, el viento seguía golpeando los abetos, y en algún punto del monte, treinta años después, la lluvia todavía no había terminado de borrar unas huellas.