El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1)
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Prólogo
El viento aullaba entre los riscos de Serralta, empujando la tormenta valle abajo. La lluvia golpeaba la cabaña con una cadencia metálica, un tableteo constante que bastaba para enmascarar unas pisadas.
Julián había subido con las botas todavía embarradas de la ronda de esa tarde, y en vez de bajar al pueblo prefirió quedarse.
Con tormenta, la cabaña le sentaba mejor que su propia casa: allí no tenía que dar explicaciones a nadie, ni fingir que todo iba bien.
Encendió la estufa, se preparó un café que no llegaría a terminar y, antes de sentarse al banco de trabajo, apartó una tabla suelta de la pared y guardó dentro un secreto, con el mismo gesto rápido y automático de quien lleva años escondiendo cosas del monte.
Volvió a encajar la tabla y se sentó de espaldas a la puerta.
El aire olía a resina fresca, a café recalentado y al cuero húmedo de sus botas.
Julián tenía manos callosas y rutinas lentas, y prefería la compañía de los árboles a la del pueblo.
Se había pasado media vida cazando furtivo por esos mismos riscos antes de que alguien le diera una oportunidad que no esperaba, y ahora conocía cada palmo del monte sin necesidad de mirar dónde pisaba.
El chirrido de las bisagras se perdió bajo un trueno que hizo vibrar los cristales. El aire frío de la noche le rozó la nuca.
—Vas a coger una pulmonía —dijo sin girarse, creyendo reconocer los pasos.
Un siseo pesado cortó el aire detrás de él.
Julián se giró a medias, el ceño fruncido. Alcanzó a ver el brillo del acero antes que la cara del hombre que lo empuñaba: un hocino de desbrozar, la herramienta que él mismo usaba para limpiar la maleza, ahora a centímetros de su cuerpo.
El golpe llegó bajo y seco, con la rabia torpe de quien no calcula lo que hace. El cuerpo se le dobló por la mitad, un calor súbito le robó el aire de los pulmones. Quiso gritar. Solo le salió un gorgoteo húmedo. La sangre caliente le empapó la camisa antes de que llegara el dolor de verdad.
Cayó hacia delante. La cara golpeó el suelo de madera, junto a sus propias herramientas. Con la conciencia ya escapándosele, el hombre rebuscaba entre las cosas de la mesa, tirando cada cosa al suelo. Julián todavía sonrió: no iba a encontrar lo que había venido a buscar.
El hombre maldijo. Le pegó una patada al cuerpo de Julián, que ya ni tuvo fuerzas para quejarse, y salió de la cabaña sin mirar atrás. Se lo había buscado él solo, pensó, apretando el paso hacia la lluvia. No debería haberse metido donde no lo llamaban.
Julián pensó en Teresa. Fue su cara lo último que vio antes de cerrar los ojos.
El hombre soltó el hocino junto al cuerpo y miró alrededor antes de salir a la tormenta.
Para cuando amaneció, la lluvia ya había borrado sus huellas del barro.