11
Llamó a Raúl desde el porche de la cabaña, envuelta en una manta que no terminaba de quitarle el frío de la noche.
La nieve que Teresa había anunciado durante la cena todavía no había llegado, pero el aire ya tenía esa quietud espesa que la precede.
No soplaba ni una ráfaga; la noche se había quedado suspendida, congelada bajo un cielo de plomo.
—Dime que tienes buenas noticias —contestó Raúl al segundo tono—, porque las mías de hoy han sido una reunión de tres horas sobre protocolos de manipulación de pruebas que me ha dejado el alma seca.
—Creo que tengo algo, Raúl. O alguien.
—Suéltalo.
Inés se recostó contra la barandilla de madera, ordenando en voz alta lo que llevaba todo el día ordenando en silencio.
—Garcés. Tiene acceso a hocinos como quien tiene acceso al pan de cada día, le he visto una pared entera colgada en su nave. Y hoy, hablando con Tomás, me ha confirmado que la cosa llegó a las manos alguna vez con mi tío, aunque fuera solo un empujón.
—Eso son motivo y medios. Te falta la oportunidad.
—Lo sé. Pero hay algo más. —Inés bajó la voz, aunque no había nadie a su alrededor que pudiera oírla—.
Su mujer. La he visto hoy, en la parte de atrás de la nave, con una mirada rígida, asustada.
Y esta noche, cenando con Teresa, me ha soltado un comentario suelto sobre ella: que le tiene miedo a Garcés.
Lo ha dicho y al instante se ha llevado los dedos a los labios, cortando la frase de golpe.
Al otro lado de la línea, Raúl se quedó callado un instante.
—Un hombre violento con su mujer no es necesariamente un asesino, Inés.
—No, pero es un hombre capaz de la violencia. Y con motivo, y con el arma a mano.
—Vale. —Raúl soltó el aire, y por el sonido, Inés supo que estaba tomando notas al otro lado, en algún cuaderno que llevaría encima aunque estuviera en su propio salón—. ¿Qué necesitas de mí?
—De momento, nada más que esto: que lo tengas anotado. Si sigo tirando del hilo y algo se mueve, quiero que alguien más lo sepa, por si las cosas se tuercen aquí.
—Ya lo sabía sin que me lo pidieras. —Hizo una pausa breve—. ¿Cómo te sientes con esto?
Inés miró hacia la oscuridad del valle, donde apenas se distinguían ya las luces de las últimas casas de Serralta.
—Siento que por fin tengo un asidero real, Raúl. El final de este laberinto está mucho más cerca de lo que esperaba.
—Eso me preocupa más que me tranquiliza, la verdad —dijo él, con ese tono a medio camino entre la broma y la advertencia que solo él sabía sostener—. Cuando algo parece cerrarse tan rápido, jefa, suele ser porque todavía no hemos mirado bien todos los rincones.
Inés no respondió enseguida. Se quedó con el teléfono pegado a la oreja, apretando la manta un poco más contra los hombros, y por primera vez desde que había llegado a Serralta, no supo si la sensación que tenía en el pecho era la de estar cerca de la verdad, o la de estar exactamente donde alguien más quería que estuviera.
—Descansa, Inés. Mañana seguimos.
Colgó, y se quedó todavía un rato más en el porche, mirando hacia la nave de Garcés que ni siquiera podía ver desde allí, pero que sentía presente, agazapada en algún punto del valle que no alcanzaba a ver.