El fallo Capítulo 29
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Capítulo 29

Epílogo: Sant Jordi

I. La última palabra

Había adelgazado. Eso fue lo primero que Ismael pensó al verlo entrar el primer día, escoltado por dos agentes: que se le había afilado la cara hasta dejarla casi hermosa, como las de ciertos santos de retablo.

Llevaba el pelo gris peinado hacia atrás, con la misma pulcritud de siempre.

Y en las manos, esposadas por delante, un bloc de espiral y un bolígrafo barato.

Ismael declaró el cuarto día. Tres horas y diez minutos.

Habló de Portbou, del andén dos, de la campana, del banco de hierro.

Habló de una voz grave y acariciadora en un teléfono viejo.

Contestó a las preguntas del fiscal con una frase por cada hecho, sin adjetivos, sin adornos, como se redacta un atestado.

Y cuando el abogado de la defensa, hacia el final de la tarde, se levantó, se alisó la toga y preguntó, con una cortesía que quería ser sutil, si el inspector Ledesma no reconocía «cierta tensión de orden personal» en su relación con el acusado y con «determinados testigos», Ismael lo miró con una calma que tardó en reconocer como suya.

—Sí —dijo—. Mi pareja, Julián, fue detenido ilegalmente por el acusado. Mi madre estuvo a punto de recibir su visita con una orden falsa. Y yo recibí un disparo en el costado. Reconozco cierta tensión.

Se oyó una risa corta en el público. La magistrada golpeó una vez la mesa con el mazo, sin enfado.

—Siguiente pregunta, letrado.

No hubo siguiente pregunta.

El veredicto se leyó el 24 de marzo, a las seis y diez de la tarde.

Culpable de asesinato con alevosía. Culpable de incendio, de detención ilegal, de coacciones, de simulación de delito, de falsedad documental.

La magistrada leyó la condena sin levantar la vista del folio: veintitrés años y seis meses de prisión, la inhabilitación absoluta y la prohibición de aproximación a los herederos de la víctima.

Después, con una ligera inclinación de cabeza, preguntó al acusado si deseaba hacer uso de su derecho a la última palabra.

Rovira se puso en pie. Con el bolígrafo todavía en la mano, abrió el bloc por una página que ya tenía escrita. Pasó los ojos por ella. La cerró.

—Quisiera decir tres cosas, señoría. Serán breves.

—Adelante.

—La primera: que pido perdón a doña Amparo Casas, hermana de la señora Elena, por el dolor que le he causado. —Hizo una pausa—. La segunda: que pido perdón al señor Julián, por haberle arrebatado una semana de su vida. Y a su pareja, el inspector Ledesma, por haberle devuelto la suya con un balazo.

Hubo un murmullo. Ismael no se movió.

—La tercera —continuó Rovira, y por primera vez su voz, la voz grave y acariciadora, tembló apenas—, es que don Gaspar Villalba tenía razón.

Silencio.

—Escribió, hace seis años, que mi novela era «prosa de atestado».

Y hace dos meses, en mi celda, con mucho tiempo y una máquina de escribir que me han concedido por razones de conducta, he releído aquel manuscrito.

Y he comprobado que no había una sola frase que respirase.

—Cerró el bloc—. Tenía razón. Eso es todo.

Se sentó.

Dos horas más tarde, en el pasillo de la Audiencia, junto a una máquina de refrescos y una ventana que daba a un patio de ladrillo, Ismael se encontró de frente con una comitiva: dos agentes de la guardia civil con el prisionero en medio, a punto de bajar por la escalera de servicio. Rovira lo vio. Se detuvo.

Los agentes dudaron. Ismael les hizo una seña con la mano, y se apartaron un paso.

—Inspector.

—Antonio.

—Primera vez que me llama por mi nombre. —Una sonrisa leve—. ¿He de entender que el trato ha cambiado?

—No.

—Entiendo. —Se quedó mirando por la ventana—. ¿Leyó mi declaración? ¿Las cuarenta páginas?

—Sí.

—Dígame. —Y su voz, por primera vez, no fue la de un comisario ni la de un asesino, sino la de un muchacho que espera una nota—. ¿Había alguna frase que respirase?

Ismael tardó en contestar. Fuera, en el patio, caía una lluvia fina sobre unos geranios.

—Una.

—¿Cuál?

—La de la barca. «No lo merece, comisario. Tiene usted talento para otra cosa.»

Rovira alzó las cejas.

—Esa no es mía.

—No —dijo Ismael—. Es de Gaspar.

Hubo un silencio. Rovira bajó los ojos. Después, muy despacio, asintió con la cabeza, y en su rostro afilado se dibujó algo que no era tristeza ni orgullo, sino la expresión de quien, después de mucho tiempo, entiende por fin una cosa sencilla.

—Esa respiraba —dijo.

Y bajó la escalera entre los dos guardias, sin esposas a la vista, con el bloc de espiral bajo el brazo.

II. Sant Jordi

El 23 de abril de 2027 cayó en viernes, y Barcelona amaneció, como cada año, con la ciudad entera convertida en una librería al aire libre.

En las Ramblas, en el paseo de Gràcia, en las plazas de los barrios, los puestos de madera con manteles de colores se habían montado antes del alba.

Los vendedores de rosas pasaban entre la gente con cubos de agua.

Los niños llevaban en la mano una espiga de trigo atada con una cinta roja y amarilla.

Las parejas se cruzaban libros envueltos en papel de regalo.

Hacía un sol suave, de primavera temprana, con una brisa que olía a azahar y a papel recién cortado.

La Biblioteca Jaume Fuster, en la plaza de Lesseps, tenía abiertas de par en par las puertas de cristal y un cartel de tela colgado en la fachada: PRESENTACIÓN DE «LOS JARDINES DE LA SAL», DE ELENA CASAS. 19:00. ENTRADA LIbrE. Eran las siete menos veinte y ya había cola en la acera.

Ismael llegó con Julián a las seis y cuarto, a pie, desde el piso de Poble Sec que desde enero compartían, con un gato de ojos de ámbar que se negaba a quedarse solo y que, esa tarde, los acompañaba dentro de una cesta, con una campanita al cuello.

Ismael llevaba un traje gris y una cicatriz bajo la camisa que ya no dolía.

Julián, un jersey verde con un agujero en el codo, y bajo el brazo, un ejemplar del libro, en tapa dura, de color crema.

—Estás nervioso —dijo Ismael.

—No.

—Mueves el pie.

—Lo muevo porque me gusta.

—Te muerdes el labio.

—Es costumbre.

—Te tiemblan las manos.

—Cállate.

—Callado.

Se sonrieron. Era una de esas sonrisas de la rutina, sin carga, que se habían ido volviendo comunes en tres meses de vida compartida, y que a Ismael todavía le sorprendían cada vez, como un animal doméstico que se ha acostumbrado a comer de su mano.

En la entrada, una chica de moño torcido y gafas grandes de pasta, con un chaleco azul y una acreditación al cuello, los esperaba con un cuaderno en la mano.

—¡Ya están aquí!

—Hola, Clàudia.

—Hola. —Se sonrojó—. Les he guardado la primera fila. Y una silla para el gato.

—¿Se puede?

—Es una biblioteca. Nadie ha dicho nunca que no.

Clàudia llevaba, desde febrero, un empleo de auxiliar en esa misma biblioteca.

Un año de trabajo comunitario, había dispuesto la jueza, tras una sentencia de seis meses de prisión suspendida «por razón de su edad, su arrepentimiento y su colaboración con la justicia».

Ella había pedido ese destino. Había dicho al tribunal que quería estar donde los libros se prestan, no donde se compran.

La sala estaba llena. Había doscientas sillas de plástico en filas de a diez, y en el fondo, de pie, otras sesenta personas apoyadas en las estanterías.

Ismael reconoció caras: en la tercera fila, con rulos bajo un pañuelo, la Pilar y la Conchi, que agitaban un abanico de papel; a su lado, con abrigo de paño y bolso en el regazo, Remedios, que lo miró y movió un dedo en señal de saludo, sin sonreír, con la dignidad de una reina que concede audiencia.

Más atrás, Carmen, de uniforme, con el pelo suelto y los galones nuevos de inspectora en el hombro, y a su lado una niña de nueve años, con coleta y camiseta de los Pitufos, que miraba a todos lados con ojos de lince: Aitana.

En un extremo de la fila, con el sombrero de fieltro en las rodillas y un bastón de empuñadura de plata entre las piernas, Beatriz Salvatierra, condenada a un año de prisión sustituido por multa y trabajos para la comunidad, que había aceptado venir con la condición de no sentarse delante.

Junto a ella, sin sombrero, con un abrigo gris y una bufanda de seda, Daniela Roca.

Dos filas atrás, un hombre de melena gris y coleta, Eloi, tecleaba algo en un móvil, y a su lado, una mujer pequeña de gafas, con aspecto de profesora, que debía de ser la doctora Bosch.

En un rincón, de pie, con su chaleco amarillo desteñido y un gesto de turista intimidado, el jefe de estación de Portbou, Ferran Casals, que había venido en tren con un ramo de rosas atado con un cordel.

Marta Ribas, de gris, sentada en el pasillo, con un termo en el regazo.

El doctor Pons. Don Emilio Bermúdez, con su pajarita roja.

Aurelio Fuster, con un traje de pana color mostaza y una rosa en el ojal.

Y en la primera fila, junto a dos sillas vacías reservadas con un cartel de cartón, una mujer de unos setenta años, de pelo blanco recogido, cara estrecha y manos entrelazadas sobre las rodillas, que miraba al frente con la rigidez de quien lleva mucho tiempo sin sentarse en un lugar así.

—Amparo —dijo Ismael, al llegar a su altura.

—Inspector.

—Ya no es inspector —dijo Julián, riendo—. Es Ismael.

—Ismael, entonces. —Amparo Casas lo miró. Tenía los ojos secos, claros, de un azul algo desvaído—. Mi hermana habría hecho una novela con esto.

—Ya la hizo.

—No. —Meneó la cabeza—. La hizo antes. Con otros personajes. Pero lo habría adivinado todo.

Ismael se sentó a su lado. Julián, después de colocar la cesta del gato en el suelo, se quedó de pie, con el libro contra el pecho, mirando la mesa de la presentación: una mesa larga, con un mantel blanco, un jarrón de rosas rojas, cuatro sillas y un micrófono.

Sobre el mantel, en un atril de madera, abierto por la primera página, el ejemplar de honor de la edición no venal.

A las siete menos cinco, Aurelio Fuster subió a la tarima.