Capítulo 28 #3
En la pantalla, en el escenario del Ateneu, bajo un cortinaje rojo, un anciano alto y encorvado, de abrigo largo y corbata de lazo, se acercó al micrófono con un papel doblado en la mano izquierda.
Ismael lo reconoció al segundo: Leopoldo Quintana, el novelista, tres veces finalista del Premio y nunca ganador, que lo presidía desde hacía veinte años.
Tenía setenta y dos años, la voz cansada y las manos firmes.
—Buenas noches —dijo Quintana—. Soy Leopoldo Quintana. Presido este jurado desde 1998. Les ruego que me disculpen la voz.
Desplegó el papel.
—El jurado del Premio Meridiano, reunido esta tarde en sesión extraordinaria, con la presencia de la señora notaria suplente, don Emilio Bermúdez, y de la letrada de la Administración de Justicia, doña Marta Ribas, ha deliberado durante tres horas y once minutos sobre los cinco manuscritos finalistas.
Una pausa.
—Cuatro de ellos son obras de mérito. El quinto, titulado Lo que calla el fuego , se ha retirado del certamen por ser su autor objeto de procedimiento penal.
—Un murmullo en la sala—. Y existe un sexto texto, que no concurrió al premio, pero cuya existencia se ha hecho pública y cuyo mérito, a juicio unánime de este jurado, excede el de todos los demás.
Ismael sintió que Julián, a su lado, se ponía rígido.
— Los jardines de la sal. De Elena Casas.
—Quintana tragó saliva—. El reglamento del Premio establece que solo puede concurrir un autor vivo.
Nada en el reglamento prevé el caso de una autora fallecida cuya obra ha sido, sin su consentimiento, presentada con un nombre ajeno.
Los juristas me dicen que debemos descalificarla. Los lectores me dicen otra cosa.
Se pasó la mano por la frente.
—Por eso hemos tomado, por unanimidad, una decisión que no tiene precedentes en cuarenta y ocho años de historia. El Premio Meridiano de este año queda desierto.
Murmullo. Un suspiro. Una voz de mujer, en la sala, que decía «no».
—Pero hay una segunda parte. —Quintana alzó la mano—.
Este jurado se compromete, con la aquiescencia de la hermana de la autora, doña Amparo Casas, y de su albacea de hecho, el señor Julián, a promover la publicación de Los jardines de la sal en su versión original, con el nombre de su autora, con sus anotaciones y las de don Gaspar Villalba, y con su hoja de dedicatoria íntegra, en una edición no venal que se repartirá, gratuitamente, entre todas las bibliotecas públicas de Cataluña.
La cámara hizo un travelling por la sala.
Se vio a Serra, en el último banco, con la cabeza gacha.
A Teresa Vallès, a su lado, con los ojos cerrados.
A Rebeca, con una manta sobre los hombros, escoltada por dos agentes, mirando al suelo.
A Beatriz, en la primera fila, con su bastón y su sombrero, muy recta, inmóvil.
—Y por último —concluyó Quintana—, un compañero del jurado ha pedido la palabra, y se la cedo con gusto.
Dio un paso atrás. Desde el borde del cortinaje, con un traje de pana color mostaza y una rosa en el ojal, un hombre de pelo blanco revuelto y manos temblorosas se acercó al micrófono.
Ismael lo reconoció también: Aurelio Fuster, el crítico que había declamado versos en Sitges.
Sobrio, ahora. Tan sobrio y tan pálido que parecía de cera.
—Quiero decir algo por mi cuenta —dijo Fuster—, y que cada cual lo tome como crea.
No traía papel. Se quitó las gafas.
—Llevo cuarenta años fallando premios literarios.
Y creo que, en este oficio, un fallo no es solo un veredicto.
Es también un error. Es lo que se escapa cuando uno quiere tanto una cosa que deja de verla.
—Miró al público—. Nadie quiso, en este caso, que la mejor novela del año se quedara en un cajón.
Y para evitarlo, entre todos, la dejamos en un cajón.
—Hizo una pausa—. Pido perdón a Elena Casas.
Y a Gaspar. Y a todos los que algún día, escribiendo, hayan dicho «no» con razón.
Se apartó del micrófono. Hubo un silencio inmenso, de iglesia.
Y entonces, desde algún lugar entre las filas, alguien empezó a aplaudir. Despacio, sin estruendo. Después otro. Después toda la sala, en pie, en un aplauso largo, parejo, que no era de gozo, sino de otra cosa más antigua y más difícil: el reconocimiento de una deuda.
En la habitación 412, Daniela Roca lloraba sin ruido. Remedios, de pie junto a la ventana, se había llevado el delantal a los ojos. Carmen miraba el techo, con una mueca de burla que le temblaba un poco en la barbilla. Ismael sintió que algo le subía por la garganta, y pensó que no era dolor.
Julián, a su lado, abrió el taco de folios por la primera página, pasó el dedo por el título, y leyó en voz muy baja, para nadie, para todos:
— Para G., que dijo no y tuvo razón. Y para J., que me enseñó a oír.
Se detuvo.
—¿Qué? —murmuró Ismael.
—Nada. —Julián sonrió, con las mejillas mojadas, y cerró el cuaderno—. Que toda mi vida he sido un corrector. Y es la primera vez que no he encontrado ninguna errata.