El fallo Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Casellas habló diez minutos de procedimientos.

Citó la causa 412/2026, el delito de homicidio, el de incendio, las coacciones a un detenido, el chantaje, la falsedad en documento público.

Anunció que Joan Serra, Rebeca Ortuño y Beatriz Salvatierra habían colaborado «con diversa intensidad».

Y que Clàudia Ortuño Mas, «víctima y a la vez partícipe en un engaño de otros», sería tratada «con la comprensión que su edad y su conducta merecen».

Cuando terminó, Ortega volvió a inclinarse hacia el micrófono.

—Y ahora, el inspector Ledesma.

Ismael se levantó. Sintió que la sala entera giraba hacia él.

Las cámaras. Los flashes. Las luces rojas de los pilotos de grabación, una a una, como ojos de animales.

En la tercera fila, con su abrigo de paño negro y el bolso sobre las rodillas, Remedios lo miraba con una expresión de piedra.

A su lado, con rulos todavía bajo un pañuelo estampado, la Pilar y la Conchi, muy tiesas, con las manos cogidas.

Y al fondo, apoyado en la pared junto a la puerta, con una bufanda verde y los ojos brillantes, Julián.

Ismael abrió la boca y no salió nada.

Carmen, a su derecha, le tocó el codo con el dorso de la mano.

—Buenas tardes —dijo, por fin.

Su voz salió más fuerte de lo que esperaba.

—Me llamo Ismael Ledesma. Soy inspector de la Policía. He pasado catorce años en este cuerpo y cuarenta y tres en este mundo, y durante todos ellos he ocultado una cosa. —Tragó saliva—. Soy homosexual.

Silencio.

Un silencio absoluto, de los que se oyen: el zumbido de un foco, el chasquido de una cámara, un carraspeo lejano.

—Lo he sido siempre. Lo supe a los doce años.

Lo callé a los quince, y a los veinte, y a los treinta.

Me dije que el trabajo era un lugar donde eso no importaba, y me equivoqué: importaba tanto que gasté en esconderlo la mitad de mi energía.

—Hizo una pausa—. Hace dos semanas, durante esta investigación, conocí a una persona.

Se llama Julián. Es un hombre bueno, un lector exacto y un cocinero de lentejas con mala sombra para los gatos.

Lo quiero. Y lo hago, por primera vez en mi vida, sin pedirle a nadie permiso.

En el fondo de la sala, Julián se había llevado una mano a la cara.

—El comisario Rovira lo supo. Lo supo porque nos siguió.

Hizo fotografías. Las guardó para el día en que le hicieran falta.

Y cuando hicieron falta, las usó. Para apartarme del caso, para detener a Julián, para que yo me callara.

—Alzó la vista—. Es verdad que durante unas horas funcionó.

Pero lo que el comisario Rovira creyó que era mi punto débil es, desde esta mañana, lo único que no me pesa.

Una periodista de la segunda fila levantó la mano.

—Inspector, ¿no cree que hay un conflicto de intereses…?

—Julián no era sospechoso en el sentido que usted dice. Era testigo, y fue detenido de forma ilegal por un policía que quería quebrarlo. —Ismael la miró—. Declaré mi relación en el momento en que fue relevante. No antes, porque no había motivo. No después, porque no habría sido honesto.

Otro, un hombre con la cámara al hombro:

—¿Quiere decir algo a los compañeros que estén escuchando?

Ismael lo pensó un segundo.

—Que se puede. Que cuesta, pero se puede. Y que si alguien en una comisaría, en un juzgado o en una familia necesita saber que hay otro que ha pasado por eso, aquí me tiene.

—Y yo —dijo Carmen, a su lado, inclinándose hacia el micrófono.

Ismael se volvió. Ella tenía las manos entrelazadas sobre la mesa y una sonrisa de medio lado.

—Subinspectora Carmen Vidal. Soy pansexual. Me enamoro de las personas, no del género. Lo sabe mi madre, mi sobrina, mi ex marido y mi ex mujer. Y si alguien en esta casa quiere hacer fotos para chantajearme, tendrá que ponerse a la cola.

Se oyó una risa. Corta, nerviosa, de una persona.

Después, de otra. Y de pronto la sala entera, con una sacudida liberadora, se echó a reír, y alguien aplaudió desde el fondo: Pilar, con las manos muy altas, seguida de la Conchi, y de Remedios, que no aplaudió, pero se limitó a alzar la barbilla y a cruzar los brazos con una dignidad de reina.

Ortega, sin levantarse, tendió la mano a Ismael por encima de la mesa. Ismael la estrechó. En la palma de Ortega sintió un temblor leve, de mucho tiempo atrás.

Y entonces, junto al micrófono, vio la fotografía del chico de veinte años sobre el capó de un coche, riéndose con la cabeza ladeada, mirándolo, como si dijera, desde algún sitio a donde ya no alcanza el tiempo: Por fin.

* * *

El fallo del Premio Meridiano se anunció esa misma tarde, a las ocho, en una sala del Ateneu Barcelonès abierta con un día de antelación por una decisión urgente del jurado.

En la televisión de la habitación 412, que Carmen había girado hacia la cama, un presentador de rostro compungido explicaba, ante una pantalla con el logotipo de la editorial, que «la cuadragésima octava edición del Premio, enturbiada por los sucesos de los últimos días, concluye hoy con un fallo inédito».

—Qué voz tan tonta —dijo Remedios, que había traído el termo y una bandeja de croquetas.

—Calla, mamá.

—Callo.

Estaban todos: Ismael en el sillón, con la manta; Julián a su lado, en el brazo del asiento, con el taco de folios de Elena en el regazo; Carmen en la cama, descalza, con el palito de regaliz entre los dientes; Remedios, de pie, con el delantal puesto sobre el abrigo; y en una silla de ruedas que Marta Ribas había traído del pasillo, con el sombrero verde de fieltro sobre las rodillas, sorprendentemente, Daniela Roca, que había venido sola, con un ramo de flores amarillas.

Dijo que no podía estar en casa. Que no podía estar con nadie que no hubiera vivido aquello.