Capítulo 28
El fallo
—No me levante —dijo, antes de que Ismael hiciera el intento—. Vengo sin cita y no tengo derecho a nada.
Ismael estaba sentado en el sillón junto a la ventana, con una manta en las rodillas, la camisa abierta sobre un vendaje ancho, y en la mano una taza de té que Julián le había preparado a escondidas con el hervidor de la sala de enfermeras.
Era la primera mañana en que le permitían estar fuera de la cama.
Julián, de pie junto a la cómoda, se enderezó al ver entrar a la anciana.
No dijo nada. Pero se interpuso un poco, con discreción, entre ella y el sillón.
—Tranquilo, joven —dijo Beatriz—. No he venido a hacer daño. Ya se lo hice a bastante gente.
—Siéntese, señora Salvatierra.
—Beatriz. Ya ni siquiera soy señora de nada. —Se dejó caer en la silla de las visitas, con una lentitud de objeto frágil, y colocó el bastón entre las rodillas—. Ricard, deje eso ahí.
El chófer depositó la caja sobre la cama y se retiró hasta el pasillo con una inclinación de cabeza.
Durante unos segundos no se oyó más que el goteo regular del suero en la habitación contigua.
—A las diez voy a declarar ante la jueza —dijo Beatriz—. Mi abogado me ha dicho que no lo haga. Le he contestado que ha cobrado por ese consejo y que se lo puede quedar. —Una sonrisa ínfima—. Pero antes quería decirle algo a usted. A solas. O casi.
—Le escucho.
—He pasado dos noches sin dormir, mirando un limonero.
—Lo sé.
—No sabe nada. —No lo dijo con aspereza—.
Cuando usted y la inspectora Vidal entraron en mi jardín, el lunes de la semana pasada, yo no sabía que había un bolso enterrado.
No lo sabía. Se lo juro por la memoria de mi madre.
Lo cavó ese hombre. Está en su declaración, en la página veintinueve, y me lo leyó ayer su abogado.
—¿Rovira?
—El miércoles por la noche saltó la tapia de mi jardín, con una pala, y enterró el bolso de Rebeca al pie del limonero.
Para que lo encontraran en mi casa. Para que yo, con mi bastón y mi pasado, fuera la sospechosa.
—Se aferró a la empuñadura de plata—. Y funcionó.
Funcionó casi una semana. Usted mismo, inspector, me miró con una sospecha muy razonable.
—Era mi trabajo.
—Lo fue. Y lo hizo bien. —Alzó los ojos—. Pero lo que quiero confesarle no es lo del bolso. Es lo del mensaje.
Ismael dejó la taza sobre el alféizar.
—«No puedo más. Ven.»
—A las diez y cuarenta y cuatro de la noche. —La voz de Beatriz se quebró y se rehízo—. Lo leí. Estaba en mi casa, junto al fuego, con mi té, con el teléfono en la mano. Rebeca había escrito B. , nada más. Era yo. Nadie más la llama así.
—Usted dijo que no lo había leído.
—Mentí. —Cerró los ojos—. Tardé veinte segundos en entender.
Después tardé una hora en convencerme de que no tenía que ir.
Que Rebeca exageraba. Que había bebido. Que era tarde, que Ricard dormía, que el camino hasta Portbou es de dos horas.
Me puse delante del espejo y me dije: «Beatriz, tienes setenta y dos años y una rodilla que no responde. »
—Y no fue.
—Y no fui. —Abrió los ojos, enrojecidos—.
Esa es mi culpa. Los otros delitos, los de papeles, los de firmas, los de contratos, los asumiré como se asumen las cosas de una mujer vieja.
Pero esta noche, la de ese mensaje, no puedo perdonarme.
Si hubiera ido, quizá Rebeca no habría tenido que huir sola. Quizá Gaspar…
—Gaspar ya estaba muerto a esa hora.
—Lo sé. —Se llevó una mano temblorosa a la boca—. Pero yo no lo sabía. Y por eso, cada vez que el reloj da las diez y cuarenta, me levanto del sillón.
Julián, junto a la cómoda, había bajado la cabeza.
—Le he traído esto —continuó Beatriz, tras un silencio. Con el bastón señaló la caja—. Ábrala.
Fue Julián quien lo hizo. Levantó la tapa de cartón, apartó una capa de papel de seda y sacó, con las dos manos, un taco de folios mecanografiados, atado con una cinta blanca, de unos cinco centímetros de grosor.
El papel estaba amarillento por los bordes y manchado de café, y en la primera página, en el centro, con una tinta ligeramente corrida:
LOS JARDINES DE LA SAL
una novela de Elena Casas
—Es el original —dijo Beatriz—. El que ella me dio en abril, antes de que nadie lo tocara. Con sus notas a lápiz. Con las de Gaspar. Con la hoja de dedicatoria en su sitio, que ya no está, porque la tiene usted. —Miró a Julián—. Léala en voz alta, si quiere. Yo ya me la sé.
Julián pasó una hoja, y otra. Abrió, con un cuidado casi religioso, una página del tercio central. Se detuvo.
—La sesenta y uno —murmuró.
—La sesenta y uno.
Era una página limpia, de una mecanografía muy clara, con una línea rotulada a lápiz en el margen izquierdo, en una letra pequeña y derecha: ¿Trueque? ¿La L. dice «siempre guardas una copia» y el C. contesta? Y debajo, en otra caligrafía, más grande, angulosa, de maestro:
No.
Y, un poco más abajo, la misma mano:
La que guarda es la que sabe. Déjala.
Julián tragó saliva. No habló. Cerró el taco con cuidado, lo ató con la cinta blanca y lo apretó contra el pecho, con una ternura que a Ismael le trajo a la memoria la imagen de una madre con un niño dormido.
—Ahí está todo —dijo Beatriz—. Lo que ella escribió y lo que Gaspar le dijo. Lo que Rebeca alteró y lo que no pudo. —Se levantó, con un esfuerzo visible, apoyándose en el bastón—. Entréguenlo a la jueza, o consérvenlo. Yo ya no tengo derecho a decidir.
—Beatriz.
—¿Sí?
—¿Por qué lo hizo? —preguntó Ismael—. Lo de ceder la copia a Rebeca. Lo del trueque. Usted sabía que la novela era de Elena. Sabía que no era de Clàudia.
La anciana se quedó quieta. Miró por la ventana, donde el cielo había empezado a clarear sobre los tejados de Barcelona.
—Yo soy la Lectora —dijo.
—¿Cómo?
—En la novela. La Lectora. Elena me puso en ella en el 2019, sin pedirme permiso.
Una mujer que ha pasado cuarenta años leyendo lo que otros escribieron, que guarda copias de todo, y que no ha escrito nunca nada propio.
—Una pausa—. Es un retrato cruel. Y exacto. Cuando lo leí, lloré durante tres días.
—Y quiso ser parte.
—Quise que existiera. Aunque fuera con otro nombre. Aunque fuera con un precio. —Se ajustó el sombrero—. Es la peor de las vanidades, inspector. No querer la gloria para uno, sino para lo que uno ama. Y tener la mala suerte de que te la ofrezcan por la puerta falsa.
Salió con paso lento, apoyada en el bastón, sin mirar atrás. En el pasillo, el chófer le tendió el brazo. Ella lo rechazó con un gesto y siguió andando, muy recta, hacia los ascensores.
* * *
La sala de prensa de la Jefatura Superior de Via Laietana estaba abarrotada a las doce del mediodía.
Había cuarenta periodistas sentados en sillas plegables, otros veinte de pie junto a las paredes, cámaras de televisión en trípodes, micrófonos de radio sobre el atril, y un murmullo continuo, mezcla de castellano y catalán, que subía y bajaba como el mar.
En el fondo, junto a la puerta, tres hombres con auriculares comprobaban cables.
Fuera, en la calle, una furgoneta con una antena parabólica esperaba con el motor encendido.
Ismael entró por la puerta lateral, con un traje oscuro que le habían traído de su casa, una camisa blanca abrochada hasta el cuello y la espalda recta.
Bajo la tela, el vendaje le tiraba del costado como una cuerda.
Caminaba despacio, apoyándose levemente en el brazo de Carmen, que había sustituido la chaqueta arrugada por un traje de pantalón negro y se había recogido el pelo con una pinza.
—Respira —dijo ella.
—Respiro.
—Respiras por la boca. Se va a notar.
—Cállate.
—Callada.
En la mesa, bajo un fondo azul con el escudo del Cuerpo, ya estaban sentados el comisario Ortega, con su uniforme de gala, de pecho cruzado de condecoraciones que Ismael no le había visto en seis años; la jueza Casellas, de toga, pequeña, de pelo corto y mirada de cuchillo; y un hombre alto, de unos cincuenta años, de rostro ancho y amable, que Ismael no conocía: el nuevo comisario general interino, Albert Giralt.
En la esquina de la mesa, junto al micrófono de Ortega, boca arriba, había un marco de madera oscura.
Ortega se levantó al verlos entrar.
—Buenas tardes —dijo, y el murmullo se apagó—.
Gracias por venir. Esta conferencia será breve.
Voy a leer un comunicado de seis minutos.
Después, la jueza Casellas hablará de las diligencias en curso.
Y por último, el inspector Ismael Ledesma, que ha insistido en abandonar el hospital para estar hoy aquí, dirá unas palabras.
Se oyó el chasquido de las cámaras.
Ortega leyó. Dijo que el martes diez de octubre había aparecido muerto en Portbou el escritor, editor y corrector Gaspar Villalba.
Que la investigación había descubierto una trama de fraude en torno al Premio Meridiano.
Que el comisario Antonio Rovira había confesado ser autor del homicidio, de un incendio en una imprenta, de la manipulación de pruebas y de un secuestro frustrado.
Que la Policía había abierto una investigación interna sobre cuanto había ocurrido en la cúpula.
Lo dijo con voz de bronce, sin una sola pausa, con las manos apoyadas en los lados del atril y los ojos fijos en un punto de la pared por encima de las cabezas.
Cuando terminó, miró un segundo la fotografía del marco.
—Solo una cosa más —dijo, sin papeles—. Hoy me acompaña un hombre que no está aquí en la fotografía de mi mesa, pero cuyo nombre quiero que se oiga.
Se llamaba Anselmo Ortega. Murió en 1994, a los veintiséis años, de una cosa que no se decía.
—La voz se le quebró—. Yo callé. Y lo hice mal.
Si hoy puedo estar aquí diciendo esto, es porque a mi lado hay alguien que no calló.
Se oyó un murmullo, el roce de una silla.