El fallo Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

El comisario Ortega entró en la habitación a las doce, sin llamar, con el abrigo puesto, un sombrero de fieltro entre las manos y una expresión que Ismael no había visto jamás en su rostro: la de un hombre que ha dejado de sostener algo muy pesado y no sabe todavía qué hacer con los brazos.

—Cierra, Vidal —dijo.

Carmen cerró. Julián se levantó de la silla con la tortilla a medio terminar.

—Yo me voy.

—No —dijo Ortega—. Quédese, joven. Es mejor.

Se acercó a la cama. No se sentó. Dejó el sombrero sobre la sábana, junto al pie de Ismael, y de uno de los bolsillos del abrigo sacó, uno a uno, tres objetos, y los colocó sobre el sombrero: una placa dorada con un número grabado, una pistola en una funda de cuero y, envuelto en papel de seda, algo rectangular, plano, que tardó en desenvolver.

Era un marco de madera oscura. Dentro, una fotografía en blanco y negro de un muchacho de veinte años, de pelo largo y ojos claros, sentado sobre el capó de un coche, riéndose con la cabeza ladeada.

—Mi hermano —dijo Ortega—. Se llamaba Anselmo.

Nadie habló.

—Murió el noventa y cuatro, de una cosa que entonces no se decía.

Tenía veintiséis. Nunca me dijo de quién estaba enamorado, y yo nunca se lo pregunté.

—La voz le salía monótona, cortada, como una lectura—.

Pensé que si no preguntaba, no tendría que saber.

Y eso fue lo que me enseñó a mí lo que es callar. No era respeto. Era miedo.

—Comisario…

—Déjame terminar. —Levantó una mano—. Me he pasado treinta años diciéndome que lo hice por él, para no avergonzarlo.

Y hace unas horas, en este mismo pasillo, oí a una madre decirle a su hijo: «Ya era hora.

» Y comprendí que yo nunca lo dije. Ni a Anselmo, ni a ti, Ledesma.

Os dije «me da igual lo que seas». Como quien perdona.

—Se pasó la mano por la cara—. Y no es perdón lo que hay que dar. Es sitio.

Ismael tenía la garganta tan cerrada que no pudo ni asentir.

—Aquí tienes la placa. Y el arma. Asuntos Internos ha archivado el expediente esta mañana.

Con una nota que firmo yo, y que dice, literalmente: «El inspector Ledesma ha actuado con valentía ejemplar y con pleno respeto a la ley.

» —Hizo un gesto brusco con la cabeza—. Cuando te recuperes, tienes tres semanas de permiso y una medalla que no quiero que me pidas que te cuelgue.

—Gracias.

—No me des las gracias. —Y sonrió, por primera vez en años, con una sonrisa ancha y cansada que lo hizo parecer un chico—. La foto la dejo aquí.

—¿Aquí?

—En esa cómoda. Boca arriba. —Lo hizo: levantó el marco, lo puso sobre el mueble, junto a un jarrón de flores de plástico, y lo giró hacia la cama—. Quiero que lo vea el chico cuando entre. Que sepa que hubo uno antes. Y que no se tiene que esconder.

Julián, de pie junto a la ventana, se había llevado la mano a la boca.

—Comisario —dijo Ismael.

—Dime.

—Las fotografías. Las del portal, las del banco. Rovira las tiene todas. Las ha mandado a la prensa, ¿verdad?

Ortega y Carmen se miraron.

—No —dijo Carmen—. Pero las va a mandar.

—¿Cómo lo sabéis?

—Porque en su declaración, en la página treinta y siete, escribe: «Hay un último episodio que quisiera dejar a juicio del lector.» Y un anexo. Con seis fotografías.

Ismael cerró los ojos.

—Va a salir —dijo.

—Sí.

—Mi nombre. El de Julián. El portal.

—Sí.

—Y mi madre.

—Tu madre —dijo Ortega— ha dicho esta mañana, en la cola del ascensor, a una enfermera: «Si publican algo, que pongan que es mi hijo y que está orgulloso.» Esas palabras exactas.

Ismael abrió los ojos. Miró a Julián, que lloraba sin hacer ruido. Miró a Carmen, que fingía mirar el termo. Miró a Ortega.

—Entonces —dijo—, que lo publiquen.

—¿Seguro?

—Seguro. —Y le sorprendió oír su voz firme, limpia, de una calma que no había tenido nunca—. Es mi vida. La cuento yo. Antes que él.

Ortega asintió con la cabeza. Recogió el sombrero, lo sostuvo un segundo contra el pecho.

—Cuando salgas —dijo—, hablaremos con Fontanals, con el Ministerio y con quien haga falta. Y si hay una rueda de prensa, estaré a tu lado.

—¿Con la foto?

—Con la foto.

* * *

A las cuatro de la tarde, cuando la habitación se quedó otra vez vacía, con la luz del invierno temprano cayendo sesgada por la ventana y el sonido lejano de un televisor en la sala de espera, alguien llamó muy bajito.

—Adelante —dijo Julián.

Por la puerta asomó un moño torcido, unas gafas grandes de pasta y un abrigo de lana color mostaza que a Ismael le costó reconocer.

—Perdón. No quería molestar.

—Clàudia.

—Me han dicho que podía subir cinco minutos. —Entró con pasos cortos, con una carpeta de cartón en las manos—. Me ha traído un agente. Dicen que no puedo estar mucho.

—Siéntate.

Se sentó en el borde de la silla de Julián, con la carpeta sobre las rodillas. Estaba más delgada. Tenía una sombra bajo los ojos, pero los ojos, tras las gafas, miraban de frente.

—He venido a decirle una cosa. Es algo que no dije en la masía.

—Dime.

—Que sí lo sabía. —Tragó saliva—. Lo de la novela. Que era de Elena. Lo sabía desde junio.

Julián, junto a la ventana, se volvió despacio.

—Me lo dijo mi tía —prosiguió Clàudia, rápido, como quien se quita una venda—.

Me la dio a leer. Dijo: «Léela, te servirá de modelo.

» Y la leí, una noche, de un tirón. Y cuando acabé, supe que era de ella.

Que nadie más podía haber escrito esa frase de la última página.

—Se mordió el labio—. Y entonces, mi tía me dijo: «¿Y si fuera tuya? »

—¿Y qué contestaste?

—Que no. Primero que no. Después… —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Después me quedé tres semanas dándole vueltas. Y un día me dije: «Solo un rato. Solo un rato, en que alguien crea que escribí eso.» Es horrible. Lo sé.

—No es horrible —dijo Ismael.

—Es lo más bajo que he hecho nunca.

—Es lo más humano.

—No me venga con eso. —Se secó la cara con la manga—. Estudié Filología. Sé lo que es el plagio. Sé lo que es una dedicatoria falsa. —Abrió la carpeta—. Y por eso he venido. Para devolverle esto.

Sacó de la carpeta una hoja de papel. Una sola, de gramaje grueso, de un color crema algo envejecido, con los bordes ligeramente doblados. La tendió, no a Ismael, sino a Julián.

Julián la cogió con las dos manos.

Era una hoja sin numerar, mecanografiada en una Olivetti. Al pie, a mano, una firma pequeña y derecha. Y en el centro, centrada, en cursiva:

Para G., que dijo no y tuvo razón.

Y para J., que me enseñó a oír.

—E.

Julián no se movió. Los dedos se le agarrotaron en los bordes del papel. Durante un largo rato no hubo en la habitación más sonido que el pitido regular del monitor cardíaco.

—La encontré en el cajón de mi tía —susurró Clàudia—. La quitó del manuscrito antes de depositarlo. Pensó que era peligrosa. —Se llevó una mano a la boca—. Es de ella. De Elena. La hoja que tenía que ir delante.

Julián levantó los ojos. Estaban llenos de lágrimas, enormes, límpidos, de una niñez que parecía haber vuelto de golpe.

—Gracias —dijo.

—No tiene por qué…

—Gracias —repitió, y su voz se quebró del todo.

Se acercó a la cama. Se sentó en el borde, junto a Ismael, con la hoja entre las manos como una cosa viva, y sin decir una palabra más, apoyó la cabeza en el hombro de su amigo, de su amante, de su primo, de lo que fuera. Ismael le pasó la mano por el pelo.

Clàudia se levantó. Recogió la carpeta, se ajustó las gafas, y antes de salir, con la mano en el picaporte, se volvió.

—Me han dicho que el premio se suspende.

—Todavía no hay decisión —dijo Ismael.

—Pues yo espero que no. Que se falle. Que alguien lo gane de verdad, con su nombre y su obra. Y que alguien, algún día, se acuerde de ella.

Salió. La puerta se cerró con un chasquido blando.

Fuera, en la ventana, la luz del invierno se había vuelto de oro. Sobre la cómoda, junto al jarrón de flores de plástico, el chico de la fotografía seguía riéndose, boca arriba, con la cabeza ladeada, para siempre.