Capítulo 27
Lo que se dice después
Lo primero que Ismael supo fue que no estaba muerto, porque los muertos no tienen sed.
Lo segundo, que le dolía el costado de un modo extraño, hondo y retrasado, como un dolor que alguien le hubiera prestado y que aún no hubiese acabado de entender.
Después llegaron los ruidos: un pitido metálico y regular, un zumbido de aire acondicionado, pasos de goma en un pasillo.
Y la luz, una luz blanca y plana de tubo fluorescente que le hizo cerrar los ojos otra vez antes de que se le formara ninguna imagen.
Los abrió despacio.
Un techo de paneles. Una barandilla de cama. Una vía en el dorso de la mano izquierda, con esparadrapo y un tubo transparente que subía hasta una bolsa colgada de un poste. Una ventana, a la derecha, con la persiana a medio bajar y, detrás, un cielo del color de la leche.
Y en una silla, junto a la cama, dormido con la cabeza ladeada contra la pared y los brazos cruzados sobre el pecho, Julián.
Llevaba la bufanda verde. La misma. Estaba despeinado, con una barba de tres días y unas ojeras de color ciruela, y tenía la boca ligeramente abierta. En el regazo, abierto sobre la rodilla, había un cuaderno pequeño de tapas negras, y encima del cuaderno, un lápiz.
Ismael lo miró un buen rato sin moverse. Después, con un esfuerzo que le costó dos intentos, levantó la mano derecha y la dejó caer, muy despacio, sobre el borde del colchón, junto al pie de la silla.
Julián abrió los ojos.
No hubo sobresalto. Se incorporó sin prisa, parpadeó, enfocó la cama, y en cuanto vio que Ismael lo miraba, algo en su cara cedió, como una presa que por fin se resquebraja.
No dijo nada. Se limitó a inclinarse hacia delante, a coger la mano de Ismael entre las suyas y a apoyar la frente contra ella. Los hombros le temblaron dos veces.
—Hola —dijo Ismael. La voz le salió de lejos, rasposa.
—Hola.
—¿Cuánto?
—Nueve horas. —Julián levantó la cara. Tenía los ojos rojos—. Te sacaron de Portbou en helicóptero. Operaron en Girona, luego te trajeron al Clínic. Dijeron que tenías un pedazo de bazo de más y que ya no. —Hizo un gesto vago—. Te lo han quitado. Dicen que se vive bien sin él.
—¿Estás aquí desde…?
—Desde las tres de la madrugada. Casellas me soltó a la una y media. Marta me trajo en su coche. —Sonrió, con una sonrisa muy torcida—. Me dejaron entrar porque dije que era tu primo.
—Mi primo.
—Les pareció verosímil.
—Eres un mentiroso espantoso.
—Me lo dicen mucho. —Se secó la cara con la manga—. Llevo cuatro horas aquí. He aprendido a distinguir a los médicos buenos de los malos por el sonido de los zapatos.
—¿Cuáles son los buenos?
—Los que no hacen ruido.
Ismael cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, la mano de Julián seguía allí, tibia, segura.
—Dije que volvería —murmuró.
—Lo dijiste. —La voz de Julián se quebró y se rehízo—. Lo recibí en el calabozo de Les Corts el domingo a las siete de la mañana. El abogado me lo leyó en voz alta, entre dos pilares. «Lo que sea, voy a volver.» Pensé que era la frase más absurda que había oído nunca.
—Lo es.
—Me gustó mucho.
Callaron. Fuera, en el pasillo, pasó un carrito con un ruido de ruedas, y alguien pidió disculpas con voz baja. La luz de la ventana iba pasando, minuto a minuto, del blanco al amarillo.
—¿Errata? —preguntó Ismael.
—Está con Marta. Le ha cogido tanto cariño que dice que no me lo devuelve. —Julián se rio, un hilo de risa—. Le puso un collar con una campanita. Ahora se oye venir.
—Qué sentido del humor, la vida.
—Mucho.
Alguien llamó con los nudillos a la puerta. Julián se enderezó. La puerta se abrió con suavidad, y por el hueco asomó primero una cabeza gris, de pelo corto, y luego un abrigo de paño negro, un bolso grande colgado del brazo, y unas manos hinchadas por el reuma.
—¿Se puede? —dijo Remedios.
—Mamá.
—Calla, que estás convaleciente.
Entró. Se detuvo a los pies de la cama, con el bolso en las dos manos, y durante un instante largo se limitó a mirar a su hijo, de arriba abajo, con una atención serena que le recorrió el cuerpo entero: la vía, las sábanas, el color de la cara.
Cuando terminó, asintió una vez, como quien comprueba un recibo.
—Tienes mejor cara que de madrugada —dijo.
—¿Anoche?
—Te vi a las seis, cuando saliste del quirófano. Dormías. —Dejó el bolso sobre la cómoda—. Y tú, hijo —dijo, volviéndose hacia Julián—, haz el favor de comer algo, que estás más blanco que el yeso.
—Estoy bien, señora.
—Remedios.
—Remedios. —Julián se sonrojó—. Estoy bien, de verdad.
Remedios lo miró con los ojos entornados. Después, sin una palabra, se acercó a la silla, le puso una mano en el hombro, y con la otra sacó del bolso un paquete envuelto en papel de aluminio.
—Tortilla de patata. Con cebolla. Hecha esta mañana.
—No puedo aceptarlo.
—Claro que puedes. —Se lo puso en las rodillas—. Tú eres el de las lentejas, ¿no?
Julián la miró con la boca abierta.
—Mi hijo me lo contó esta madrugada, medio dormido —dijo Remedios, muy seria—. Habla en sueños. Dice «Julián» y «lentejas». Y luego algo de una campana.
Ismael cerró los ojos, mortificado.
—Mamá.
—Es lo que dijiste.
—Mamá, por favor.
—Y yo he pensado: «Pues ya era hora.»
Se hizo un silencio. Julián, con el paquete de aluminio en las manos, tenía los ojos muy brillantes. Ismael abrió los suyos y vio cómo su madre, con una sencillez absoluta, se agachaba, le daba un beso en la mejilla a Julián, y le decía al oído, muy bajo:
—Gracias por no haberte ido.
* * *
Carmen llegó a las diez con un termo de café y un periódico doblado.
Llevaba el pelo recogido y la misma chaqueta del lunes, arrugada, como si se hubiera dormido con ella.
Remedios se había ido a casa a preparar la comida de la tarde.
Julián, en la silla, devoraba la tortilla con una concentración apasionada, de hombre que acaba de recordar que tiene estómago.
—No se mueva —dijo Carmen a Ismael, que había intentado incorporarse—. Ni se le ocurra.
—Estoy bien.
—Tiene un agujero en el costado.
—Es pequeño.
—Es del calibre nueve. —Se sentó en el borde de la cama, con el termo entre las rodillas—. Te lo cuento todo, y si interrumpes, me voy.
—Cuenta.
—Cuando Rovira se metió en el túnel, Casals hizo la mejor cosa de su vida.
Había un tren de las 23:00, el regional de Cerbère, que estaba a punto de entrar en el andén uno.
Pulsó el pulsador de emergencia del cuadro eléctrico.
Todos los semáforos se pusieron en rojo.
El maquinista frenó a doscientos metros de la boca del túnel.
—¿Y yo?
—Tú estabas tirado en las vías, a diez metros de la boca. Vila te cargó sobre los hombros. —Carmen hizo un gesto con la barbilla—. Es más grande de lo que parece, tu compañero.
—Rovira.
—Se había parado en mitad del túnel, doscientos metros dentro, cuando oyó el tren frenando detrás. Se volvió. Me vio entrar con la linterna. —Hizo una pausa—. Le grité que tirase el arma.
—¿Y?
—Me apuntó.
Ismael abrió la boca. Carmen levantó una mano.
—Disparé yo primero. Una vez. Al hombro derecho. Cayó de rodillas. La pistola salió rodando hasta un charco. —Respiró—. No quise matarlo.
—Lo sé.
—No creo que lo hubiera sabido hacer.
—Lo sabrías.
—Quizá. —Se encogió de hombros—. Pero te prometo que, mientras lo esposaba, me temblaban las manos como a una niña.
—¿Cómo está?
—Vivo. Operado esta mañana en el Hospital Penitenciari de Terrassa, con vigilancia. Bala limpia, clavícula rota. Dicen que escribirá otra vez. —Un destello amargo—. Ha rechazado abogado. Ha pedido papel y bolígrafo. Lleva escribiendo desde anoche.
—¿Escribiendo qué?
—Una declaración. Cuarenta páginas hasta ahora, a mano. Se la leyó el médico forense, por encima, y me dijo: «Es la confesión más literaria que he leído en mi vida.»
Julián dejó de masticar.
—Quiere ser leído —dijo Ismael.
—Es lo único que ha querido siempre.
—¿Y los otros?
Carmen sacó el periódico y lo desdobló sobre la sábana.
Era La Vanguardia , del martes. En portada, una fotografía de la estación de Portbou, con una cinta policial y una ambulancia, y un titular de dos líneas: «Detenido un alto cargo policial por el asesinato del escritor Gaspar Villalba».
Debajo, en una entradilla: El comisario Rovira, autor de seis novelas inéditas, confiesa que mató al corrector y editor para eliminar a un rival literario.
—«Seis novelas» —murmuró Ismael—. Eran once.
—Han filtrado lo que han filtrado. —Carmen pasó la página con un dedo—.
Fontanals ha pedido la jubilación anticipada.
Se lo comunicó anoche a Ortega, por teléfono, con una voz que Ortega describe como «de cartón mojado».
Prat está suspendido, y Asuntos Internos Dos, que es la gente buena, está revisando la taquilla de la comisaría, la cadena de custodia de los lápices y todo lo que Rovira tocó en seis meses.
—¿Serra?
—Declaró el lunes a las ocho de la tarde, con su abogada, ante Casellas.
Admitió la malversación, el contrato de Clàudia, el cambio de la sesenta y uno y el chantaje.
Está libre con cargos, y lo van a procesar por tres delitos.
Dice que lo agradece. —Una sonrisa fina—.
Me lo dijo por teléfono. «Es un alivio, inspectora.
Treinta años de mentir con elegancia son muchos. »
—¿Beatriz?
—Citada para mañana. Dice que lo contará todo. Su abogado le ha aconsejado que se calle y ella le ha respondido que ha callado bastante.
—¿Rebeca?
—Colabora. —Carmen dobló el periódico—. Le van a caer años por la cesión falsa y por la inducción, pero Casellas dice que con su declaración y la de Clàudia puede salir con cuatro o cinco, y salir pronto. Está muy pálida. Pregunta por ti.
—¿Por mí?
—Dice que le dijiste que ese hombre no volvería a acercarse.
—Y no lo hizo.
—No —dijo Carmen—. No lo hizo.
Se quedaron un momento callados. Fuera, tras la persiana, un coche de reparto tocaba el claxon, impaciente.
—Hay una cosa más —dijo Carmen, y su voz cambió.
—¿Qué?
—Ortega.
* * *