El fallo Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Gaspar estaba sentado en la barca, mirando el mar. Me acerqué. Me dije: comisario Rovira, de la Policía. Y le tendí la mano. —Hizo un gesto hacia abajo—. Me miró un segundo, y dijo: «Usted es el de la prosa de atestado.»

Un silencio.

—Se acordaba. Seis años después, con la oscuridad, sin gafas, borracho de cansancio.

«Usted es el de El hombre que no pregunta .

Lo leí en el 2020. Era una novela honesta, comisario.

Y no tenía ni una sola frase que respirase.

» —La voz de Rovira, por primera vez, se quebró—.

Me lo dijo con una dulzura que no he olvidado.

Con cariño. Y me dio la espalda para mirar el mar.

Ismael cerró los ojos.

—Lo sujeté por los brazos. —Rovira habló muy bajo, como si dictara—.

Lo llevé hasta el agua. Lo metí hasta la cintura.

Pesaba menos de lo que pensaba. Los hombres de setenta años pesan siempre menos de lo que uno cree.

No gritó. Nunca gritó. Solo dijo, antes de que le hundiera la cabeza: «No lo merece, comisario. Tiene usted talento para otra cosa.»

—¿Para qué?

—Para esto. —Y Rovira levantó la mano derecha, con calma, y dibujó en el aire un pequeño círculo con el dedo índice—. Para contar.

En la marquesina, algo crujió.

—Después —dijo— tomé la gabardina de Gaspar.

La doblé. Puse las gafas encima. Dejé el billete de vuelta en el bolsillo.

Y recordé lo del lápiz. —Metió la mano en el abrigo, sacó un lápiz, un Faber-Castell 2H afilado al revés, y lo hizo girar entre los dedos—.

Lo había cogido de la casa de Elena, el lunes, en una inspección. El quinto. El que falta.

—Para el deleátur.

—Para señalar. Hacia Julián, hacia el corrector, hacia un hombre joven con acceso a la página sesenta y uno y una cama compartida con un inspector.

—Una sonrisa, fina—. Vi las fotos de ustedes en septiembre.

Las hice yo mismo. No pensaba usarlas, pero cuando Gaspar murió, comprendí que alguien iba a tener que cargar con ello.

Y el inspector Ledesma, con su discreción de armario, era el hombre ideal para que se hablara de él sin que él pudiera defenderse.

—Usted incendió la editorial.

—La imprenta. Scriptorium. —Asintió—. No murió nadie. Lo comprobé dos veces. Tenía que destruir la impresora, que guardaba, en la memoria del tóner, una copia de la página sesenta y uno con la fecha del cambio. Era la única prueba de que Rebeca lo había hecho antes del 5 de agosto.

—Y Rebeca.

—Rebeca se me escapó. —Con un gesto casi de disculpa—. Una pena. Me gustaba. Pero hablaba demasiado.

El viento levantó el papel de la vía y lo arrastró hasta los pies de Ismael.

—Ahora —dijo Rovira, con voz muy suave—, la grabación que lleva en el forro del abrigo.

—Es la única.

—No me haga perder el tiempo. —Se puso en pie. Con un movimiento fluido, perfecto, de hombre que ha hecho eso mil veces, sacó del bolsillo del abrigo una pistola—. Despacio.

Ismael metió la mano en el abrigo. Sacó el grabador de Eloi, un rectángulo gris con una luz roja que parpadeaba. Lo sostuvo en la palma abierta.

Rovira lo cogió con la mano libre. Lo miró. Pulsó una tecla. Del altavoz diminuto salió, con claridad cristalina, la voz de Rovira: «…Sí. Rebeca me llamó el martes por la tarde…»

—Qué bonito —dijo.

Lo tiró al suelo y lo aplastó con el tacón.

—Una pena —murmuró—. Habría sido un buen epílogo.

—Hay otro.

—No.

—Bajo el banco.

Rovira sonrió. Miró el banco. Se agachó con la pistola en la mano y buscó con los dedos, por debajo del asiento de hierro. Palpó. Encontró algo, un cable, un pequeño cilindro de plástico negro pegado con cinta. Lo arrancó.

Y en ese momento, en el extremo norte del andén, la farola se apagó.

* * *

La oscuridad cayó como una losa. Durante un segundo no hubo nada: ni sombras, ni siluetas, ni suelo.

Solo el rumor del mar y la respiración de dos hombres.

Ismael se lanzó hacia la izquierda, contra la marquesina, con la espalda pegada al cristal.

Un disparo estalló a su derecha, seco, enorme, y una esquirla de cemento le arañó la mejilla.

—¡Policía! —La voz de Carmen, desde el vestíbulo, limpia, vibrante—. ¡Deje el arma!

Un segundo disparo. Un grito de la agente rubia. Un golpe de cuerpo contra el suelo.

Ismael vio, en el resplandor del segundo disparo, la silueta de Rovira alzarse, girar y correr. No hacia el vestíbulo. Hacia el norte. Hacia la grava. Hacia la boca negra del túnel que lleva a Cerbère, a Francia, a una frontera de cemento y de hierro.

—¡Rovira!

Salió tras él.

Corrió. Los zapatos le resbalaban sobre el cemento húmedo. Saltó la barandilla de hierro oxidado, cayó sobre el balasto de piedras, se torció un tobillo y siguió. Delante, a veinte metros, el abrigo oscuro de Rovira desaparecía entre los raíles como un animal que se mete en su madriguera.

—¡Ismael! —gritó Carmen, a su espalda—. ¡No!

Corrió.

El túnel se abrió ante él: un óvalo negro, enorme, con un olor a humedad, a hierro y a piedra fría. Ismael se detuvo en la entrada. Escuchó. Oyó pasos, pasos rápidos, y el eco de una respiración que se alejaba hacia el fondo.

—Rovira. —Su voz rebotó contra las paredes—. Se acabó.

Silencio. Una gota cayó desde la bóveda.

—Se acabó, Rovira. Hay una cámara. Un micro. Una grabación completa.

Una risa lejana, apagada.

—Por eso —dijo la voz de Rovira, desde la oscuridad—, ya no tengo nada que perder.

El fogonazo iluminó el túnel como un relámpago. Fue una fracción de segundo, y en esa fracción Ismael vio todo: las paredes de piedra mojada, los raíles brillantes, la figura de un hombre alto, con el brazo extendido, a diez metros de distancia.

Sintió un golpe, como un puñetazo, en el costado izquierdo.

No dolió. Primero fue un calor extraño, casi dulce, que se extendió por la camisa. Después, las piernas se le doblaron con una lentitud absurda, y cayó de rodillas sobre las piedras. Se llevó la mano al flanco. La retiró húmeda.

—Ismael —dijo una voz, muy lejos—. Ismael.

Era Carmen. O era su madre. O Julián.

Lo último que vio, antes de que la oscuridad del túnel y la de su cuerpo se confundieran, fue una luz pequeña y blanca, al fondo, muy lejos, que se acercaba por los raíles con un rugido sordo y creciente.

El tren de las once.