El fallo Capítulo 26
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Capítulo 26

La campana

Portbou a las nueve de la noche del lunes era un puñado de luces amarillas colgadas de una ladera negra.

La tramontana había amainado, y en su lugar quedaba un frío húmedo y quieto que olía a sal, a creosota y a piedra mojada.

Carmen aparcó el coche en una calle trasera, junto a una panadería cerrada, y apagó los faros.

Durante un minuto, los dos permanecieron sentados sin hablar, oyendo el tic del motor al enfriarse.

—Repásalo otra vez —dijo ella.

—Carmen.

—Otra vez.

Ismael recitó de memoria:

—A las diez y cuarto, yo bajo por el camino de la playa y entro por la salida norte del andén dos.

Rovira llegará antes o llegará después, pero llegará solo.

Me sentaré en el banco que está bajo la marquesina.

La campana suena a las diez y cuarenta. Mientras tanto, hablo. Cuanto más lo haga hablar, mejor.

—¿Y si pregunta por la grabadora?

—Le diré que está en el despacho de la jueza.

—Que es verdad.

—Que es verdad. —Se palpó el bolsillo interior del abrigo, donde llevaba el pequeño grabador digital de Eloi, del tamaño de una cajetilla de tabaco—. Y que lo que llevo encima es otro, por si acaso. No hay que ocultárselo. Cuando lo encuentre, creerá que ha ganado.

—Y el micro de verdad…

—Está en el banco. Casals lo instaló esta tarde, debajo del asiento, con un cable que sube por la marquesina hasta el despachito. Tú oyes todo. Y la cámara dos, que Casals ha puesto en marcha desde las ocho, ve todo.

—Y si algo sale mal.

—Casals apaga la farola del extremo norte. Es la señal.

—Y yo salgo.

—Y tú sales.

Carmen sacó el palito de regaliz del bolsillo y lo miró con una expresión que Ismael no le había visto nunca. Después lo guardó otra vez.

—Eres un hombre peligroso —dijo—. Has tenido una idea con una probabilidad de éxito del veinte por ciento y la has vendido como un plan.

—Creo que cree que tiene derecho a hablar.

—¿Quién?

—Rovira. —Ismael se bajó del coche—. Lleva catorce años callando. Un hombre que calla tanto tiempo, si se le da la oportunidad, no puede evitar contarlo.

—¿Eso es policía o novela?

—Es lo mismo.

* * *

El despachito del jefe de estación, a las diez menos veinte, era un cubículo de madera cargado de humo de café y de miedo.

Ferran Casals, con su chaleco amarillo, estaba sentado delante del monitor de catorce pulgadas, con las manos entrelazadas sobre el vientre y los ojos fijos en la imagen granulada del andén dos.

A su lado, de pie, dos agentes de uniforme de paisano, un hombre joven de barba cuidada y una mujer rubia con el pelo recogido, miraban la pantalla con una atención de cazadores.

Carmen había entrado antes que Ismael. Al verlo cruzar la puerta, le pasó, sin una palabra, unos auriculares.

—Probando —dijo la voz de Casals desde un altavoz minúsculo—. ¿Me oye?

—Sí.

—¿Y ahora?

—Sí.

—Está sentado el banco, inspector. Si dice una palabra, la oigo como si estuviera aquí.

—Gracias, don Ferran.

—No me dé las gracias. —El anciano apartó la mirada del monitor, y por un momento sus ojos, grandes y tranquilos, se posaron en Ismael—.

Hace seis días me preguntaron si en esta estación se podía matar a un hombre sin que nadie lo viera.

Yo dije que no. Que aquí hay cámaras. —Una sonrisa amarga—. Me equivocaba.

—No ha sido culpa suya.

—Pues me siento como si lo fuera.

Ismael le apretó el hombro.

A las diez y diez salió del despachito. La noche era negra y muy clara.

Cruzó el vestíbulo vacío, con sus bancos de madera y su reloj parado en las cuatro y veinte, y bajó a la salida de la playa por una escalera de piedra mojada.

Olía a mar. Abajo, entre dos paredes, el camino de arena seca se perdía hacia el extremo del andén, y más allá, apenas visible, la barca varada en la orilla, con la quilla al aire, como un animal muerto.

Se detuvo un segundo.

Aquí, pensó. Aquí murió un hombre que no había hecho otra cosa en su vida que corregir lo que otros escribían mal.

Subió por la rampa lateral. A las diez y veinte entró en el andén dos.

* * *

Rovira ya estaba allí.

Estaba sentado en el banco de hierro bajo la marquesina, con el abrigo de lana oscura abotonado hasta el cuello, las piernas cruzadas y las manos en los bolsillos.

No llevaba gorra. Sin ella, sin la carpeta de cartón, sin el chaleco ni la linterna, Ismael lo vio por primera vez como era: un hombre de unos cincuenta años, alto, de pelo gris peinado hacia atrás, con el rostro afilado y una expresión de cansancio amable.

Un hombre que podría haber sido un notario, un médico o un profesor de latín.

—Ha llegado antes de tiempo —dijo Ismael.

—Es mi costumbre. —Rovira no se movió—. ¿Quiere sentarse?

—Prefiero de pie.

—Como guste.

Un silencio. A lo lejos, en la ladera, ladró un perro. El viento movía un papel arrugado a ras del cemento.

—Aquí —dijo Rovira, mirando los raíles— fue donde la señora Ortuño se quedó temblando, con el móvil en la mano. Y donde yo me acerqué por la derecha, con la cabeza gacha. —Alzó los ojos—. ¿Ha visto la cinta?

—Sí.

—Un trabajo notable, el de la cámara. Seis años sin que nadie la mirara, y de pronto sirve.

—Usted manipuló la grabadora.

—Con tres líneas de código, como dice el señor Casals. —Una sonrisa tranquila—. Mi sobrino trabaja en informática. Es un chico muy dotado.

—¿Le ayudó?

—No sabe nada. Se lo pedí como una consulta de seguridad, de un compañero de otra comisaría. —Hizo un gesto con la mano—. Me gusta no mezclar a los míos.

—¿Y los que no son suyos?

—A esos —dijo, con una calma de mármol— los uso.

Ismael metió las manos en los bolsillos.

—¿Por qué ha venido?

—Porque usted me lo pidió.

—Eso no es un motivo.

—No. —Rovira se echó hacia atrás, apoyó la nuca contra el cristal de la marquesina y miró hacia arriba—. Es una excusa. El motivo es que llevo muchos años deseando hablar con alguien que no me tuviera miedo.

—Yo le tengo miedo.

—No. Usted me tiene asco. Es distinto. Lo he visto en sus ojos desde el lunes. Y es lo que quiero.

La luz de la farola, a su derecha, parpadeó una vez.

Ismael no se movió.

—Hay una cosa que no entiende —dijo Rovira—, y es que yo no soy un hombre malo.

He servido a este país veintiséis años. He detenido a asesinos.

He salvado a una niña de un sótano en Badalona, hace once años.

Una vez salté a un río para sacar a un hombre que se tiraba.

Casi me ahogo yo. —Hizo una pausa—. Y por las noches, desde 2010, escribo.

—¿Escribe?

—Novelas. —La palabra, en su boca, sonó con una dulzura extraña, casi infantil—. Once. Todas rechazadas. Alguna, no sin elogios. Una de ellas, hace seis años, llegó al comité de lectura de Meridiano.

Ismael sintió un frío leve, en la nuca.

—El informe del lector —continuó Rovira— decía: «Prosa de atestado.

Correcta, ordenada, sin una sola frase que respire.

El autor sabe construir, pero no sabe callar a tiempo.

Descartada.» Estaba escrito a lápiz, en el margen de la última página.

Con una letra pequeña, nerviosa, de maestro.

La reconocí el martes, en el cuerpo de Gaspar Villalba, por las anotaciones de sus libretas.

—Alzó los ojos—. Seis años sin saber quién me había hecho eso.

—Gaspar.

—Gaspar. —Sonrió—. Qué ironía, ¿verdad? Pasé seis años pensando que me había juzgado un literato de verdad. Y era un corrector de pueblo, un alcohólico de vermut que escribió «prosa de atestado» con la misma mano con la que corregía los folios de Elena Casas.

Sonó un chasquido leve, metálico, lejano: la compuerta de un tren que se acercaba por el norte. Ismael miró el reloj. Las diez y treinta y cinco.

—Este año —dijo Rovira— volví a presentarme.

Con seudónimo. A. Calderón. Una novela sobre un policía que no pregunta, titulada Lo que calla el fuego.

Mi nombre no figura en ninguna plica que Meridiano conozca.

Serra me debía un favor, o mejor dicho, una confesión, y me la pagó con una lista de finalistas y una promesa: que mi manuscrito, entre los cinco, llegaría a la última votación.

—Chantaje.

—Intercambio. —Se ajustó el cuello del abrigo—. Pero entonces, en julio, supe lo de Los jardines de la sal . Y supe que era mejor que la mía.

—Usted no la había leído.

—Me la dio Serra. —Un gesto vago—. Doscientas cuarenta páginas, una tarde.

Y la última frase me hizo llorar. —Lo dijo sin cinismo, con un asombro extraño—.

Un hombre de mi edad, en un coche, llorando por una novela de una muerta.

Y supe, en ese momento, que si esa novela entraba en el fallo, la mía no ganaría nunca.

—Por eso Clàudia.

—Rebeca vino con lo de Clàudia como un regalo.

Me bastaba esperar a que la maniobra saltara por los aires.

Un escándalo. Una descalificación. Ana Marín fuera.

Y la mía, la única que no tendría nada que ocultar, sola, ante el jurado.

—Se rio, un hilo de risa seco—. Cuando Gaspar dijo que no, comprendí que podía acelerarlo todo.

Que si el albacea se negaba, y se iba a negar en público, la cesión caería y Ana Marín quedaría limpia.

Una novela póstuma de Elena Casas con su nombre, imbatible.

—Y entonces usted lo mató.

La campana sonó.

Fue un tañido seco, grave, de bronce, que subió desde el techo de la estación y se extendió por el andén vacío como una mano abierta. Las diez y cuarenta. Después otro, y otro. Cuatro en total. Y al terminar, durante un segundo, el silencio fue casi físico.

Rovira esperó a que se apagara el último eco.

—Sí —dijo.

Ismael no respiró.

—Rebeca me llamó el martes por la tarde.

Dijo que iba a Portbou, que Gaspar «tenía que ver razón».

Yo ya estaba en el coche, aparcado en la plaza, desde las ocho.

La vi bajar del tren con el abrigo claro.

Les vi hablar en el andén. Les vi caminar hacia la playa.

—Una pausa—. No pensaba matarlo. Se lo juro.

Pensaba hablarle. Como a usted. Como a un colega.

—¿Qué ocurrió?