El fallo Capítulo 25
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Capítulo 25

La grabadora

A las siete de la mañana del lunes, la cocina de Remedios era un cuartel.

Sobre la mesa de formica, entre la cafetera de aluminio y el plato de las magdalenas, había un mapa de carreteras desplegado, tres móviles apagados y el cuaderno de Carmen con una flecha dibujada a lápiz entre Sant Andreu y Via Laietana.

El doctor Pons dormitaba sentado en una silla con el maletín en el regazo.

Clàudia, en pijama prestado y con el pelo recogido en un moño, pelaba naranjas con una concentración desmesurada.

Rebeca, en el cuarto del fondo, había dormido, por primera vez en seis días, toda la noche.

Remedios servía el café con la serenidad de una abadesa.

—Esta mañana abro la peluquería a las nueve, como siempre —anunció—. Si cierro, se huele.

—Remedios, no hace falta…

—Es lunes, Carmen. Los lunes vienen la Pilar y la Conchi. Si no abro, se preguntan por qué, y cuando se preguntan algo estas dos, se enteran todos hasta Badalona.

Carmen se rindió con una media sonrisa. Ismael, junto a la ventana, con la taza entre las manos, miraba el patio interior: una hilera de tendederos, un gato gris que caminaba sobre una cornisa, un trozo de cielo del color del estaño.

—Casellas pide hoy la grabación de voz —dijo Carmen—.

Cita a Rovira a las once en la Ciutat de la Justícia, como testigo, para una diligencia de cotejo.

Él se enterará a las nueve, cuando le llegue la notificación.

Fontanals, a las diez. A las diez y cuarto se darán cuenta de que Rebeca no está en Sant Pau.

—¿Cuánto tardarán en llegar aquí?

—Si Rovira es tan bueno como creemos, a mediodía. Si es mejor, a las once.

—¿Y si no esperamos?

—¿A qué?

—A que nos encuentren. —Ismael dejó la taza sobre el alféizar—. Lo que tenemos es una voz al 94 por ciento, una declaración de Julián y un testimonio de Rebeca que Rovira dirá que es un delirio. Todo eso ata a Rovira a Portbou, pero no al andén. Ni a la playa. Ni a Gaspar.

—¿Entonces?

—Entonces necesitamos algo suyo. Algo de él, hecho con sus manos y con su boca.

—¿Quién lo tiene?

Ismael se volvió.

—Serra.

Carmen levantó una ceja.

—Serra tiene una coartada de hierro. Y un abogado.

—Serra tiene miedo. —Abrió la carpeta que Carmen había dejado sobre la mesa, sacó el parte de la visita de Rovira a la editorial—.

El veintiséis de septiembre. Una reunión «por motivos de seguridad».

Quince días antes del crimen. Serra es un editor de la vieja escuela.

Un hombre que escribe cartas de diecisiete folios y que, en cuarenta años de profesión, no ha hecho una sola reunión sin dejar una nota.

—Pasó el dedo por el papel—. Hay gente que graba. Y hay gente que lo niega.

—¿Y si no graba?

—Entonces habré perdido una hora. —Se encogió de hombros—. No tengo otra cosa que hacer. Estoy de vacaciones.

* * *

Las oficinas provisionales de Ediciones Meridiano ocupaban, desde el incendio, un entresuelo de la calle Muntaner, en un edificio de los años cincuenta con un portero de gorra y un ascensor de rejilla que olía a grasa.

En la puerta, un cartel de cartón escrito a mano: MERIDIANO – RECEPCIÓN – 1º B .

Ismael llamó dos veces. Nadie contestó. Empujó. La puerta, sin llave, se abrió.

Dentro, un pasillo estrecho con cajas de libros amontonadas, un olor a humo viejo que no se iba y una secretaria ausente. Al fondo, una luz.

Joan Serra estaba sentado tras una mesa de pino, bajo una lámpara de lectura, sin americana, con la camisa blanca remangada hasta los codos y la corbata floja.

Sin el abrigo de cachemir, sin la bufanda de seda, sin la pose, parecía otro hombre: más pequeño, más viejo, con la piel del cuello flácida y las ojeras de quien lleva tres días sin dormir.

Delante tenía un vaso con dos dedos de whisky y un cenicero con cuatro colillas. A las diez de la mañana.

Levantó la vista y tardó un segundo en reconocerlo.

—Inspector.

—Ya no.

—Lo sé. —Sonrió con una sombra de lo que había sido su sonrisa—. Me lo ha contado Teresa. Dice que lo han apartado. Que hay fotografías.

—Lo sabe medio Barcelona.

—Es la ventaja de las fotografías. —Hizo un gesto vago hacia la silla—. Siéntese. No tengo nada que ofrecerle, salvo esto. —Alzó el vaso.

—No bebo de día.

—Una virtud. Yo bebo de noche y de día, y no me ha ayudado en nada. —Dio un trago—. ¿A qué debo?

Ismael sacó del bolsillo el viejo móvil de su padre. Lo apoyó sobre la mesa, entre el whisky y el cenicero, y pulsó una tecla.

Se oyó el siseo de la lluvia seca, el paso lejano de un tren, la campana. Y debajo, muy suave, una voz grave y acariciadora:

«Rebeca. Tranquila. Soy yo. Ya pasó todo. Ven.»

Serra no se movió. Sus ojos, fijos en el aparato, perdieron el color, como si alguien hubiera abierto por detrás una espita.

—¿Dónde…?

—Portbou. El martes diez, a las 22:41. Alguien se acercó a una mujer que acababa de llamar a su amiga. Esa mujer es hoy una testigo protegida.

—Rebeca…

—Está viva.

—Dios mío. —Se pasó las dos manos por la cara—. Dios mío.

—¿Conoce la voz?

Serra tardó mucho en contestar. Fuera, en la calle, pasó una ambulancia, y la sirena fue creciendo y menguando por el cristal de la ventana como una ola.

—Sí.

—¿De quién es?

—Usted ya lo sabe.

—Quiero que lo diga usted.

—No puedo.

—Señor Serra. —Ismael se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas—.

Esta mañana, una jueza ha pedido una grabación formal de esa voz.

A las once, él estará delante de ella. Cuando se compare con la muestra, y dará positivo, la pregunta será quién más sabía.

Quién le pagó. Quién le ayudó. Y usted, que estuvo con él el 26 de septiembre, que firmó el plan de Clàudia y que mintió ante mí el viernes…

—No mentí.

—No me contó toda la verdad.

—Es distinto.

—Para un juez, no.

Serra apagó la colilla con un gesto brusco. Se levantó. Caminó hasta la ventana y se quedó mirando la calle, de espaldas, con las manos a la espalda como un estudiante castigado.

—Yo no sabía lo de Gaspar —dijo, muy bajo—. Se lo juro por mis hijos. Nunca imaginé que…

—Lo creo.

—Rebeca vino a verme en junio con la idea de Clàudia.

Me pareció un disparate. Pero era un disparate fácil: una novela inédita de una muerta, un seudónimo, una sobrina con aspiraciones.

No hacía daño a nadie. Elena no podía quejarse.

—Se pasó la mano por el pelo plateado, que se le deshizo sobre la frente—.

Hubo que cambiar un detalle de la copia depositada, una página, para que el texto «pareciera más suyo».

Un trueque de papeles entre dos personajes.

Rebeca me dijo que Elena misma lo había propuesto. Yo no lo pregunté.

—La página sesenta y uno.

—No sé qué página fue. Ella lo hizo en casa, con una copia de trabajo que le había dado Beatriz. —Se volvió—. No fue más que eso. Una maniobra de despacho. Una vileza pequeña. Hasta que vino Rovira.

—El 26 de septiembre.

—Entró en mi despacho, se sentó donde está usted ahora y, sin preámbulo, me dijo que sabía lo de Clàudia. —Hizo un gesto con la mano abierta—. Lo sabía todo. La cesión, la plica, el seudónimo. Y sabía lo del dinero.

—¿Qué dinero?

—El de Meridiano. —Ahora sí, la voz se le quebró—. Hace tres años cometí una irregularidad con los fondos del Premio. Una cosa técnica, de contabilidad. Cuarenta mil euros que pasaron por una cuenta que no debía. Nunca la he devuelto. Rovira tenía los extractos.

—¿Cómo los consiguió?

—No lo dijo. Los dejó en la mesa, uno junto a otro, como cartas de póker, y me dijo: «Señor Serra, yo no pretendo hacerle daño. Solo necesito que el Premio de este año salga limpio.»

—¿Qué quería decir con «limpio»?

—Que no hubiera ningún escándalo. Que el fallo se produjera sin incidentes. Que nadie, ni Villalba ni nadie, hiciera un solo ruido.

—¿Le dijo que, si Gaspar no cedía, él «lo arreglaría»?

—No con esas palabras.

—¿Con cuáles?

Serra cerró los ojos.

—«Hay formas de que un hombre se calle sin que nadie sufra, señor Serra. Usted no tiene que saber cuáles.»

Ismael sintió que algo, en el pecho, se apretaba con una suavidad espantosa.

—¿Dijo eso?

—Sí.

—¿Lo recuerda con exactitud?

Serra abrió los ojos. En ellos había una luz nueva, desesperada, casi infantil.

—Inspector. Yo soy un editor, no un policía.

Pero llevo cuarenta años en este oficio y he aprendido una cosa, y es que la memoria no es de fiar.

Ni la mía, ni la de nadie. —Fue hasta la mesa, abrió el cajón inferior, rebuscó entre carpetas—.

Desde 1983 grabo todas las reuniones de importancia.

Contratos, ofertas, reclamaciones. Autores que prometen cosas a las tres de la tarde y las niegan a las seis.

Es una costumbre sucia. Pero me ha salvado de más de un pleito.

Sacó una grabadora de bolsillo, plateada, con una cinta microcasete. La puso sobre la mesa.

—El veintiséis de septiembre, Rovira no lo supo. Entró con su carpeta bajo el brazo, sonriendo, y yo tenía esto en el bolsillo de la americana. —Alzó los ojos—. Son cuarenta y seis minutos. Hay una parte que no me gusta nada oír.

Ismael miró la grabadora. Era un aparato anticuado, de plástico cuarteado, con una pegatina desgastada en la tapa: SONY. M-740V. Apenas se atrevía a respirar.

—¿Por qué me la da?

—Porque tengo hijos. —Serra se dejó caer en la silla, de golpe, como si le hubieran cortado los hilos—. Dos. Tienen veintiocho y veintiséis años. Y porque anoche, mientras daba vueltas en la cama, me pregunté si podría mirarlos a la cara el día que supieran lo que hice. Y no pude.

—Tendrá que declarar.

—Lo sé.

—Ante la jueza Casellas. Hoy.

—Lo sé.

—Y admitir lo del dinero.

—Lo sé. —Una sonrisa pálida, casi dulce—. Es una ironía, ¿no? Cuarenta años vendiendo libros sobre cómo se confiesa la gente, y ahora me toca a mí.

Ismael se guardó la grabadora en el bolsillo interior del abrigo. Pesaba poco, y a pesar de ello, al ponérsela contra el pecho, sintió su peso exacto, como una piedra pequeña y fría.

—Llame a su abogada —dijo—. A Teresa Vallès. Que le acompañe. Yo avisaré a la jueza.

—¿Cree que me protegerá?

—No lo sé.

—Entonces, gracias por no mentirme.

* * *

A las once y diez, en el portal de la calle Muntaner, Ismael sacó el móvil de tapa y marcó el número de Carmen. Contestó al primer tono.

—Dime.

—La tengo.

—¿La grabadora?

—Sí.

—¿Qué hay?

—Cuarenta y seis minutos de Rovira. Una amenaza velada a Gaspar. Y la admisión de un chantaje a Serra. Sin cadena de custodia y con un microcasete de 1983, pero con una voz que es la suya. —Respiró—. ¿Dónde estáis?

—En Sant Andreu. Tranquilos. Pilar y Conchi han llegado, con rulos, y tu madre las tiene sentadas en el salón con las puertas cerradas.

—¿Y Rovira?

—Rovira no ha ido a la Ciutat de la Justícia. —Una pausa—. Casellas lo ha citado a las once. A las once y cuarto la letrada ha llamado a su despacho. Nadie contesta. Marta dice que la jueza está lívida.

—¿Dónde está?

—No lo sabemos. Hace una hora, un patrullero de Via Laietana pasó por el hospital de Sant Pau, preguntando por una ambulancia de traslado programado. Hace cuarenta minutos, otro por la dirección del conductor, que vive en Badalona. Hace veinte, un tercero por la casa del doctor Pons, en Cruïlles.

—Está cerrando el cerco.

—Está haciendo lo que yo haría. —La voz de Carmen, seca, serena—. En media hora, o menos, sabrá que el doctor Pons tiene un sobrino en Sant Andreu, y en dos preguntas más, que tu madre tiene una peluquería.

—Entonces no hay tiempo.

—No.

Ismael cerró los ojos un segundo. Después, con una calma que no sentía, dijo:

—Carmen, dame el número de Rovira.

—¿Qué vas a hacer?

—Algo que no debería.

—Ismael.

—Dame el número.

Hubo un silencio. Después, con un suspiro, Carmen se lo dictó, cifra por cifra. Ismael lo marcó en el viejo teléfono de tapa, con el pulgar rígido, mientras en la calle un camión de reparto descargaba cajas de leche y un niño con mochila cruzaba corriendo.

Sonó una vez. Dos. A la tercera, una voz grave y acariciadora contestó:

—Rovira.

—Soy Ledesma.

Se hizo una pausa, de apenas un segundo.

—Inspector. Perdón: ex inspector. ¿A qué debo el honor?

—Quiero proponerle un trato.

—Los tratos los hace quien tiene algo que ofrecer.

—Tengo dos cosas. —Habló despacio, escogiendo cada palabra—. Tengo una grabación de cuarenta y seis minutos de una reunión del veintiséis de septiembre en una oficina de la calle Muntaner. Y sé dónde está Rebeca Ortuño.

El silencio al otro lado fue distinto. No fue el de un hombre sorprendido. Fue el de un hombre que, por primera vez en una semana, ha perdido la ventaja del primer movimiento y se ha puesto a pensar.

—Interesante —dijo Rovira—. ¿Y qué propone?

—Que hablemos.

—Hablamos ahora.

—No. En persona. Solos. Sin Prat, sin Fontanals y sin la jueza. Usted y yo.

—¿Dónde?

—Donde empezó todo.

—Barcelona es grande, inspector.

—Portbou. —Lo dijo con una calma de hielo—. El andén dos. Esta noche, a las diez y cuarenta. Cuando suena la campana.

Otro silencio. Más largo. Ismael oyó, al otro lado, un ruido de papel, o de un dedo que golpea una tapa de cartón. Después, muy cerca del micrófono, un suspiro casi afectuoso.

—Es usted un hombre de gestos, Ledesma. Se lo reconozco.

—¿Vendrá?

—Si Rebeca Ortuño está donde usted dice, y si esa grabación existe, tengo razones de sobra.

—Entonces no toque a mi madre.

—¿Su madre?

—Si alguien se acerca esta noche a una peluquería de Sant Andreu, la grabación sale a las doce en tres periódicos y en el despacho de la jueza. Está duplicada. —Era mentira, y lo dijo con una convicción que le asombró—. No tendrá usted nada que arreglar.

—Qué cosas dice. —Una risa suave, casi cariñosa—. Yo respeto a las madres, inspector. Más que a nadie. —Hizo una pausa—. Allí estaré. Puntual.

Colgó.

Ismael se quedó con el móvil pegado a la oreja, escuchando el silencio de la línea, mientras en el cristal del portal se reflejaba la cara de un hombre de cuarenta y tres años con los ojos muy abiertos. Tenía las manos heladas. La grabadora, en el bolsillo del abrigo, parecía pesar diez kilos.

Había dado, por fin, el primer paso. Y no había vuelta atrás.