El fallo Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Llevaba la misma bufanda verde. Se la habían dejado. Tenía la espalda recta, las manos sobre las rodillas, y la mirada fija en la pared. Parecía muy joven, muy pequeño, muy solo. Una barba de dos días le ensombrecía las mejillas.

Como si lo hubiera sentido, giró la cabeza hacia la ventana.

Sus ojos se encontraron con los de Ismael a través del cristal. Julián no sonrió. No levantó la mano. Pero movió los labios, despacio, articulando cada sílaba con una claridad de lectura de labios.

¿Errata?

Ismael levantó cuatro dedos, luego dos, luego uno. Marta. Esta mañana. Comió.

Julián cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos brillaban. Sonrió, con una sonrisa muy pequeña y muy torcida, y luego, despacio, con el índice y el pulgar, hizo un gesto que Ismael conocía de memoria: el de afilar un lápiz con una navaja, hacia fuera.

Estoy bien.

Ismael apoyó la frente un segundo en el cristal.

* * *

A las cuatro de la tarde, en la cafetería del Trueta, con dos cafés fríos y un cenicero lleno de colillas ajenas, Carmen lo esperaba en una mesa del fondo con el abrigo puesto y las manos metidas en las mangas. Ismael tardó en reconocerla: llevaba el pelo suelto y unas ojeras como las de él.

—Has venido en autobús.

—Es lo que se hace cuando a uno le quitan el coche.

—Tienes cara de funeral.

—Tú, de boda de un gato.

—No empieces. —Se quitó un guante, lo dejó sobre la mesa—. He hablado con la jueza. He hablado con Marta. He hablado con Eloi, el del audio. —Una pausa—. Me ha mandado la versión limpia. La he oído tres veces.

—Y…

—Y no hay duda. Quiero decir que yo no tengo duda.

Pero no es mi voz la que cuenta. —Sacó del bolsillo un pen drive y lo dejó junto al azucarero—.

Marta me ha conseguido la grabación de la comparecencia de Rovira ante Casellas el viernes por la tarde, cuando pidió el mandamiento para la masía.

La sala graba. Son cuarenta minutos de él hablando con voz natural, sin saber que importa.

Se lo he mandado a Eloi con la muestra de Portbou.

—¿Y la doctora Bosch?

—Ha dicho que a las diez de la noche tiene un informe preliminar. Que será de «probabilidad alta, no de certeza». Que para certeza necesita más tiempo y una muestra de mejor calidad.

—Será bastante para Casellas.

—Será bastante para pedir una autorización de grabación de voz formal. Y eso ya puede ser prueba.

—¿Y Rebeca?

—Ahí tenemos el problema. —Carmen se frotó los ojos—.

Hace una hora ha llegado un oficio de Fontanals.

Orden de traslado de la testigo Rebeca Ortuño a dependencias policiales de Les Corts «por razones de seguridad», con efectos a las ocho de esta noche.

Firmado por Fontanals. Con la conformidad de Rovira.

—Casellas lo habrá anulado.

—Casellas ha dicho que lo discutirá el lunes. —Alzó los ojos—. Y el lunes, Ismael, Rebeca ya estará en Les Corts. Con Rovira de guardia.

Ismael apoyó los codos en la mesa y se tapó la cara con las manos. Oyó, de fondo, el rumor de la cafetería: una máquina de espresso, un niño llorando, una enfermera que reía.

—¿Cuántos agentes tienes aquí?

—Dos. De confianza. Y una enfermera que me debe una.

—¿Casellas ha autorizado algo?

—Casellas ha dicho —y Carmen, por primera vez en dos días, sonrió— una frase muy hermosa. Que «la custodia judicial ampara a la testigo en el lugar que designe la agente encargada, siempre que sea seguro y se comunique al juzgado».

—Eso es una puerta.

—Es una puerta con goznes oxidados. —Carmen se levantó—. Pero se abre.

—¿Adónde la llevamos?

—Ya lo he pensado. —Y, mirándolo de frente, con los ojos brillantes, sin una sombra de duda—: Hay un piso en Sant Andreu, en un tercero sin ascensor, con lentejas hechas, que no figura en ninguna lista de la policía.

Ismael tardó un segundo.

—No.

—Sí.

—Mi madre tiene setenta y un años.

—Tu madre tiene una escopeta de perdigones en el armario del pasillo, según me dijo anoche por teléfono. Y un genio que ya quisiera Fontanals.

—¿Has hablado con mi madre?

—Me dio tu teléfono viejo, ¿no? —Se encogió de hombros—. Tiene una voz preciosa. Le dije que necesitaba un favor. Me contestó: «¿Es por mi hijo?» Le dije que sí. Me dijo: «Entonces pasen cuando quieran. Pongo la mesa.»

Ismael se quedó mirándola. Después, despacio, se echó a reír. Fue una risa corta, ahogada, extraña, de las que no se oían en él desde hacía una semana, y que le hizo daño y bien al mismo tiempo.

—Dios mío —dijo—. Eres peor que yo.

—Soy mejor policía. —Carmen se puso el abrigo—. Venga. A las siete y media sale una ambulancia hacia el Hospital de Sant Pau. Con una enferma de traslado programado. Aquella no tiene destino.

* * *

La ambulancia entró en el Carrer de Concepción Arenal de Sant Andreu a las nueve menos veinte de la noche, con las luces apagadas, y se detuvo frente a un portal de ladrillo visto con un rótulo de «Peluquería Remedios» ya descolorido en el bajo.

Ismael esperaba en la acera, con las manos en los bolsillos, bajo una farola que parpadeaba.

Del otro lado de la calle, un vecino sacaba la basura.

Rebeca bajó apoyada en el brazo de Clàudia, con una manta sobre los hombros y los ojos muy abiertos. Detrás venía el doctor Pons, con su maletín. Carmen cerró la comitiva, con una mano en el bolsillo y los ojos en la esquina.

Remedios abrió la puerta de su piso, en el tercero, con el delantal puesto y una sartén en la mano. Miró a la mujer demacrada, a la chica de las gafas, al médico anciano, a la inspectora de ojeras. Después a su hijo.

—Pasen, pasen —dijo—. Que se enfría.

Una vez dentro, mientras Clàudia ayudaba a Rebeca a sentarse en el sofá de skay marrón de siempre, bajo una virgen de escayola y un calendario de la tintorería, Ismael sacó del bolsillo el viejo móvil de su padre y vio que tenía un mensaje, enviado a las 20:52 por un número que no conocía:

«Preliminar de la doctora Bosch, adelantado. 94% de coincidencia con la voz de Portbou. No es certeza, pero la jueza tiene bastante para pedir la grabación formal. Y para mirar a Rovira de otra manera. Casellas te manda decir: ánimo, inspector. Marta.»

Lo leyó dos veces. Después lo guardó.

En la cocina, Remedios, de espaldas, servía un plato de lentejas con chorizo para una mujer que no se atrevía a tocarlo. Carmen, apoyada en el marco de la puerta, miraba la escena con el palito de regaliz inmóvil entre los dientes.

—Tu madre —dijo, muy bajo, sin volverse— me acaba de decir que ya sabía lo tuyo.

—Lo sabe desde que tenía quince años.

—Y que si la policía quiere entrar, tendrá que pasar por encima de ella.

—Lo cumplirá.

—Lo sé. —Una pausa—. Ismael.

—¿Sí?

—Mañana a las ocho, Casellas pide la grabación de voz. A las nueve, Rovira se entera. A las diez, lo sabrá Fontanals.

—Y a las once —dijo Ismael— vendrán a por Rebeca.

—Sí.

—Tendremos que haber hecho algo antes.

Carmen le puso la mano en el hombro. Fue un gesto breve, casi torpe, de quien no ha practicado nunca el consuelo y lo intenta, a su modo, como quien aprende a nadar.

—Algo —dijo—. Sí. Lo pensaremos esta noche. Con lentejas.