El fallo Capítulo 24
80%

Capítulo 24

Voz

Ismael pasó la noche del sábado en la casa de su madre, en una cama de noventa que había sido suya hasta los diecinueve años, bajo un póster descolorido de un grupo que ya no recordaba.

Remedios no le había hecho una sola pregunta al verlo llegar a las siete de la tarde sin placa, sin chaqueta y sin móvil.

Le había abierto la puerta, le había mirado la cara un segundo, y se había apartado.

—Hay lentejas —había dicho.

Comió sin hambre. Ella lo miró comer con los brazos cruzados sobre el delantal, de pie junto a la encimera, con la serenidad de las mujeres que han visto a un hijo llegar roto muchas veces sin ser nunca la causa.

A los postres le dejó sobre la mesa un teléfono viejo, de tapa, de carcasa gris, con una pegatina de la Virgen de Montserrat en la parte de atrás.

—Es de tu padre. Tiene saldo. —Se sentó frente a él—. No sé lo que ha pasado y no quiero saberlo si no quieres contármelo. Pero tienes la misma cara que él cuando algo le pesaba y no lo decía.

—¿Lo notabas?

—En los hombros. —Remedios se tocó el suyo con dos dedos—. Los subía así. Hasta las orejas. Cuarenta años con los hombros en las orejas. Tú los tienes igual.

Ismael bajó la mirada. Los hombros, efectivamente, los tenía en las orejas.

—Han detenido a Julián.

—¿El chico?

—Sí.

—¿Ha hecho algo?

—No.

—Entonces saldrá. —Lo dijo con una convicción tan simple que Ismael sintió una especie de vértigo—. Los que no han hecho nada salen. Tarde, pero salen. Lo que no se arregla es lo que uno hace por miedo.

—¿Por miedo?

—Tu padre vivió cuarenta años de miedo. —Se levantó y empezó a recoger los platos—. Y no le sirvió para nada.

Se quedó un rato fregando de espaldas, con el agua cayendo.

Ismael la miró. Era una mujer pequeña, de pelo corto y gris, con las manos hinchadas por el reuma y la espalda encorvada por cuarenta años de planchar camisas en una fábrica.

Nunca la había visto llorar. Tampoco la vio entonces, pero algo le tembló en la nuca, bajo el moño, al secarse las manos en el delantal.

—Duerme —dijo—. Mañana verás más claro.

Y así fue, aunque no como esperaba.

* * *

El estudio de Daniela Roca en Sarrià, a las diez de la mañana de aquel domingo, olía a café recién hecho y a papel.

Había en él un hombre que Ismael no conocía: sesenta años, delgado, de rostro afilado y melena gris recogida en una coleta, con una camisa de franela a cuadros y unos cascos de estudio colgados del cuello.

Se presentó con un apretón de manos seco, de artesano.

—Eloi. El marido de Daniela. Antes era técnico de sonido en Radio Barcelona. Ahora soy nada, pero me sigue gustando el ruido.

—Inspector Ledesma.

—Lo sé. —Una sonrisa breve—. Daniela me ha dicho que ya no lo es.

—Digamos que estoy de vacaciones.

—Las mejores. —Eloi señaló la mesa de trabajo, junto al piano, donde había un portátil, un interfaz de audio, dos monitores y, conectado a un cable, el viejo teléfono de tapa de Daniela—. Daniela me contó lo del mensaje. Me dijo que usted quería oírlo bien.

—¿Se puede?

—Todo se puede, si uno tiene paciencia.

Ismael se sentó en una silla de madera. Daniela, de pie junto a la ventana, con su jersey de cuello alto y las manos en los codos, no dijo nada. Fuera, en el jardín, el jardinero había amontonado las hojas secas en una pirámide perfecta.

—Lo que usted oyó —dijo Eloi, colocándose los cascos— era un archivo de teléfono, comprimido, con un ruido de fondo enorme: el viento, el tren, la campana. Todo eso tapa lo bajo. Pero lo bajo no desaparece. Solo se esconde.

Tecleó. En la pantalla del portátil apareció una mancha de colores, una especie de mapa de calor con líneas verdes, amarillas y rojas que subían y bajaban en bandas horizontales.

—Esto es el espectrograma. Cada franja es una frecuencia. El viento, aquí abajo, en graves. El tren, esta nube ancha. La campana, aquí: una raya muy fina y muy alta. Y aquí…

Señaló una zona, casi invisible, a la derecha, bajo el final del mensaje.

—Esta mancha estrecha es una voz. Humana. De hombre. A unos cuatro metros del micrófono. Muy baja, apenas un murmullo. Voy a quitar el viento y a levantar este rango.

Pulsó una tecla. Hubo un siseo, una especie de lluvia seca, y entonces, de pronto, bajo el paso lejano del tren y sobre una respiración entrecortada, se oyó.

La voz de Rebeca, rota:

«…Espera. Viene alguien. Viene…»

Y detrás, muy suave, a una distancia que no se podía medir, con la dulzura exacta de quien se dirige a un niño que ha tenido una pesadilla:

«Rebeca. Tranquila. Soy yo.»

Un silencio de medio segundo. Después, la misma voz, algo más cerca:

«Ya pasó todo. Ven.»

Ismael cerró los ojos.

No necesitaba más. No necesitaba un laboratorio, ni un perito, ni un papel con membrete.

Conocía aquel timbre grave y acariciador, aquella forma de poner un adjetivo tranquilo en medio de una frase peligrosa.

Lo había oído pedir permiso en una notaría del paseo de Gràcia.

Lo había oído decir puntuales en la puerta de una masía.

Lo había oído, hacía veinte horas, hablar con una calma de seda delante de un comisario general.

—Otra vez —dijo.

Eloi repitió.

«Rebeca. Tranquila. Soy yo. Ya pasó todo. Ven.»

—Gracias.

—¿Lo conoce?

—Sí.

Daniela se había llevado una mano a la boca. En sus ojos, enormes, había una expresión que Ismael había visto pocas veces en un rostro: la de alguien que descubre, de golpe, que ha cenado con el diablo.

—No puede usarse como prueba —dijo Eloi, con delicadeza—.

Un audio de un teléfono de tapa, sin cadena de custodia, grabado por una persona que no…

bueno. Un abogado lo desharía en cinco minutos.

Para algo así necesitaría una comparación de voz con una muestra indubitada, hecha por un laboratorio acreditado.

—¿Conoce alguno?

—Conozco a alguien. —Eloi se quitó los cascos—. La doctora Núria Bosch, de la Pompeu Fabra. Fonética forense. Es independiente de la policía, que será lo primero que pregunte su abogado. Me debe un favor desde 2004.

—¿Cuánto tarda?

—Si le doy una muestra comparable, seis horas. Siete.

—La muestra la tendrá hoy.

Ismael no sabía cómo. Pero lo dijo con tal seguridad que Daniela, desde la ventana, lo miró, y por primera vez sonrió, muy poco, con una chispa de gratitud y de miedo.

* * *

Marta Ribas lo esperaba a las doce en el vestíbulo de la Ciutat de la Justícia, junto a los tornos de seguridad, con un abrigo gris y un termo en la mano. Ismael, sin placa, tuvo que dejar el carné de identidad en el mostrador. El agente de guardia lo miró dos veces.

—Es un testigo —dijo Marta.

—No figura en la lista.

—Figura en mi lista.

El agente tecleó algo y dejó pasar.

—La jueza Casellas ha recibido a Julián a las once —dijo Marta, mientras subían en el ascensor—. Le tomó declaración en la sala de guardia. Sin abogado de Rovira. Con uno de oficio muy joven, que es un cielo.

—¿Cómo está?

—Pálido. Nervioso. Educado. —Una pausa—. Preguntó por el gato antes de por su abogado.

Ismael sonrió sin darse cuenta.

—¿Lo has alimentado?

—Esta mañana. Es un cabrón. Me mordió.

—Es su manera de querer.

—Pues querría que me quisiera menos.

Llegaron a un pasillo largo con una moqueta azul y puertas de madera clara. Al fondo, junto a una ventana, un banco de plástico y, sentado en él, con un maletín en el regazo, un abogado de treinta años, de traje barato y gafas torcidas, que se levantó al verlos.

—¿Usted es Ledesma?

—Soy.

—Pol Camps. Defiendo a su… a Julián. —Se sonrojó—. Perdón. A mi cliente.

—Gracias por defenderlo.

—No he hecho nada todavía. —Se frotó las manos—. Pero le traigo dos mensajes.

—Dígame.

—El primero es para usted. Me dijo: «Dile que no he comido, pero que no se preocupe, que el menú de aquí es tan malo que no se echa de menos nada.» —Sonrió, avergonzado—. El segundo es más serio.

Se sentaron en el banco. Marta, a su lado, abrió el termo y sirvió un café en la tapa para Ismael. Olía a canela.

—Cuando lo detuvieron —dijo Camps— lo llevaron primero a Les Corts, y allí, el viernes por la noche, hacia las diez y media, vino a verlo un hombre. Un comisario. Alto, con abrigo oscuro, muy educado.

Ismael dejó la tapa del termo en el banco, lentamente.

—Rovira.

—No dijo cómo se llamaba. Pero mi cliente lo describe con tanta exactitud, y con una frase de despedida…

—¿Cuál?

—«Buenas noches, joven. Reflexione.»

Marta cerró el termo.

—¿Qué le propuso?

—Un trato. —Camps abrió el maletín, sacó una libreta y leyó—: «Si usted firma una declaración diciendo que el inspector Ledesma le entregó los lápices 2H para que los destruyera, y que le pidió que borrara cierta información de un manuscrito, esta misma noche duerme en su casa.

Si no, le acusaremos de falsificación del contrato de cesión y de complicidad en el homicidio de Gaspar Villalba. »

—¿Y qué contestó?

—Que no. —El abogado alzó la vista—. Dijo, textualmente: «Prefiero dormir en una celda con la verdad que en mi cama con una mentira.» Después pidió un vaso de agua y se sentó en el suelo de la celda con la espalda contra la pared.

Ismael no dijo nada. No hizo falta. Una expresión de una ternura feroz, casi dolorosa, le cruzó el rostro y se quedó allí, quieta, sin que pudiera quitarla.

—Esa declaración —dijo Marta Ribas—, la ha tomado la jueza esta mañana, bajo juramento, con grabación. Consta en autos. Es una coacción documentada por un superior policial a un detenido.

—Lo sé.

—Casellas ha dicho una frase, al terminar. Me la ha pedido que se la repita.

—¿Cuál?

—«Ha cometido usted un error de aficionado, señor Rovira. Ha creído que el miedo era un procedimiento.»

Ismael abrió la boca y no consiguió decir nada. Marta Ribas le apretó el brazo.

—¿Puedo verlo? —dijo, al fin.

—Es imposible. Está en dependencias, bajo custodia. Pero hay una ventana.

La ventana era un panel de cristal esmerilado en la puerta de la sala de guardia, con una franja transparente a la altura de los ojos. Ismael se acercó. Al otro lado, sentado en una silla de plástico, en una habitación gris con un archivador y una mesa vacía, estaba Julián.