Capítulo 23
La trampa
Ismael bajó la escalera de piedra de la masía con las piernas sueltas, como si el nombre que llevaba dentro pesara más que él. En el último peldaño se detuvo. Carmen, que lo había seguido, le agarró el codo.
—Dime.
—Aquí no.
La arrastró hacia la despensa, un cuartito de baldosas frías con estantes de conservas y un olor a membrillo. Cerró la puerta. Una bombilla desnuda colgaba del techo, y bajo esa luz amarilla, Carmen lo miró con el palito del regaliz inmóvil entre los labios.
—Rovira —dijo Ismael.
No hubo sorpresa en la cara de Carmen. Hubo algo peor: reconocimiento. Cerró los ojos un segundo, y cuando volvió a abrirlos, parecía diez años mayor.
—Lo sabía —dijo.
—No lo sabías.
—No. Pero lo llevaba esperando desde el lunes. —Se pasó la mano por la nuca—. Un hombre que no pregunta. Que va a la editorial quince días antes. Que no encuentra un lápiz en una grava que ha pisado. Que llega «a tiempo» a todas partes.
—Rebeca no lo vio. Lo oyó. La voz de la llamada, la del andén, la de hoy, en la habitación. —Respiró—. Dijo «ayer», pero quiso decir «hoy». La voz de cuando entró y dijo «qué alegría verla».
—Es poco.
—Es una testigo que dice un nombre.
—Es una testigo sedada, con taquicardia, sospechosa de complicidad, que le susurra a un inspector con el que, si nos ponemos duros, tú tienes un problema personal.
—Lo dijo sin crueldad, como se da un parte meteorológico—.
Rovira es comisario general adjunto. Si lo acusamos hoy con eso, Fontanals nos come a los dos antes de las cinco.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Ismael apoyó la espalda en un estante. Detrás de él, un frasco de mermelada tintineó contra otro.
—Lo primero, que Rebeca no salga de aquí en un coche de Rovira. Ni en ninguno de los suyos.
—Eso puedo hacerlo yo.
—Marta Ribas. Que la jueza ponga a Rebeca bajo custodia judicial. Un testigo protegido, ingresado en el Josep Trueta de Girona, con Pons al lado y con una de tus agentes en la puerta. Que nadie entre sin orden de Casellas.
—Lo llamo ahora.
—Y lo segundo… —Se interrumpió. Una sombra pasó por la rendija bajo la puerta, y los dos callaron. Fuera, unos pasos lentos, pesados, se detuvieron un instante y siguieron hacia la cocina.
Carmen movió los labios sin voz: ¿Quién?
Ismael negó con la cabeza.
—Lo segundo —dijo, aún más bajo—: que nadie sepa lo que sé. Ni Ortega.
—¿Ni Ortega?
—Hasta que tenga algo más que una voz.
Carmen se sacó el palito de la boca. Lo miró. Lo volvió a poner.
—Eres un cabrón prudente —dijo—. Me gusta.
* * *
La orden de Marta Ribas llegó a las nueve y cuarto por fax a la guardia de Cruïlles, con la firma de la jueza Casellas y un sello en tinta violeta.
Testigo bajo protección judicial. Traslado inmediato al Hospital Universitari Josep Trueta, de Girona.
Custodia de la agente designada por la inspectora Vidal.
Prohibido el acceso a cualquier persona sin autorización expresa de este juzgado.
Rovira la leyó en el patio, de pie junto al coche gris, con el papel entre dos dedos. Leyó lentamente, de arriba abajo. Luego lo dobló en tres y se lo devolvió a Carmen.
—Es lo correcto —dijo—. La señora Casellas actúa con una prudencia admirable.
—Gracias, comisario.
—Es mi deber facilitarlo. —Sonrió—. ¿Quieren que les preste un coche escolta?
—No hace falta.
—Como quieran.
Se alejó hacia sus agentes. Ismael lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras la esquina del establo.
Había algo en su espalda, en la manera de cargar el peso sobre la pierna derecha, en la mano que se hundía en el bolsillo del abrigo, que de pronto le pareció distinto.
No más amenazante. Más familiar. Como una cara que hubiera visto cien veces sin mirarla.
Una ambulancia blanca y amarilla entró en el patio con la sirena apagada.
Salieron dos enfermeros con una camilla, y detrás de ellos el doctor Pons, con su chaqueta de lana y un maletín de cuero.
Rebeca bajó la escalera en brazos de uno de ellos, envuelta en una manta térmica, con la cabeza girada hacia el otro lado.
Al pasar junto a Ismael abrió un ojo, y sus labios se movieron.
No dijo nada. Pero apretó dos veces, con la mano libre, el borde de su abrigo.
Clàudia salió detrás, con una bolsa de tela al hombro y las gafas empañadas.
—Voy con ella —dijo.
—Va a tener que declarar —dijo Carmen.
—Lo sé. Pero voy con ella.
Carmen asintió. Se subió al asiento del copiloto de la ambulancia. Antes de cerrar la puerta, se inclinó hacia Ismael por la ventanilla.
—Nos vemos en Via Laietana a las doce y media.
—A las doce y media.
—Llama a Julián.
—No.
—Ismael.
—Después.
La ambulancia arrancó. Ismael la vio alejarse por la pista de tierra, entre los pinos, hasta que la niebla de la mañana, ya rala, se la tragó. Después se subió a su coche y arrancó hacia Barcelona con el nombre pegado a la garganta como un hueso.
* * *
Via Laietana a las doce y veinte era un hormiguero de cascos azules y de chaquetas oscuras.
En el vestíbulo de la comisaría, bajo el retrato del rey, Ismael encontró a Ortega esperándolo de pie, con el abrigo puesto y una cara que no había visto nunca: gris, sin color, como la de un hombre al que han dicho algo en un lugar frío.
—Sube —dijo.
—¿Qué ocurre?
—Sube.
Subieron en silencio, por la escalera de servicio, hasta el último piso. Al fondo del pasillo, la puerta del despacho de Ortega estaba abierta, y en el interior había tres hombres de pie, junto a la mesa, de espaldas a la ventana.
Uno era Rovira. Con la misma carpeta de cartón bajo el brazo y la misma sonrisa serena.
Otro, un hombre de sesenta años, corpulento, de pelo blanco muy corto y traje gris perla, con los ojos azules y fríos de los que han aprendido a no mover un músculo cuando mienten ni cuando dicen la verdad: el comisario general Fontanals.
Ismael solo lo había visto tres veces en seis años, siempre de lejos.
El tercero era un desconocido. Flaco, de gafas de montura metálica y bigote ralo, con una carpeta azul sobre el brazo.
—Inspector Ledesma —dijo Fontanals. Su voz era grave, tranquila, casi cordial—. Cierre la puerta.
La cerró. Ortega se quedó a su lado, en pie, con las manos en los bolsillos.
—Le presento al inspector jefe Prat, de Asuntos Internos. —Fontanals señaló al flaco—. Ha tenido la amabilidad de venir en sábado.
—Inspector.
—Inspector.
—Siéntese, por favor.
—Prefiero de pie.
—Como quiera. —Fontanals se sentó en el borde de la mesa. Con un gesto, invitó a Rovira a hablar.
Rovira abrió la carpeta de cartón. Sacó de ella, una a una, seis fotografías en papel brillante, de veinte por quince, y las dispuso sobre la mesa en una fila perfectamente alineada.
—Para ser breve —dijo—. Estas fotos han sido obtenidas, sin intervención oficial, por una persona vinculada a la investigación.
La primera, del domingo trece. La segunda, del lunes catorce.
La tercera, del miércoles. La cuarta, del jueves por la noche.
La quinta y la sexta, de ayer, a las dos de la tarde.
Ismael las miró.
La primera era el portal de Poble Sec, de noche, con dos hombres en el umbral, muy juntos, uno con la mano en el hombro del otro.
La segunda, la misma pareja, en el mismo portal, de día.
La tercera, él mismo saliendo de un edificio con una bolsa de compra.
La cuarta, una ventana iluminada, una cortina, dos siluetas en un abrazo.
Y las dos últimas, tomadas desde un coche aparcado, en un banco de Via Laietana, a plena luz: dos hombres sentados con diez centímetros entre sus manos, y un contacto, apenas un contacto, en el borde de un meñique.
El estómago se le cerró lentamente, sin ruido.
—Yo no soy un hombre que se escandalice —dijo Fontanals, sin mover los ojos—.
Y el comisario Ortega me ha asegurado que sus preferencias personales, inspector, no son asunto de nadie.
Se lo agradezco, y comparto el criterio.
—Una pausa—. Pero hay un detalle. El hombre de las fotografías es Julián, el ayudante personal de Gaspar Villalba.
Un sospechoso en una causa por homicidio.
—Testigo —dijo Ismael.
—Sospechoso. Lo consta así en el informe que usted mismo entregó.
«Acceso a la página sesenta y uno, posesión de lápices, nexo con la víctima.
» —Fontanals cruzó las manos—. Mantiene usted una relación íntima con él desde el sábado, según estas imágenes.
Y ha omitido comunicarlo a su superior. Eso, inspector, se llama conflicto de intereses.
—Comisario…
—Déjeme terminar. —Sin levantar la voz—. Hay más. El inspector jefe Prat ha recibido una denuncia, hecha esta madrugada, de que usted retiene en su poder pruebas del caso en su domicilio particular.
—¿Qué pruebas?
—Dos lápices Faber-Castell de dureza 2H.
—Hizo un gesto mínimo a Prat, que abrió su carpeta y sacó una bolsa de plástico transparente con dos lápices—.
Entregados a usted ayer, por Julián, en un banco de Via Laietana, sin acta ni registro.
Hemos hallado esos lápices esta mañana en su chaqueta, depositada en el vestuario.
Ismael se llevó la mano al bolsillo interior. Vacío.
No. Los lápices los había entregado a Carmen para el laboratorio, en la bolsa de pruebas. No los había puesto en la chaqueta. Alguien había abierto su taquilla, había depositado dos lápices exactamente iguales y había esperado.
Levantó los ojos. Rovira lo miraba con una compasión exquisita.
—No son los míos —dijo Ismael.
—Eso lo determinará el laboratorio.
—Los entregué a la inspectora Vidal.
—Lo comprobaremos.
—Esto es una trampa.
Nadie dijo nada. Ortega, a su lado, cerró los ojos. Prat carraspeó.
—Inspector Ledesma —dijo Fontanals, con una dulzura helada—. No se está acusando a usted de nada. Se le aparta del caso de forma cautelar, durante setenta y dos horas, mientras Asuntos Internos aclara las circunstancias. Entregue su placa y su arma.
—Comisario…
—Y su móvil.
—No.
—Es una orden.
Hubo un silencio. En el pasillo, muy lejos, alguien se reía por teléfono.
Por la ventana entraba una luz pálida, plana, de mediodía de sábado, y en el cristal Ismael se vio reflejado: un hombre de cuarenta y tres años, de pelo oscuro y mirada cansada, con los brazos caídos y la placa colgando del cuello como una condena.
Podía hablar. Tenía el nombre dentro. Podía decirlo allí, en voz alta, delante de Fontanals, de Prat y de Ortega: Rovira. Fue Rovira. Lo ha dicho Rebeca.
Y vio con claridad lo que ocurriría. Rovira, tranquilo, abriría las manos.
Una testigo sedada. Un inspector con un conflicto personal.
Una acusación sin una sola prueba. Fontanals le creería a él.
Todos le creerían a él. Y Rebeca, en la camilla del Trueta, quedaría sola con su miedo y con una custodia que se disolvería en veinticuatro horas.
Se quitó la placa del cuello. La dejó sobre la mesa, junto a las fotografías. Sacó la pistola de la funda, la descargó, y la dejó al lado. Después, despacio, el móvil.
—Gracias, inspector —dijo Fontanals.
—Comisario.
—Espero que comprenda.
—Comprendo perfectamente.
Miró a Rovira, por primera vez, de frente. Rovira sostuvo la mirada sin parpadear. Y entonces, en un gesto tan breve que solo Ismael podía verlo, con la mano derecha, golpeó una vez, suavemente, la tapa de su carpeta.
Mentía.
Ismael supo que mentía, y supo por qué, y supo que no podía demostrarlo.
—Con su permiso —dijo.
Salió. En el pasillo, junto a la máquina de café, se apoyó contra la pared y respiró hondo con los ojos cerrados.
Oyó, tras la puerta, el murmullo de las voces: la de Fontanals, la de Prat, la de Ortega, que dijo una frase breve y cortante que no alcanzó a comprender.
Y la de Rovira, tranquila, de un timbre grave y acariciador, que dijo algo muy bajo, y que Ismael reconoció, de golpe, con una claridad que le heló la sangre.
No lo había oído nunca en persona. Pero lo había oído, una vez, en el contestador de un teléfono de tapa, de una mujer que le había dejado un mensaje a las 22:41 de un martes de octubre: «Viene alguien.»
Y detrás de aquel mensaje, apenas audible, un murmullo. Una voz de hombre, a lo lejos, que decía: «Rebeca. Tranquila. Soy yo.»
* * *
Salió de Via Laietana a las doce y cuarenta y cinco, sin placa, sin pistola y sin móvil, con las manos en los bolsillos y un viento frío en la cara. Bajó hasta la Barceloneta con paso lento, sin saber adónde iba, y se detuvo frente al mar, en el paseo, junto a una barandilla de hierro.
El Mediterráneo estaba gris y plano. Un velero, a lo lejos, cruzaba la bocana con la vela flameando.
Se quedó allí mucho rato. No pensó en nada. Pensó en todo. En la mano de Julián sobre el banco. En un abrigo azul marino con las solapas subidas. En una agenda de cuero marrón con una letra pequeña y derecha. En un limonero.
Alguien se le acercó por detrás.
—Inspector.
Se volvió. Era Marta Ribas, la letrada de la Administración de Justicia, con un abrigo gris y un maletín de cuero. Estaba pálida. Tenía los ojos muy abiertos.
—He venido corriendo —dijo—. Me ha llamado la inspectora Vidal. Hace veinte minutos.
—¿Qué ha pasado?
—Se han llevado a Julián.
Ismael sintió que la barandilla de hierro, bajo sus manos, estaba helada.
—¿Quién?
—Una patrulla de Rovira. A las doce y media. Lo han detenido en su casa de Poble Sec por falsificación de documento público. El contrato de cesión. Dicen que la firma de Gaspar es suya.
—No es suya.
—Lo sé. —Lo agarró del brazo—. Por eso he venido. La jueza Casellas está furiosa. Ha pedido que lo trasladen a Via Laietana para tomarle declaración ella misma, pero Rovira ha dicho que hay riesgo de fuga. Lo llevan a Les Corts.
—A Les Corts.
—Sí.
—¿Y el gato?
—¿Qué?
—El gato. Errata. —La voz se le quebró—. ¿Quién va a darle de comer?
Marta Ribas lo miró sin comprender. Después, despacio, con una luz de ternura en los ojos, le apretó el brazo.
—Yo me encargo —dijo—. Se lo juro.