El fallo Capítulo 22
77%

Capítulo 22

Cruïlles

A las cinco y cuarenta de la mañana del sábado, el Baix Empordà era una masa de niebla sin forma.

La carretera de Cruïlles serpenteaba entre campos de maíz segado y bosquecillos de alcornoques, y los faros del coche de Carmen apenas abrían un túnel amarillo de diez metros por delante.

Ismael iba en el asiento del copiloto, con el abrigo abrochado hasta el cuello y el móvil en la mano.

La jueza Casellas había firmado el mandamiento a las once y diez de la noche anterior, en su casa, en zapatillas, según le había contado Marta Ribas por teléfono con una voz de sueño.

Rovira había dado la orden a las doce. Se salía a las cuatro y media de Via Laietana, en dos coches, con una unidad de seis agentes.

Ismael no había dormido más de dos horas. Había soñado con un andén sin vías.

—Mira el móvil —dijo Carmen.

—¿Por qué?

—Porque lo miras desde hace quince minutos sin mirarlo.

Ismael bajó la vista. En la pantalla, el último mensaje de Julián, de las 23:52: No te contesto porque no sé qué decirte y porque me da miedo decirlo. Descansa. Mañana, lo que sea, vuelve. Lo había leído cuarenta veces, y no había respondido ninguna.

Escribió: Vuelvo.

Lo borró. Escribió: Lo que sea, voy a volver. Lo envió antes de arrepentirse.

—Ya está —dijo Carmen, sin quitar los ojos de la carretera—. No ha sido tan difícil.

—Cállate.

—Callada.

Pasaron un cartel de piedra: CRUÏLLES, MONELLS I SANT SADURNÍ.

Doscientos metros después, a la izquierda, una pista de tierra, un portalón de hierro abierto y, al fondo, entre pinos, una masía de piedra rojiza de dos plantas, con un tejado a dos aguas y una torre cuadrada que parecía de otra época.

Las luces de los coches de Rovira ya estaban allí, apagadas, aparcados en fila.

Rovira los esperaba junto a la puerta del primer vehículo, con un abrigo de lana oscura, una linterna en la mano y el rostro lavado por la poca luz del amanecer.

—Puntuales —dijo.

—Siempre.

—Es una virtud. —Les tendió dos chalecos—. Son las seis menos diez. Entramos a las seis exactas. Dos por la puerta principal, dos por la cocina, uno por el establo y los demás cubren las ventanas del piso de arriba. Sin gritos. Sin armas, salvo necesidad.

—¿Está sola?

—Eso creemos.

—¿Y si no?

—Entonces lo sabremos a las seis.

Ismael se puso el chalecos. Mientras ajustaba las cinchas, miró de reojo a Rovira. Tenía las manos quietas, las dos, a los costados, y los ojos fijos en la fachada. Ni un golpe del índice. Ni un tic. Una calma perfecta, de estatua, que Ismael había aprendido en cuatro días a no creerse.

* * *

A las seis en punto, un agente golpeó la puerta con el puño.

—Policía. Abran.

Dentro, un ladrido seco, de perro viejo. Después, pasos. Después, un chirrido de cerrojo. La puerta se entreabrió.

La chica que asomó tenía veinticuatro años y la cara redonda de la foto de cumpleaños.

El pelo, castaño, mojado, le caía sobre los hombros.

Las gafas, grandes, de pasta, estaban empañadas por el calor de dentro.

Llevaba una sudadera de lana verde, demasiado grande, y calcetines de rayas, y en la mano derecha, sin darse cuenta, un cucharón de madera.

—¿Clàudia Ortuño Mas? —dijo Carmen.

—Sí.

—Policía. Tenemos un mandamiento…

—Lo sé. —La voz le salió muy baja, casi un susurro—. Pasen. Pero no griten. Está durmiendo.

Se hizo un silencio. Rovira, detrás de Carmen, ladeó la cabeza.

—¿Quién está durmiendo?

—Mi tía.

Nadie se movió. Un agente, junto a la ventana, bajó el arma unos centímetros.

—Su tía —repitió Ismael.

—Rebeca.

Clàudia se apartó de la puerta con un gesto de invitación casi doméstico, como quien hace pasar a unos vecinos que llegan con el café.

Tras ella, un pasillo de baldosas rojas, un perchero con un abrigo de mujer, claro, largo, que a Ismael le atravesó el estómago: el abrigo de la cámara dos del andén.

—Ha estado aquí —dijo— desde el martes.

* * *

La cocina de la masía era un cuarto grande de vigas oscuras y fogón de hierro, con una mesa de roble, una olla de caldo hirviendo y un perro viejo, un pastor mestizo de pelo gris, tumbado junto al fuego con el hocico entre las patas.

Olía a cebolla y a laurel. A través de la ventana, la niebla empezaba a deshacerse en jirones rosados.

Clàudia dejó el cucharón sobre la mesa. Las manos le temblaban.

—No ha hecho nada —dijo—. Mi tía no ha hecho nada. Está mala. Eso es todo.

—Señorita Ortuño —dijo Carmen—. Siéntese.

Se sentó. Los demás permanecieron de pie. Rovira, en la puerta de la cocina, no se había quitado la linterna de la mano.

—Cuéntenos desde el principio.

Clàudia se subió las gafas con un dedo. Habló mirando la mesa, con una voz clara y monótona, de colegiala que recita una lección.

—El lunes me llamó mi tía. Me dijo que alquilase un coche en Sants, a mi nombre, porque el suyo tenía una avería.

Que fuera al día siguiente a Portbou y la recogiera a las once menos cuarto en la estación.

Que no se lo dijera a nadie. —Tragó saliva—.

Le dije que sí. Ella siempre me ha ayudado en todo.

—¿Fue?

—Fui. Llegué a las diez y media. No estaba en el andén. La esperé en el coche, en la plaza. A las once menos diez sonó un teléfono público. Ella.

—¿Qué dijo?

—Casi nada. Que estaba en el bar de la playa. Que no podía ir sola. Fui. —Se mordió el labio—. La vi sentada en un banco, sin bolso, sin nada, con el pelo suelto y los zapatos en la mano. Temblaba. Me dijo: «Llévame, Clàudia. Llévame lejos.»

—¿Dónde?

—Aquí. Era la masía de mi tía Montse, que vive en Argentina, y que le deja a Rebeca las llaves. —Una pausa—. Aquí tenía que ir a escribir yo, el domingo. Un retiro, dijo. Me dijo que era un regalo para mí por haberme presentado al Meridiano.

Ismael sintió que Carmen, a su lado, dejaba de respirar durante un segundo.

—¿Usted sabe qué es el Meridiano?

—Claro.

—¿Y qué se presentó con su nombre?

—Sí. —La voz le tembló, y alzó la cabeza—.

Mi tía me dijo en junio que había encontrado la forma de publicar mi novela sin que se lo dijeran a nadie, para que fuera una sorpresa.

Que no me dijera cuál. Que ganaría. —Los ojos, tras las gafas, estaban enrojecidos—.

Yo escribí un libro de relatos. Se llama Las horas de la tarde .

Se lo di en marzo. Dijo que era «muy bueno, pero no suficiente. »

—Y luego, en junio.

—Me dijo que iba a ser «la autora de la temporada.» Que firmase unos papeles. —Se quitó las gafas, se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Firmé. No los leí. Era mi tía.

—¿Sabía que el texto presentado al Premio no era suyo?

Clàudia cerró los ojos.

—Lo supe el miércoles. Cuando ella me contó…

—Se interrumpió—. Cuando me lo contó por fin, en la cama, a las cuatro de la mañana.

Dijo que era de Elena Casas. Que la había usado.

Que Gaspar Villalba iba a denunciarla. Que habían hablado, y que él le había dicho que no.

—Una lágrima le rodó por la nariz—. Lloré toda la noche.

Era mi ídolo, ¿sabe? Elena Casas. Tengo todos sus libros.

Y mi tía… se ha servido de mí para robarle la obra a una muerta.

Nadie habló. El perro, junto al fuego, suspiró hondo, con un ruido de fuelle.

—Quiero verla —dijo Ismael.

—Está arriba. Con el médico.

—¿Qué médico?

—El doctor Pons, de Cruïlles. Lo llamé el miércoles. Es amigo de la familia. —Se enjugó la cara—. Dijo que era un cuadro de estrés agudo. Le da sedantes. No quiere que nadie la mueva.

Rovira se apartó del quicio de la puerta.

—Iré yo —dijo.

—Iremos todos —dijo Carmen.

—Es una mujer enferma.

—Es una testigo.

—Es la sospechosa de un homicidio, inspectora.

—Entonces ya sabe por qué iremos todos.

Subieron por una escalera de piedra estrecha, de peldaños gastados, con una barandilla de hierro frío. Clàudia abría la marcha, seguida de Carmen, de Ismael, de Rovira y de dos agentes. En lo alto, un rellano con una ventana al amanecer, y una puerta de madera con una cinta de luz por debajo.

Clàudia la abrió con dos dedos.

* * *

Era una habitación grande, de techo bajo y suelo de madera, con una cama de hierro, un armario ropero y un crucifijo de madera clara sobre el cabecero.

Una lámpara encendida sobre la mesilla. En una silla, al lado de la cama, un hombre de unos sesenta años, con una chaqueta de lana y unas gafas de leer sobre la nariz, que se puso de pie con una dignidad torpe.

—Doctor Pons —dijo Clàudia.

—Buenos días. —Miró a los policías con una expresión entre la cortesía y la alarma—. Les ruego que no la alteren. Lleva cuatro días con una taquicardia muy fuerte.

En la cama, bajo una colcha de ganchillo, con la cabeza apoyada en dos almohadas, había una mujer.

Cuarenta y ocho años. Pelo castaño, suelto, enmarañado. Piel blanca, casi translúcida, con unas ojeras violetas como moratones. Los labios agrietados. Las manos, fuera de la colcha, entrelazadas sobre el pecho, con una pulsera de cuentas de madera en la muñeca izquierda.

Rebeca Ortuño abrió los ojos.

Los fijó primero en Ismael. Luego, un segundo más tarde, en el hombre que estaba detrás de él.

Lo que le ocurrió a su rostro no fue un grito, ni una mueca. Fue un vaciamiento: como si alguien hubiera retirado, de un solo tirón, la sangre de las mejillas. Los labios se le abrieron. Los dedos se aferraron a la colcha.

—No —dijo, en un hilo—. No.

—Rebeca —dijo Rovira, con una dulzura perfecta—. Qué alegría verla. Hemos estado muy preocupados.

—Que se vaya.

—Rebeca, soy el comisario Rovira, de la Policía…

—Que se vaya. —Se incorporó medio cuerpo, con los ojos desorbitados, buscando con la mirada a Ismael, a Carmen, a quien fuera—. Por favor. Que se vaya.

El doctor Pons dio un paso adelante.

—Les ruego…

—Está bien, está bien. —Rovira levantó las dos manos, con una sonrisa comprensiva—. Es el miedo. Es comprensible. Esperaré fuera. —Miró a Ismael—. Inspector, la dejo en sus manos.

Salió, con el paso tranquilo, sin hacer ruido. Los dos agentes lo siguieron. Se oyó cómo bajaba la escalera, peldaño a peldaño, y cómo, en la cocina, alguien le decía algo y él respondía con el mismo tono de voz de siempre.

Carmen cerró la puerta.

—Rebeca —dijo Ismael—. Soy el inspector Ledesma.

—Lo sé. —La voz, aún un hilo, pero más firme—. Le vi en el memorial de Gaspar. Con el joven de la bufanda.

—Sí.

—Siéntese.

Se sentó en el borde de la cama. El doctor Pons le tendió un vaso de agua, que ella bebió con las dos manos, a sorbitos, sin apartar los ojos de la puerta.

—Voy a contarle lo que pasó —dijo—. Se lo voy a contar a usted y a nadie más. Y solo si me promete una cosa.

—Dígame.

—Que ese hombre no vuelva a acercarse a mí.

Ismael miró a Carmen. Carmen no se movió.

—Se lo prometo.

Rebeca cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando habló, lo hizo con la voz seca y monótona de quien ha ensayado mucho una frase en la oscuridad.

—Fui a Portbou el martes para convencer a Gaspar. Lo había intentado por teléfono, por carta, por Beatriz. Le llevaba un contrato y seis mil euros. Le dije: «Firma, y la novela sale con un buen nombre, y tú te quedas tranquilo.» Me dijo que no. Dos veces. Se lo conté a… —Se detuvo—. A alguien.

—¿A quién?

—Mande a callar a todos.

—Estamos solos.

—Mande a callar a todos. —Susurró—. Esas paredes son de piedra, pero oyen.

Carmen hizo un gesto al doctor, que se retiró a la puerta. Clàudia, junto al armario, se quedó inmóvil. Ismael se inclinó sobre la cama, hasta tener la cara a un palmo de la de la mujer.

—Dígame.

Rebeca apretó el brazo de Ismael con una fuerza que no esperaba.

—Gaspar vivía cuando me fui —dijo, muy bajo—. Yo lo dejé en la playa de abajo, junto a la barca varada, a las nueve y veinte. Vivo. Enfadado, pero vivo. Me fui al cementerio, donde está el memorial de Benjamin. Me senté. Estuve una hora y diez minutos. Lloraba. No sabía qué había hecho.

—¿Qué había hecho?

—Había pedido ayuda.

—¿A quién?

—A quien me había dicho que, si Gaspar no firmaba, él lo arreglaría. —Tragó—. «Déjamelo a mí, Rebeca. Tú solo tienes que traerlo al andén.»

—¿Quién?

—Una voz de hombre. Por teléfono. —Los dedos le temblaban en el brazo de Ismael—. Cuando volví al andén, a las diez y media, para coger el tren, pensé que lo habría solucionado. Que se habrían hablado. Y entonces vi, en la playa, algo flotando junto a la barca…

Calló. Cerró los ojos. Una lágrima le cayó por la sien, hasta perderse en la almohada.

—Llamé a Daniela. Escribí a B. «No puedo más. Ven.» Y apareció él en el andén. Con la gorra, con el abrigo azul marino. Me puso una mano en el hombro. Me dijo: «Ha sido un accidente, Rebeca. Nadie tiene por qué saber que usted estaba aquí.»

—¿Le vio la cara?

—No. Llevaba la gorra baja y un pañuelo hasta la nariz. Me hizo andar hacia la salida de la estación, a un coche. Me quitó el bolso. Me quitó el móvil. Yo grité. Se puso muy tranquilo. Me dijo que, si hablaba, Clàudia sería la siguiente.

Clàudia ahogó un sollozo, junto al armario.

—Pero logré escapar. Salté del coche en la rotonda. Corrí hasta el bar de la playa. Llamé a mi sobrina. Ella vino. Me trajo aquí.

—Rebeca. —Ismael habló muy despacio—. ¿Le oyó la voz? ¿Esa noche, en el andén?

—Sí.

—¿La reconoció?

La mujer abrió los ojos. Eran grandes y oscuros, con un brillo vidrioso de fiebre. Miró primero hacia la puerta cerrada, luego hacia la ventana, donde el amanecer había teñido de rosa la niebla, y por último, otra vez, al rostro de Ismael.

—Es la misma voz de la llamada —dijo—. La misma que me había dicho: «Déjamelo a mí.» La misma que ayer, a las seis de la mañana, estaba al otro lado de esa puerta, hablando con mi sobrina como si nada.

Ismael sintió que algo, en la nuca, se le helaba despacio.

—¿Quién es?

Rebeca le soltó el brazo. Hizo un gesto con el dedo, un gesto infantil, para que se acercase más. Ismael inclinó la cabeza hasta tener sus labios a dos dedos de la oreja.

Y ella, con un aliento cálido y seco, le dijo un nombre.

Ismael lo escuchó una vez. Lo escuchó dos, para estar seguro. Y cuando se incorporó, con el pulso retumbándole en las sienes, vio, a través de la ventana del cuarto, abajo en el patio, junto al coche gris, a un hombre de abrigo oscuro que hablaba por teléfono con la mano libre apoyada en el capó.

No hablaba con prisa. Hablaba con la serenidad exacta de quien da, por fin, una orden.

Cuarenta segundos. Ismael los contó. Después el hombre colgó, guardó el teléfono en el bolsillo interior del abrigo y levantó los ojos, justo hacia aquella ventana.

Sonrió.