Capítulo 21 #2
—Y no puedo decirte que no estés bajo sospecha, porque lo estás.
—Lo sé. —Julián sonrió, muy poco—. Yo también te tengo en mi informe, ¿sabes? A mí me interesa más que a nadie que lo resuelvas bien.
Se quedaron en silencio. Un hombre pasó con un perro, y el perro, un galgo gris, se detuvo a olisquear la pata del banco.
—Anoche no dormí —dijo Julián.
—Yo tampoco.
—Pensé en llamarte veinte veces.
—Yo pensé en llamarte treinta.
La risa fue pequeña, casi inaudible, de las que no se dan a alguien sino a sí mismo. Julián levantó la mano, despacio, y la dejó sobre el banco, entre ambos, a diez centímetros de la de Ismael. No la tocó.
—Haz tu trabajo —dijo—. Yo haré el mío.
—¿Cuál?
—Cuidarte. Que es lo único que se me da bien sin lápices.
Ismael cerró los dedos sobre el borde de la madera. A su espalda, en la comisaría, las ventanas reflejaban el cielo. Era mediodía en Barcelona. Nadie los miraba. Y aun así, durante tres segundos, él movió la mano hasta tocar la de Julián, apenas el borde, la yema del meñique, un contacto de papel.
Lo retiró.
—Esta noche —dijo.
—Esta noche, no. Cuando esto acabe. Si acaba. —Julián se levantó, se ajustó la bufanda—. Ahora vete, que te esperan.
Ismael lo miró alejarse por la acera, con las manos en los bolsillos y la mochila al hombro, bajo un cielo de un blanco muy limpio. No se volvió. A Ismael le pareció la espalda de un hombre que se está esforzando mucho por no volverse.
* * *
Rovira se presentó a las cinco y veinte de la tarde, sin cita, en el despacho de Ortega, con la carpeta de cartón bajo el brazo y una sonrisa que no llegaba a nada.
Ortega, que no lo esperaba, tardó unos segundos en levantarse.
Carmen, junto a la ventana, se cruzó de brazos. Ismael no se movió de su silla.
—Comisario. Inspectores. —Dejó la carpeta sobre la mesa—. Vengo a traerles algo.
—Mejor tarde que nunca —dijo Ortega.
—Mejor a tiempo. —Rovira abrió la carpeta y sacó un par de folios grapados, con membretes del peaje de la AP-7—. Esta mañana me han pasado el registro de pasos de Girona a Figueres de la noche del martes. Los diez coches que bajaron de Portbou hacia Barcelona entre las 23:20 y las 00:10.
—¿Y?
—Nueve eran camioneros y turistas. Uno, un Seat León de alquiler, matrícula terminada en JRK, pasó por el peaje de Figueres a las 23:41. —Pasó el dedo por la fila—. Alquilado el lunes anterior en la sucursal de Sants, por cuatro días, con tarjeta de crédito y carnet de conducir a nombre de…
Hizo una pausa. Una pausa limpia, bien medida.
—Clàudia Ortuño Mas.
Ismael sintió que algo, muy hondo, se ponía en su sitio con un chasquido. Carmen levantó la cabeza.
—Clàudia está de retiro desde el domingo —dijo—. Su compañera de piso nos lo dijo.
—Eso le dijeron. —Rovira cerró la carpeta—. Pero el coche lo alquiló ella, el lunes, y lo devolvió el miércoles, a las ocho de la mañana, con setecientos treinta kilómetros. Que es, más o menos, lo que se hace entre Barcelona, Portbou y vuelta.
—¿Cómo lo ha sabido tan rápido?
—Tengo gente.
—Siempre tiene gente.
—Es mi trabajo, inspector.
—¿Y ahora dónde está?
—Eso es lo que quiero decirles. —Una sonrisa, esta vez de cortesía completa—. La he localizado. En una masía de Cruïlles, en el Baix Empordà, que pertenece a la hermana de Rebeca Ortuño. Sin móvil. Sin teléfono fijo. Sin coche. Con la maleta y el portátil. «Un retiro de escritura.»
Ortega apoyó las dos manos sobre la mesa.
—Eso es una detención.
—Es una detención, comisario. Si me permite, mañana a las seis, con una unidad. —Rovira miró a Ismael—. Y como el inspector lleva cuatro días en este caso, y no quisiera que dijese que se le ha apartado, le invito a acompañarme.
—¿Por qué mañana y no hoy?
—Porque a las doce de la noche me hace falta el mandamiento de la jueza Casellas, que no se firma hasta mañana a las cinco. —Se encogió de hombros—. Y porque una detención con prisa es una detención con errores.
Ismael lo miró sin parpadear.
—Usted fue a la editorial el veintiséis de septiembre.
La sonrisa de Rovira no se movió. Tampoco cambió el brillo de los ojos. Solo, durante medio segundo, el dedo índice de su mano derecha golpeó la tapa de la carpeta de cartón.
—Veo que ha hablado con Serra.
—Quince días antes de que Gaspar muriera.
—Sí. —Y con una calma perfecta—: Tenía un informante.
Un aviso anónimo sobre una posible irregularidad en el Premio.
Fui a comprobarlo. No encontré nada. Lo archivé.
—Hizo un gesto casi paternal—. Es lo que hace un policía con un aviso anónimo, inspector.
Lo guarda. Y lo olvida, hasta que alguien muere.
Nadie habló. Ortega se había quedado muy quieto, con los ojos entornados.
—Mañana a las seis —dijo, por fin—. Con Ledesma. Con Vidal. Con una unidad mía, no suya.
—Naturalmente.
—Y esta vez, Rovira, nadie se adelanta.
—Nadie. —Cerró la carpeta. Se la puso bajo el brazo—. Buenas tardes.
Salió con ese paso tranquilo que no hacía ruido. Cuando la puerta se cerró, Ortega abrió el termo, lo olió, y esta vez bebió un trago largo.
—Quince días —murmuró—. Un aviso anónimo. Un archivo.
—No lo ha archivado —dijo Carmen.
—No.
—Lo ha guardado.
—Para algo —dijo Ismael, mirando la puerta—. Y mañana a las seis lo sabremos.