El fallo Capítulo 21
73%

Capítulo 21

El plazo

El comisario Ortega recibió a Ismael y a Carmen a las ocho en punto, con el despacho a oscuras y el termo de café en el mismo sitio que el lunes. La fotografía enmarcada seguía boca abajo. Nadie la mencionó.

—Hasta las seis de la tarde —dijo Ortega, sin saludar—. A las seis llamo a Fontanals. Le cuento lo del bolso, lo de la plica, lo del cotejo y lo del vídeo de Portbou. Y le cuento también que mis dos mejores inspectores no tienen un solo nombre que ponerle encima de la mesa.

—Tenemos varios —dijo Carmen.

—Tenéis un abrigo azul marino, una chica en paradero desconocido y una mujer de setenta años con un bastón. Eso no es un caso. Eso es una función de teatro.

—El contrato de cesión…

—Falsificado, sí. ¿Por quién?

Ismael no respondió.

—Esa es la pregunta. —Ortega destapó el termo, olió el café, lo tapó otra vez—.

Hoy interrogáis a Serra. Viene a las diez, con abogada.

Me lo ha pedido Casellas, no me lo ha pedido nadie más.

Le ha dicho al juzgado que prefiere «colaborar voluntariamente».

—Torció la boca—. Un hombre que prefiere colaborar es un hombre que viene a escuchar lo que sabéis.

—Lo sé.

—Entonces no se lo deis. —Los miró a los dos—. Traedme algo que no sea un bolso.

* * *

Joan Serra llegó a Via Laietana a las diez menos cinco, en un taxi, con un abrigo de cachemir gris perla, una bufanda de seda al cuello y un maletín de cuero que no soltó ni para sentarse.

Sesenta y dos años, alto, delgado, de rostro afilado y pelo plateado peinado hacia atrás con la precisión de un grabado.

Hablaba con una voz grave y acariciadora, de locutor de radio de otra época, que a Ismael le recordaba, sin saber por qué, a un confesionario.

A su lado, con la misma carpeta negra del lunes y la misma tensión en la boca, Teresa Vallès.

—Señor Serra —dijo Carmen, y encendió el grabador—. Gracias por venir.

—Es un deber cívico, inspectora. —Sonrió—. Y un placer, si me permite. Una investigación bien conducida siempre es una forma de literatura.

—Esto no es literatura.

—Todo lo es. —Alzó una mano, conciliador—. Pregunten.

Ismael esperó a que Carmen terminara de apuntar la fecha. Después abrió una carpeta sobre la mesa y sacó, una a una, tres fotografías.

—El bolso de Rebeca Ortuño. Hallado ayer, enterrado en el jardín de Beatriz Salvatierra. —Serra no se movió—. El contrato de cesión de Los jardines de la sal a favor de Clàudia Ortuño Mas. —Dejó la segunda—. Y el sobre con seis mil euros.

—Una escena desagradable —dijo Serra.

—¿La conoce?

—Por lo que me han contado. Me llamó Beatriz anoche. Estaba muy afectada.

—¿Qué le dijo?

—Que había aparecido el bolso de Rebeca. Que la policía había cavado en su jardín. Que ella no sabía nada. —Se ajustó los gemelos—. Le creí, naturalmente. Beatriz es incapaz de enterrar nada que no sea una conversación.

Teresa Vallès tosió, un tosido seco que podía ser una advertencia. Serra no la miró.

—Señor Serra —dijo Carmen—. Tenemos un testimonio de que usted, Rebeca Ortuño y la señora Salvatierra pactaron, en verano, presentar la novela póstuma de Elena Casas con el nombre de Clàudia Ortuño.

—Un testimonio.

—De la propia Beatriz.

—Entonces es un testimonio de segunda mano.

—Sonrió con una melancolía casi bonita—.

Permítame que lo ordene. Yo no pacté nada.

En junio, Rebeca vino a verme con una idea.

Dijo: «Joan, hay una novela de Elena Casas inédita que va a quedar en un cajón.

¿No sería un crimen?» Me pareció que tenía razón.

Le dije que si había un modo de presentarla bajo un seudónimo, con la autorización del albacea, yo no vería inconveniente.

—¿Qué seudónimo?

— Ana Marín. Lo eligió Elena, según me contaron.

—¿Y el nombre de Clàudia?

—¿En la plica? —Frunció el ceño, con una extrañeza que parecía auténtica—. No lo sabía hasta que usted me lo ha dicho. Quiero decir: hasta ayer. Las plicas son sagradas, comisario. Yo nunca he visto una.

—Inspector —corrigió Ismael.

—Inspector. Perdón.

—Entonces el contrato de cesión, ¿quién lo preparó?

—Rebeca. —Lo dijo muy deprisa, y se corrigió—: Quiero decir, supongo. Era su sobrina. Ella manejaba sus asuntos.

—¿Le consultó?

—Me preguntó si la editorial estaría dispuesta a publicarla con ese nombre. Dije que sí, siempre que hubiera cesión formal del albacea.

—Gaspar Villalba.

—Pobre Gaspar. —Serra bajó los ojos, con una compostura que a Ismael le pareció ensayada hasta el último centímetro—. Me dijo que no quería. Que la novela era de Elena y que Elena tenía derecho a que su nombre figurase. Se lo respeté. Es lo que se hace.

—¿Cuándo se lo dijo?

—A mediados de agosto.

—¿Y desde agosto hasta el martes de la semana pasada, qué ocurrió?

—Nada.

—¿Nada?

—Que yo sepa. —Se pasó una mano por las sienes—. Yo no estaba en el día a día. Rebeca estaba en el día a día.

Carmen se echó hacia atrás.

—El martes por la noche. ¿Dónde estaba usted?

—Cenando.

—¿Con quién?

—Con el jurado del Premio. Tres miembros, la secretaria, un fotógrafo.

En el restaurante Tamarit, de Sitges. Desde las nueve hasta pasada la medianoche.

—Sonrió—. Teresa tiene el recibo. Y las dos camareras que nos atendieron, que nos miraron raro porque Aurelio Fuster, el crítico, se emborrachó y empezó a declamar.

Teresa Vallès abrió la carpeta, sacó una hoja y la dejó sobre la mesa. Un tique: Cena 8 cubiertos, 21:12 – 00:20. Mesa 7. Pagado con tarjeta Meridiano.

Ismael la leyó dos veces. La firma estaba al pie: «E. Serra».

—¿Su abrigo? —dijo.

—¿Mi abrigo?

—Esta mañana lleva uno gris perla. ¿Tiene otro, azul marino, de lana?

Serra se rio, una risa suave y de verdad.

—Inspector, tengo cuatro abrigos. Uno de ellos es azul marino. Como la mitad de los hombres de Barcelona.

—¿Gorra?

—Jamás. —Se palpó el pelo plateado, divertido—. Me estropean el peinado.

Hubo un silencio. Teresa Vallès miraba la mesa.

—Una última cosa —dijo Ismael—. El señor Rovira. Comisario general adjunto de…

—No sé de qué cargo.

—¿Lo conoce?

—Estuvo en la editorial en septiembre.

Ismael dejó el bolígrafo.

—¿En septiembre?

—A finales. El día veintiséis, creo. Pidió una reunión «por motivos de seguridad del Premio».

Había recibido, dijo, un aviso confidencial: que alguien podía intentar manipular el fallo.

Me hizo preguntas sobre quién tenía llave del archivo, quién manejaba las plicas, quién imprimía las copias.

—Se encogió de hombros—. Pensé que era un exceso de celo. No tenía motivo para pensar otra cosa.

—Gaspar murió el martes diez de octubre. Rovira llegó al caso el jueves.

—Sí.

—Es decir, que Rovira ya sabía de la existencia del Premio, de su archivo y de sus plicas, quince días antes de que Gaspar apareciera muerto.

—No sé qué sabía —dijo Serra, y por un instante, apenas un instante, la voz grave se le quebró en una nota más aguda—. Yo solo respondí lo que me preguntó.

Carmen apagó el grabador.

* * *

Julián apareció a las dos de la tarde, sin avisar, en la puerta de la comisaría.

Llevaba un abrigo oscuro, una bufanda de lana verde, un sobre marrón bajo el brazo y una mochila colgada del hombro.

Estaba muy pálido y más delgado que dos días antes, como si en cuarenta y ocho horas se hubiera ido gastando por los bordes.

El agente de guardia lo miró con una ceja alzada.

—Vengo a declarar —dijo.

—¿A declarar qué?

—Lo que el inspector Ledesma tenga a bien preguntarme.

Ismael lo vio desde lo alto de la escalera, junto a la máquina de café. Bajó los peldaños despacio, con las manos en los bolsillos, y por un momento tuvo la sensación de que cada escalón era un año.

—Julián.

—Inspector.

Se miraron. A su alrededor, un pasillo lleno de ruidos de teclados y de teléfonos. Ismael hizo un gesto con la barbilla hacia la puerta del fondo.

—Aquí no.

Salieron a la calle. La luz de la tarde caía oblicua sobre Via Laietana, con su tráfico sin descanso y su fachada de piedra gris, y a unos metros, en la esquina, había un banco de madera medio escondido bajo un plátano sin hojas. Se sentaron, cada uno en un extremo.

Julián abrió el sobre sin mirarlo.

—Las fotocopias de Elena. Páginas sesenta a sesenta y cuatro. Con mis anotaciones a lápiz. —Se las pasó—. Verás que no hay ninguna marca de trueque. Ella no me lo dijo hasta después. Yo leí lo que me dio, que era la versión sin cambio.

Ismael las revisó. En el margen, una letra pequeña y limpia, con las ces cerradas: bien , quizá más seco , ¿"esa" o "aquella"? . Ninguna alusión a ningún intercambio de papeles.

—Y esto. —Julián abrió la mochila. Sacó un estuche de cuero, de los que se usan para pinceles, y lo puso entre ambos sobre el banco—. Los lápices.

Ismael lo miró.

—Elena me los regaló en abril. Dos. Uno para cada oído, dijo, porque se reía de mí.

Los tengo sin tocar. —Abrió el estuche. Dos lápices Faber-Castell 2H, afilados con navaja, de la misma madera que los de la caja del estudio.

Intactos, sin una sola marca de uso—. Los afilé yo.

Mira la punta. Yo afilo siempre en la misma dirección.

Quien dibujó el deleátur afiló al revés.

—Lo sé —dijo Ismael—. Lo vimos en el laboratorio.

—Entonces, de los doce, dos los tengo yo. Siete estaban en la caja. —Contó, con los dedos—. Faltan tres.

—Uno en Portbou. Uno en el memorial.

—Y uno que no está en ninguna parte.

—Sí.

Julián guardó el estuche, y las manos le temblaron un poco al cerrarlo.

—He pensado mucho —dijo— estos dos días. Me he dicho que tenías razón en preguntarme. Que si hubiera sido yo en tu sitio habría hecho lo mismo. Y que lo que me dolió no fue la pregunta, sino que la hicieras con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de ponerte entre mi cocina y tú.

Ismael tardó en contestar. Un autobús pasó con un chirrido, dejando tras de sí un olor a gasóleo y a hojas.

—Tengo que ponerte en el informe, Julián. Tú y Beatriz tenéis acceso a la página sesenta y uno. Los dos teníais copia. Los dos sabíais de los lápices. Eso no depende de lo que yo sienta.

—Lo sé.