El fallo Capítulo 20
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Capítulo 20

El limonero

El estudio de Elena Casas estaba en la planta alta de la casa de Gaspar, en Gràcia, al final de un pasillo que olía a papel viejo y a cera de muebles.

Amparo les había dado la llave el domingo, tras el entierro, con una frase que Ismael no había olvidado: «Tomad lo que haga falta. A mí me duele entrar.»

A las ocho y media de aquel jueves, con la luz gris de octubre entrando por una ventana de guillotina, la habitación parecía una cápsula.

Un escritorio de nogal bajo la ventana. Una máquina de escribir Olivetti cubierta con una funda de tela.

Una lámpara de latón con la pantalla verde.

Tres estanterías hasta el techo, una butaca de lectura con una manta doblada en el brazo, y en la pared, sobre el escritorio, una sola fotografía en blanco y negro: una mujer joven de pelo corto, sentada en un muro de piedra frente a un mar que no se veía, riéndose de algo que quedaba fuera del encuadre.

—Ella —dijo Carmen.

—Sí.

Ismael se puso los guantes. Carmen abrió el cajón superior. Dentro, una escribanía antigua, un abrecartas de hueso, una caja de clips, y en un rincón, atada con una goma, una cajita de cartón verde y dorado, de las que vienen con una docena de lápices.

Faber-Castell. 2H.

La abrió con dos dedos. Siete lápices, afilados con navaja, con la madera cortada en facetas largas y limpias. Cinco huecos, forrados de terciopelo gastado.

—Faltan cinco.

—Uno está en una bolsa, en el laboratorio, con tierra de Portbou en la punta —dijo Ismael—. Otro lo usaron para el memorial.

—Quedan tres.

—Que no sabemos dónde están.

Carmen cerró la caja con delicadeza, como quien cierra los párpados de alguien. La guardó en la bolsa. Después abrió el segundo cajón, más hondo, y de él sacó una agenda de cuero marrón, de las de una página por día, con el lomo reventado de tanto uso. Pasó las hojas con el pulgar.

—Aquí hay cosas.

Se la dio. Ismael se sentó en la butaca, bajo la lámpara, y leyó.

La letra de Elena era pequeña, derecha, con las eles muy altas.

A lápiz, siempre a lápiz. Las primeras páginas eran citas, nombres, una receta de bacalao, un número de teléfono con el comentario llamar antes de las 9 .

Pero a partir del mes de marzo, y hasta el mes de junio, que era el último, las entradas se hacían más largas y más pausadas, como si escribir fuera lo único que la mantuviera en pie.

12 de abril. Terminada. «Los jardines de la sal». 342 págs. Tres años. No se la enseño a nadie hasta que esté lista. Solo a G., que dirá que no a todo. Y a J. para el oído.

20 de abril. G. ha leído hasta la 120. Dice que el cambio en la 61 no va. Que la Lectora no puede ser la que dice «siempre guardas una copia». Dice que eso es del Corrector. Discutimos. Me ha escrito No en el margen con esa mano de maestro. Cabrón. Tiene razón.

3 de mayo. R. llama otra vez. Quiere la novela «para el Meridiano». Le digo que es pronto. Dice que la niña, su sobrina, escribe bien. Que sería una buena compañera de viaje. Me hace gracia. Le digo que la lea Beatriz.

19 de mayo. B. ha leído la mía. Dice que es la mejor. Dice que el premio es mío «si quieres». Le digo que no sé si lo quiero. Se ríe. «Elena, todo el mundo lo quiere. Lo que cambia es quién lo confiesa.»

14 de junio. Me han dicho lo del médico. No lo escribo.

20 de junio. Si no llego al fallo, que la presente G. con otro nombre. Con un seudónimo. Sin foto, sin lo mío. Que gane o pierda sola. Se lo he pedido. Ha dicho que sí.

Ana Marín, por mi abuela.

Ismael cerró la agenda. El estudio, a su alrededor, era el mismo de antes, pero la luz había cambiado.

—Es suya —dijo, con la voz muy baja—. Los jardines de la sal. Es la novela de Elena. Ella la escribió, ella la nombró, ella pidió que se presentase con seudónimo. —Levantó la cabeza—. Y alguien pegó el nombre de una chica de veinticuatro años encima.

—Y le puso una plica con una firma redonda.

—Gaspar era el albacea. Él tenía que presentarla. Él la presentó.

—¿Y quién cambió la página sesenta y uno?

—Alguien que quería que la novela pareciera suya. O de otra. —Ismael se pasó la mano por la cara—. Alguien con una copia de trabajo de Elena, sin la respuesta de Gaspar.

—Julián, Beatriz.

—O Gaspar mismo, antes de cambiar de opinión.

Carmen lo miró con un ojo medio cerrado.

—Pero no la cambió.

—No.

—Y por eso murió.

Ninguno respondió. En el pasillo, abajo, una puerta se cerró con un golpe suave, y los dos se quedaron muy quietos, como niños en una casa ajena.

Era el viento.

* * *

La casa de Beatriz Salvatierra tenía un jardín trasero que no se veía desde la calle: cuarenta metros de césped irregular, un pozo de piedra con una tapa de madera, un cobertizo con la puerta entornada, y en el centro, solo, un limonero de copa baja, cargado de frutos amarillos que nadie había recogido.

A las once de la mañana, con el sol justo encima, la sombra era una mancha redonda y densa.

Beatriz los recibió en la galería acristalada con un abrigo de lana color mostaza y su bastón de empuñadura de plata. Tenía la mirada limpia de los que han dormido bien, y el té ya servido en una bandeja: tres tazas, azucarero, un pequeño plato de galletas de mantequilla.

—Pasen. Les esperaba.

—¿Por qué? —dijo Carmen.

—Porque si yo estuviera en su lugar, vendría otra vez. —Les indicó los sillones—. Ayer me llamó una abogada de Meridiano, muy nerviosa. Me dijo que la plica de Ana Marín se había abierto. Que el nombre no era el de nadie que yo conociera. —Sirvió el té con el pulso firme—. No es verdad, claro.

—¿Qué no es verdad?

—Que no lo conozca. Clàudia Ortuño es la sobrina de Rebeca. Es una criatura dulce y perdida, y ha escrito un libro de relatos que no es malo. Pero Los jardines de la sal no lo ha escrito ella. —Sorbió—. Lo escribió Elena. Y Gaspar y yo lo sabíamos.

Ismael apoyó la taza en el plato sin haberla tocado.

—Eso es una confesión.

—Es un hecho. Una confesión es cuando te cargan algo.

—Sonrió sin alegría—. Elena me pidió, antes de morir, que la novela concurriese con un seudónimo.

Gaspar iba a presentarla. Rebeca se enteró, no sé cómo, y vino a verme con una proposición.

Dijo que «una niña desconocida» ganando el Meridiano con una obra de Elena sería «el mejor homenaje».

Le dije que me parecía una vulgaridad. —Dejó la taza—.

Y me contestó que lo tenía hablado con Serra.

—¿Con Serra?

—Con Joan Serra, sí. Para que el nombre en la plica fuera el de Clàudia, y no el de Gaspar. Con Elena muerta, nadie tendría que firmar nada. Salvo Gaspar, como albacea. Y Gaspar dijo que no.

Carmen y Ismael se miraron.

—¿Cuándo?

—En agosto. En esta galería. —Giró la cabeza hacia el cristal—.

Le ofrecieron dinero, que no aceptó. Le ofrecieron un puesto en la editorial, que rechazó.

Le ofrecieron el reconocimiento póstumo, que le pareció una indecencia.

—Una sonrisa mínima, de reconocimiento—.

Gaspar era un hombre muy cansado. Pero nunca dejó de tener principios, cosa que, a esta edad, es un lujo.

—¿Y usted qué hizo?

—Nada. —Lo dijo mirándolos de frente—. Yo no hice nada. Ese es mi pecado.

Ismael sostuvo su mirada.

—El martes por la noche, a las diez y media, ¿dónde estaba?

—Aquí.

—¿Sola?

—Con mi gato y mi medicación. —Se encogió de hombros, y la lana del abrigo crujió—. Puede preguntarle a la vecina de enfrente, que me vio cerrar las contraventanas.

—¿A qué hora?

—A las nueve.

Hubo un silencio en la galería, con el vapor del té subiendo entre los tres y fuera, en el jardín, una paloma torcaz que arrullaba con voz de campana de madera.

Carmen se había levantado sin hacer ruido. Estaba junto al cristal, mirando hacia el limonero. Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta, el palito de regaliz en la boca, y una atención en los ojos que Ismael conocía bien: la de un perro que ha olido algo debajo de la tierra.

—Señora Salvatierra. ¿Quién cuida el jardín?

—Un chico de Sant Gervasi. Viene los lunes.

—¿Plantó algo esta semana?

—No que yo sepa. ¿Por qué?

—Porque la tierra al pie del limonero está más oscura que la de alrededor. Y más suelta.

Beatriz se volvió despacio hacia el cristal.

—Los limoneros se riegan, inspectora.

—No así.

Se oyó el tictac de un reloj en la pared. Beatriz alargó la mano hacia la taza y se detuvo a medio camino.

—No tengo nada que ocultar —dijo.

—Entonces no tendrá inconveniente en que vengan los técnicos.

—Con mandato judicial.

—Con mandato judicial —asintió Ismael, y sacó el móvil, y marcó el número de la jueza Casellas.

* * *

A las cuatro y diez de la tarde, bajo un cielo que había empezado a oscurecer, tres técnicos de la científica con monos blancos retiraron con palas pequeñas la capa superior de tierra al pie del limonero.

Beatriz se había retirado a su dormitorio.

Carmen y Ismael, de pie junto al pozo, miraban sin hablar. El aire olía a tierra húmeda y a limón.

A los cuarenta centímetros, una pala chocó con algo blando.

—Alto —dijo uno de los técnicos.

Retiraron la tierra con las manos. Primero apareció una esquina de plástico negro. Después, una bolsa de basura de las gruesas, anudada con cinta americana. Ismael sintió que el pulso le latía en las sienes.

—Despacio.

La levantaron entre dos. Pesaba poco. La depositaron sobre una lona. Un técnico cortó la cinta con un escalpelo. La bolsa se abrió con un suspiro, y de ella salió un olor a cuero húmedo.

No era un cuerpo.

Era un bolso. Un bolso de mujer, de piel color camel, con un cierre dorado y una correa larga.

Dentro, envuelto en otra bolsa más pequeña, un teléfono apagado, un monedero con el carnet de identidad de REBECA ORTUÑO ALBERTÍ , una cartera con tarjetas, unas gafas de lectura, una barra de labios y un sobre blanco, tamaño folio, sin cerrar.

Ismael lo abrió con las pinzas.

Dentro, doce billetes de quinientos euros sujetos con una goma. Y debajo, una hoja de papel con membrete de una notaría, mecanografiada, firmada y sellada.

Contrato de cesión de derechos de explotación y autoría, a favor de Clàudia Ortuño Mas, de la obra «Los jardines de la sal», de Elena Casas Pons, fallecida…

—Mira la firma —dijo Carmen, muy bajo.

Al final del documento, en la línea de «el albacea», una firma ya trazada: Gaspar Villalba . Un garabato hecho con una pluma. Y la fecha, el martes. Nada más.

—No es suya —murmuró Ismael.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la he visto en el memorial de Julián. La G de Gaspar tiene un gancho inferior. Esta no.

—Falsificada.

—Antes o después de que se negara.

Carmen se arrodilló junto a la lona. Con las pinzas sacó el teléfono de Rebeca, un modelo de hace tres años, y apretó el botón lateral. La pantalla se mantuvo negra.

—Sin batería.

—Que lo carguen. Ahora.

—Ya lo hago.

La tarde se oscurecía. Las luces de los técnicos dibujaban sombras largas sobre el césped. Ismael se quedó mirando el hueco de tierra abierta bajo el limonero: un agujero de apenas medio metro de ancho, ordenado, limpio, de los que se cavan en una noche, con prisa y con cuidado.

—Aquí no hay cuerpo —dijo.

—No.

—¿Dónde está Rebeca?

—Con quien llevó el bolso de Portbou a Barcelona y lo enterró en el jardín de una mujer de setenta años con un bastón. —Carmen se levantó—. Y no ha sido la mujer.

—No tiene coche.

—Tiene a alguien con coche.

Ismael pensó en un abrigo azul marino con las solapas subidas.

* * *

A las ocho y cuarto de la noche, en la sala de la científica de Via Laietana, con las persianas bajadas y la bolsa de pruebas sobre la mesa, el teléfono de Rebeca cobró vida con un parpadeo azul.

Pidió el PIN. Carmen lo probó con cuatro fechas, y a la quinta, el cumpleaños de Clàudia, el 14 de marzo de 1999, la pantalla se abrió.

Tenía veintitrés llamadas perdidas. Cuarenta y un mensajes sin leer. Y un solo mensaje enviado el martes a las 22:44, tres minutos después de la llamada a Daniela y uno después de que la grabadora de Portbou dejara de grabar.

Destinatario: B.

Texto: «No puedo más. Ven.»

Ismael lo leyó dos veces, y la segunda sintió que un hilo muy fino, tenso desde hacía días, se aflojaba un milímetro.

—B. —dijo Carmen.

—Beatriz.

—O Bernat. O Bruno. O Bea, con la que Rebeca tomaba café.

—Hay muchos.

—Hay uno que tiene un jardín.

Ismael no contestó. Se había quedado mirando la pantalla, con la luz azul en la cara, y debajo del mensaje, en el pie, la hora de entrega: 22:44. Leído.

—Leído —murmuró.

—Sí.

—Alguien lo leyó a las 22:44. Con el teléfono de Rebeca ya apagado… —Se frotó los ojos—. No. Con el de Rebeca en la mano, y el de B. en otro sitio.

—Nadie lee un mensaje en un teléfono que no es el suyo.

—No si el suyo estaba encima.

Carmen dejó el móvil sobre la mesa con cuidado. Fuera, en el pasillo, alguien arrastraba una silla.

—Mañana es viernes —dijo.

—Lo sé.

—Ortega nos dio hasta el viernes.

—Lo sé.

—Y no tenemos cuerpo, ni asesino, ni testigo.

—Tenemos un bolso, un contrato falso, un lápiz, un abrigo y un mensaje.

—Que lo leyó alguien. —Se quitó el palito de la boca—. Y que no era Rebeca.

Ismael sacó el móvil. Tenía veintiséis mensajes sin leer. En la parte de arriba, el nombre de Julián, con una sola línea en gris: Buenas noches. Perdona lo de ayer. Enviado a las 21:50.

Lo miró un largo rato. Después, sin escribir nada, lo guardó en el bolsillo.

—Llámalo —dijo Carmen.

—Todavía no.

—Ismael.

—Todavía no. —Y en la voz le tembló algo—. Porque no sé qué le diría. Ni qué más tengo que preguntarle.