Capítulo 19 #2
Llegó a casa de Julián a las nueve y media de la noche, con una botella de vino que había comprado en el camino y que no estaba seguro de querer abrir.
El portal del Poble Sec olía a sopa y a lejía.
Subió las escaleras despacio, contando los escalones, y se detuvo en el último rellano con la mano levantada, sin llamar.
Julián abrió antes de que lo hiciera.
—Te he oído subir. Haces el mismo ruido que un armario cayéndose despacio.
—Gracias.
—De nada. —Sonrió con la boca, no con los ojos—. Pasa.
La cocina estaba cálida, y olía a ajo y a pimentón.
Errata, en la silla del rincón, enroscada sobre sí misma, abrió un ojo, lo cerró.
En la mesa, dos platos, dos vasos, una barra de pan y una cazuela de lentejas que humeaba entre las servilletas.
Julián se había puesto un jersey de lana verde con un agujero en el codo. Estaba muy guapo. Estaba cansado.
—Siéntate.
Se sentó. Comieron. Hablaron de cosas pequeñas: del gato, del calcetín, de una vecina que había dejado una nota furiosa en el portal por una bicicleta.
Julián se rio dos veces, y las dos veces Ismael pensó que habría dado un año de su vida por que aquello fuera lo único que hubiera esa noche en la cocina.
Fue Julián quien lo dijo.
—Hoy has estado en Portbou.
—Sí.
—Lo sé por tu cara. Siempre se te nota cuando has estado en un sitio malo. Te pones gris. —Dejó el tenedor—. ¿Quieres contármelo?
—No debería.
—No te lo he preguntado como policía.
Ismael tardó en contestar. Fuera, en algún lugar del patio, alguien tendía ropa y un cable chirriaba en la polea.
—Hay un manuscrito —dijo, al fin—. El que está en la notaría. Idéntico al de Elena, salvo una página. La sesenta y uno. Elena propuso un cambio. Gaspar lo rechazó, con un No a lápiz. En el depositado, el cambio está hecho. Sin marca.
—El trueque —dijo Julián.
Ismael levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la escribí yo.
Se oyó el tictac del reloj de la cocina, uno de esos con forma de gato.
—No la escribí —corrigió Julián, y se frotó la cara con las dos manos—.
Pero la vi. Elena me enseñó esa página dos semanas antes de morir.
Quería saber si «sonaba». Me dijo: «Julián, tú tienes oído.
» Le dije que no, que dejara los papeles como estaban, que la Lectora tenía que ser la que guarda y el Corrector el que se confiesa.
Ella se rio. Me dijo: «Eres igual que Gaspar. »
—¿Y se lo dijiste a alguien?
—No.
—¿Tenías una copia?
—Una fotocopia. De las páginas sesenta a sesenta y cuatro. Me las dio para que las leyera con calma. —Respiró—. Las tengo en el cajón del escritorio. Las puedes ver.
—Después.
—Ismael.
—Después. —Lo dijo con una dureza que no pretendía—. Julián, hay un lápiz. Un 2H. Lo hemos encontrado hoy en las vías de Portbou, a veinte metros de donde murió Gaspar. Y es el mismo con el que se dibujó el deleátur en el memorial.
—Yo uso HB.
—Lo sé.
—Entonces…
—¿Tuviste en algún momento un lápiz 2H?
Julián se levantó. No de golpe: lentamente, con la espalda recta, apoyando las manos en la mesa. Su rostro, tan expresivo, se había quedado en blanco.
—¿Me estás interrogando?
—No.
—Me estás interrogando en mi cocina. —Hablaba muy bajo—. Con mis lentejas. Con mi gato.
—Te estoy preguntando…
—Me estás preguntando si maté a Gaspar. —Una sonrisa breve, quebrada—. Que, por cierto, era lo más parecido que he tenido a un padre.
—No he dicho eso.
—No hace falta. —Se llevó los platos al fregadero con un estrépito de loza—. Tres personas, ¿verdad? Beatriz, Gaspar y yo. Y Gaspar está muerto. Quedamos dos. —Abrió el grifo—. Dos con acceso a la página sesenta y uno. Una mujer de setenta años con un bastón. Y yo.
—Julián.
—Y tú te acuestas conmigo.
—Eso no tiene nada que ver.
—Tiene todo que ver. —Se giró, con las manos mojadas—.
Tú no me has contado lo del portal, ¿sabes?
Lo de que alguien nos fotografió. Me lo he enterado por Serra, que me llamó para darme el pésame con una voz de manteca.
«Ya sé lo vuestro, Julián, tranquilo, nadie dirá nada.
» Y tú sin decírmelo. Tú, que callas todo lo que no puedes controlar.
Ismael abrió la boca y no encontró nada que decir.
—Yo he sido sincero contigo desde el sábado —continuó Julián—. Y tú sigues con tu placa, con tu cuaderno y con tu puta cautela, mirándome como a uno de los tres.
—Soy uno de los tres que te miran, Julián. Yo y otros dos. —Se puso en pie—. Si no te pregunto yo, te preguntará Rovira. Y Rovira no preguntará con lentejas.
Se quedaron quietos, frente a frente, a dos metros de distancia, con la mesa en medio.
—Vete —dijo Julián.
—No quiero…
—Vete. —Sin gritar—. Por favor. Esta noche no puedo.
Ismael cogió el abrigo del respaldo. Se lo puso despacio. En la puerta de la cocina se detuvo, con la mano en el marco, esperando una palabra, un gesto, cualquier cosa. Julián seguía de espaldas, frente al grifo, con el agua cayendo y las manos muy quietas bajo el chorro.
—Mañana te llamo —dijo Ismael.
No hubo respuesta.
Salió. Cerró con suavidad. Bajó las escaleras con la botella de vino sin abrir, y cuando llegó al portal, y la puerta de la calle se cerró detrás de él, oyó, arriba, muy tenue, un golpe. No de rabia. Un golpe como de alguien que se ha sentado de pronto en el suelo.
Ya en la acera, con el aire frío en la cara, dudó un segundo, y levantó la vista hacia la ventana del tercero. La luz de la cocina seguía encendida. Una sombra se movió detrás de la cortina, y la cortina se apartó un palmo.
Ismael esperó.
Julián no se asomó. Pero en el alféizar, entre dos macetas, asomó el hocico de Errata, que lo miró desde arriba con sus ojos de ámbar, sin parpadear.
El móvil le vibró en el bolsillo. Un mensaje, de un número que no tenía registrado, a las 23:07:
«El 2H era de Elena. Ella escribía con 2H. Yo se los afilaba. J.»
Lo leyó dos veces.
Después, sin saber muy bien por qué, empezó a andar hacia Paral·lel con la botella en la mano y el frío en los hombros, solo, bajo una luna que no se veía.