Capítulo 19
Grava
Portbou, a las diez de la mañana de aquel miércoles, tenía el color de las cosas que se han quedado esperando.
El cielo era de un gris sucio, el mar una lámina de plomo al fondo de la bahía, y el viento de tramontana subía por la calle empinada con un silbido continuo que hacía temblar los toldos cerrados de los bares.
Carmen aparcó junto a la estación, bajo un cartel descolorido de la SNCF, y apagó el motor sin decir nada.
Ismael tardó en bajar. Hacía seis días que había estado en aquel mismo sitio, con la linterna de Rovira en la mano y un cuerpo cubierto por una manta térmica a sus pies. El edificio, de piedra gris con un reloj parado en las cuatro y veinte, no había cambiado. Él, sí.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Mientes mal.
—Lo sé.
El jefe de estación, Ferran Casals, los esperaba en el vestíbulo con un chaleco amarillo y un manojo de llaves que le colgaba del cinturón como un rosario. Sesenta años, bigote cano, manos grandes y lentas. Hablaba un castellano de frontera, con las erres arrastradas y las eses suaves del catalán.
—Ya les dije el jueves que las cámaras graban a ciclo de setenta y dos horas —dijo—. Pero lo que me pidió su compañera por teléfono ayer lo he sacado. Lo tengo en el despachito. Hay cosas que… bueno, ya verán.
El despachito era una caja de madera con una ventana al andén, una cafetera eléctrica, un calendario de la Cruz Roja y un monitor de catorce pulgadas con la imagen congelada de una vía vacía.
Casals les acercó dos sillas y manipuló el teclado con dos dedos, mirando las teclas como quien cruza un río por piedras.
—La cámara uno enfoca el andén uno, la dos el dos, la tres el vestíbulo. La cuatro, la de la escalera, no funciona desde mayo.
—¿Desde mayo? —dijo Carmen.
—Pedí reparación en junio. Todavía espero. —Se encogió de hombros—. Les enseño primero la dos.
La imagen era en blanco y negro, algo granulada.
Marcaba, en la esquina, la fecha: martes, 20:51.
El andén dos, vacío, con sus bancos de hierro, su marquesina de cristal y una farola solitaria al fondo, en el extremo norte, donde el cemento daba paso a la grava del balasto.
A las 20:56, por el borde izquierdo del encuadre, entró una figura.
—Pausa —pidió Ismael.
Una mujer, de espaldas, con abrigo largo, claro, y un bolso colgado del hombro. Pelo recogido en un moño bajo. Caminaba despacio, como quien no quiere llegar. Se detuvo junto a un banco, miró alrededor y, durante unos segundos, hizo girar sobre la muñeca un reloj de pulsera.
—Rebeca Ortuño —dijo Carmen.
—Es ella.
—Dieciocho minutos después de bajar del tren de Barcelona —apuntó Casals—. Se fue primero al vestíbulo, al servicio, creo, y volvió.
—¿Dónde?
—Al andén. Para esperar a alguien, supongo.
El vídeo siguió. A las 21:03, por el mismo borde, entró un hombre. Alto, desgarbado, con una gabardina beige y el pelo gris revuelto por el viento. Llevaba gafas. Se detuvo a unos metros de ella y levantó una mano, no en saludo, sino en una especie de petición de calma.
Gaspar Villalba.
Ismael sintió que la garganta se le cerraba, sin escándalo, como una puerta mal ajustada. En seis días había visto muchas veces a aquel hombre: en fotos, en portadas, en el cuerpo de un cadáver bajo una sábana. Esta era la primera vez que lo veía moverse. Era mucho más pequeño de lo que recordaba.
—No hay sonido —dijo Casals, como pidiendo perdón.
No hacía falta. Los gestos hablaban. Rebeca habló mucho y rápido.
Gaspar escuchó con la cabeza gacha. En un momento dado ella abrió el bolso, sacó algo, un sobre, y se lo tendió.
Él lo miró sin cogerlo. Rebeca insistió.
Él negó con la cabeza, despacio, dos veces.
Ella cerró el bolso de golpe y le dio la espalda.
—¿Qué es eso? —murmuró Carmen.
—Lo que Gaspar rechazó. —Ismael no apartaba los ojos de la pantalla—. Un sobre. Otra vez un sobre.
A las 21:09 se alejaron juntos, sin tocarse, hacia el extremo norte del andén, fuera del encuadre. Hacia la farola. Hacia la grava.
La imagen quedó vacía.
—Nueve minutos más tarde —dijo Casals— la cámara pierde la señal. Se queda negra, como si alguien la tapara. Hasta las diez y treinta y cuatro.
—¿Tapada?
—O desconectada. El cable pasa por el cuadro eléctrico del andén y ese cuadro no tiene cerradura desde hace años. —Se pasó la mano por el bigote—. A las veintidós treinta y cuatro vuelve sola. Como si nada.
El vídeo siguió con una pantalla negra que parpadeó, y de golpe, con un salto de contraste, el andén estaba otra vez allí. Vacío. Después, a las 22:35, entró de nuevo por la izquierda la mujer del abrigo claro.
Venía sola.
Caminaba más rápido. Se había deshecho el moño, y el pelo le caía suelto sobre los hombros, y no llevaba el bolso.
Se detuvo bajo la marquesina, cerca del banco, y se quedó muy quieta, con los brazos cruzados contra el pecho, temblando.
Sacó el móvil. Se lo pegó a la oreja. Habló. Un minuto y medio.
—Veintidós cuarenta y uno —dijo Carmen—. Es la llamada a Daniela.
Y entonces, en el borde derecho del encuadre, por la zona donde terminaba la luz, apareció otra figura.
Alta, con un abrigo largo, oscuro, de lana, con las solapas subidas, y una gorra calada. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos. A cuatro metros de Rebeca se detuvo.
Ella se giró. El móvil le resbaló un poco de la mano.
—Pausa —dijo Ismael.
La figura de la gorra tenía la cara vuelta, exactamente hacia donde la cámara no llegaba. No se le veía ni un rasgo. Solo el abrigo, que a pesar del grano de la imagen y del blanco y negro, parecía azul marino. De un azul muy oscuro, de los que absorben la luz.
—Lana —dijo Carmen, muy baja—. Fibras de lana azul marino bajo la uña izquierda de Gaspar.
—Sí.
—Dale.
La figura de la gorra avanzó dos pasos. Rebeca retrocedió uno.
Dijo algo, o gritó algo, con la boca muy abierta.
La figura le tendió una mano, abierta, en un gesto que a Ismael le pareció casi tierno.
Y la imagen se cortó de nuevo, esta vez no a negro, sino a la quietud absoluta de un fotograma congelado.
—Esta vez no es la cámara —dijo Casals—. Es la grabadora. Se quedó sin disco a las 22:43 y no grabó nada más.
—¿Cómo que sin disco?
—El disco duro tiene capacidad para setenta y dos horas. A las 22:43 de ese martes, llegó al límite. Siempre se rellena por arriba, pisando lo antiguo. —Torció el gesto—. Salvo que alguien le hubiera dicho que no.
—¿Qué quiere decir?
—Que alguien manipuló el ciclo de grabación para que se detuviera justo ahí. —Suspiró—. Yo no sé de eso. Pero mi nieto, que es informático, me dice que se hace con tres líneas.
Hubo un silencio en el despachito, solo roto por el borboteo de la cafetera y, al otro lado de la ventana, el chirrido lejano de una locomotora.
—¿La campana? —preguntó Ismael.
—Se tañe sola a las 22:40, todos los días —dijo Casals—. Es un aviso para el último tren a Cerbère. Una cosa de la SNCF que nadie ha querido quitar.
—Eso explica el audio —dijo Carmen.
—Y fija la hora sin remedio.
* * *
El extremo norte del andén dos terminaba en una barandilla de hierro oxidado, y más allá comenzaba la grava del balasto, un tapiz de piedras grises y manchas de aceite que se perdía en una curva hacia el túnel.
Ismael bajó con cuidado, con las manos enguantadas.
Carmen, detrás, llevaba una bolsa de pruebas y una linterna.
La farola del extremo ya no daba luz: tenía el cristal roto, y cuando Ismael la miró de cerca, vio que no era un golpe de piedra, sino una grieta limpia, circular.
—Un casquillo —dijo Carmen, de pronto.
—¿Qué?
—No, perdona. Un trozo de metal. —Se agachó—. Mira aquí.
A medio metro del poste, entre dos piedras, algo pequeño, cilíndrico, de un color apagado.
Ismael se arrodilló. Con unas pinzas lo levantó a la luz.
Un lápiz. Un cabo de lápiz de apenas cuatro centímetros, afilado con navaja y no con sacapuntas, con una pequeña ranura de dientes en el extremo romo y, en la madera, a medio borrar, una inscripción dorada.
2H.
Se quedaron callados.
—No es de Gaspar —dijo Carmen.
—Gaspar escribía con HB.
—Ni de Julián.
—Julián usa HB. —Lo dijo sin mirarla—. Los dos lápices que tengo de él, el que me dio y el que se quedó en el nicho, son HB.
—Entonces el de la marca del memorial es este.
—Es el mismo. —Dio vueltas a la mina, que tenía una punta fina y limpia, de las que se afilan a mano con mucho cuidado—. Dureza dos hache. Se usa para anotar sin mancharse, para trazar con precisión. Para señalar a un lado de una página sin tocar el texto.
—Un corrector —dijo Carmen.
—O alguien que aprendió de uno.
Metió el lápiz en la bolsa y la selló. Cuando alzó la mirada, el viento le llevó un pedazo de la campana vieja, el último eco, muy lejos, de un tañido que nadie había querido silenciar.
—Dos mujeres y un hombre —dijo Carmen, con la voz de quien suma—. Rebeca y Gaspar a las nueve. Gaspar muerto a las nueve y cuarto, más o menos, según la autopsia. Rebeca sola a las diez y media. Y alguien con una gorra y un abrigo azul que aparece cuando ella llama a Daniela.
—Y Rebeca que dice: «Gaspar tenía razón.»
—Que dice: «He hecho una tontería. Una muy grande.»
—Estuvo allí cuando murió.
—O llegó justo después. —Carmen cerró la bolsa—. Y no llamó a nadie. Ni a la policía, ni a una ambulancia. Llamó a Daniela. Llamó para decirle que no se lo contara a nadie.
El viento se levantó otra vez. Ismael se subió el cuello del abrigo.
—Rovira sabe esto —dijo.
—¿Cómo?
—Porque llevaba el caso el jueves por la mañana. Lo vería todo. Las cámaras, el disco, el lápiz.
—No encontró el lápiz.
—Ni lo buscó.
Carmen lo miró de lado.
—No estás diciendo lo que creo que estás diciendo.
—No estoy diciendo nada. —Metió la bolsa en el bolsillo interior—. Pero me gustaría saber por qué no.
* * *